No es país para niños pobres

José Carlos García Fajardo, profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid  y Director del Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS), publica en la web de CCS esta reflexión sobre los efectos de la crisis en la pobreza infantil y los pocos pasos que se están dando en la actualidad para superar esa pobreza.

Uno de cada tres niños en España está en riesgo de pobreza o exclusión social.  La infancia de nuestro país es el grupo que más está sufriendo las consecuencias de la crisis económica y de los recortes en las ayudas sociales.  La educación es la herramienta más poderosa para romper el ciclo de transmisión de la pobreza de padres a hijos.

Lo escribimos con sonrojo, llevamos más de 20 años desarrollando programas de apoyo a la infancia, con una atención integral a los niños, niñas y sus familias, para que la situación económica o de exclusión social en la que viven no les impida disfrutar plenamente de sus derechos y puedan alcanzar el máximo de sus capacidades. Queremos que nada impida a los niños ser todo lo que quieren ser.

Desheredados: las niñas y niños españoles han sufrido la crisis de manera injusta y terrible. Pero los menores de 18 años no votan. En nuestro país, tan cristiano y desarrollado, la pobreza afecta a un 16,7% de los menores de 18 años. Nos coloca junto a Bulgaria, Rumania o Grecia y muy alejados de los países europeos con mayor conciencia y eficacia social.

Como señala con dolor V. Lapuente, es el resultado de una desidia colectiva. La inversión que hacemos en la infancia no se corresponde con nuestro nivel de desarrollo económico. No son una prioridad política. El ADN de nuestro Estado de bienestar es la protección de los trabajadores, no de los ciudadanos sin tener en cuenta su situación laboral. Cerca de 1.600.000 niñas y niños que viven por debajo del umbral de la pobreza no reciben prestación por hijo a cargo. La pobreza afecta al desarrollo de las capacidades de los niños, a su bienestar físico y emocional. Y explica que nuestra tasa de abandono escolar sea una de las más altas de la UE.

Las personas más ricas aquí ganan siete veces más que las más pobres, cuando la media europea es de 5,2 veces. La desigualdad afecta con crudeza a los menores de edad que se han empobrecido cinco veces más durante la crisis que los más ricos. Entre 2008 y 2015 el número de niños en situación de pobreza severa aumentó en 424.000. Ni las políticas públicas de protección social ni el sistema fiscal están diseñadas para reducir la desigualdad y acabar con la pobreza. Cuando una de las funciones del sistema tributario debería ser redistribuir la riqueza. Las políticas públicas no están diseñadas desde la equidad; la sanidad, la protección social, el empleo y la educación.

España es el país donde más ha aumentado durante la crisis el número de niños que viven en hogares donde nadie trabaja, hasta llegar a los 800.000 menores.

Si la economía no genera empleo o no es de calidad, los hogares solo pueden salir de la pobreza a través de la protección social, pero en el caso de España la inversión es muy escasa y no se distribuye de forma equitativa. Apenas el 33,6% de los niños pobres tienen acceso a la única prestación dirigida a mejorar su situación.

Este Estado, casi fallido en tantos aspectos, invierte un 1,3% del PIB, el diseño no se centra en los menores, la poca cobertura de las prestaciones (1.600.000 niños y niñas que viven por debajo del umbral de la pobreza no acceden a la prestación por hijo a cargo) y la poca inversión que se realiza por niño.

Las familias más pobres destinan la mayoría de sus recursos a los gastos de la vivienda, pero la renta de los hogares más desfavorecidos ha caído a un ritmo mucho mayor que los alquileres o las hipotecas y gastos como la luz o el gas.

Titularse en educación secundaria y seguir estudiando son condiciones imprescindibles para la futura integración laboral y social de los adolescentes. Pero, acabar los estudios o dejarlos tiene que mucho que ver con el nivel de renta y formación de las familias. Las familias con más recursos dedican a la educación entre 7 y 8 veces más de  dichos recursos que los del 33% más pobre, y esto influye en un los resultados académicos. Los menores más pobres tienen peores condiciones y hábitos de vida y un acceso limitado a servicios sanitarios que no cubre del todo el Estado, como el oculista, el dentista o el logopeda. Las políticas públicas deben orientarse a dar soluciones en empleo, vivienda, educación, salud y protección social. Es urgente priorizar el sistema de protección.

Publicado en Política, Solidaridad | Deja un comentario

Televisión espectáculo y democracia: peligro inminente

El profesor Juan Torres López publica, en su blog “Ganas de escribir“, un interesante análisis sobre la influencia de la televisión en la realidad social de las personas y en la vivencia democrática de las sociedades. Un poco largo, pero merece la pena su lectura

Justo en este año 2017 se cumplen cincuenta de la publicación de La societé du spectacle (en español, La sociedad del espectáculo. Pre-Textos, 2005). Se trata de un libro del filósofo francés Guy Debord en el que venía a decir que todo en nuestras sociedades capitalistas se ha convertido en representación, en un espectáculo que no es sino la imagen invertida de la sociedad real en la que vivimos.

Decía Debord que el espectáculo que nos rodea y nos inunda es la consecuencia del cambio definitorio de nuestra civilización capitalista, el que convierte las relaciones de cercanía entre la gente en relaciones entre mercancías cuando el universo del mercado absorbe y coloniza a toda la sociedad.

Ese espectáculo, decía, no es solo una colección de representaciones o imágenes que nos ofrecen para nuestra diversión sino una relación social de la que formamos parte a través de una pertenencia enajenada que nos lleva a vivir en un estado de falsedad sin réplica y sin futuro posible, en un constante presente.

Pero esa espectacularización de la vida no es ni mucho menos inocua. El espectáculo que se nos presenta como la forma amable, ligera, la más familiar y sencilla de contemplar nuestro alrededor, es en realidad la estrategia de dominio más sofisticada que se haya podido inventar porque se convierte en “el amo absoluto de los recuerdos y el dueño incontrolado de los proyectos… el espectáculo puede dejar de hablar de algo durante tres días y es como si ese algo no existiese. Habla de cualquier otra cosa y es esa otra la que existe a partir de entonces” (G. Debord, Comentarios sobre la sociedad del espectáculo).

La televisión es el medio privilegiado no solo para hacer visible esa representación distorsionada sino para construirla. De inmediato, el espectáculo televisivo nos atrapa y nos involucra sin remedio en la representación para hacernos, justo en ese mismo instante, sujetos pasivos, con capacidad de vivir, como he dicho, solo en el presente y, por tanto, sin necesidad de réplica orientada a diseñar cualquier otro tipo de hoy día o de futuro.

Allí, en la televisión-espectáculo, se expresan y se resuelven en la banalidad todos los relatos que tejen la vida social y así nacen, como también decía Debord, una política-espectáculo, una justicia-espectáculo, una medicina-espectáculo… y, añado yo, incluso una economía-espectáculo. Las vemos (involucrados, incluso sin querer, en ellas) cada día y a cada instante.

La televisión convertida en la fábrica del espectáculo se ha convertido en el entramado que organiza con brillantez y eficacia la ignorancia sobre todo lo que nos sucede y el olvido de lo que, a pesar de todo, haya podido llegar a conocerse. Y gracias a ello -sigo utilizando las palabras de Guy Debord- se ha podido acabar “con aquella inquietante concepción, que dominó durante doscientos años, según la cual una sociedad podía ser criticable y transformable, reformada o revolucionada”.

En España, como en tantas otras cosas, estamos viviendo todo esto igual que en otros países pero a nuestra manera, es decir aceleradamente y con exageración. El espectáculo y la banalización de todo lo que en la realidad es complejo ha capturado a todas las fórmulas del debate social.

Se ha convertido en espectáculo la búsqueda de pareja, la intimidad de los hogares y las familias, el amor o el desamor entre los matrimonios, la búsqueda de trabajo, el fracaso empresarial, la inocencia de los niños, la preparación de platos de cocina, el conocimiento o las operaciones de cirugía estética pero también la política y el debate sobre la economía y la forma de satisfacer nuestras necesidades más inmediatas.

No es cuestión baladí porque el espectáculo consiste en reducir cualquiera de esos trozos de nuestro alrededor y la realidad en la que estamos como un todo a fuegos de artificio, en expresarla del modo más simple o soez -si hace falta-, en gritarse unos a otros llamando constantemente la atención para que todas las miradas converjan, ajenas al exterior y a la contingencia de nuestra época, en el momento presente y en la mera anécdota.

Cuando el debate político o el económico se convierten en espectáculo televisivo también se aprovecha la representación para invertir los componentes de la realidad (intereses, ideologías, poder, clases…) y así poder deformarla. Se acaba con la historia y con el saber contrastado sobre el presente haciéndolos innecesarios para descubrir la verdad, porque desvelar las evidencias es el papel que ahora corresponde en exclusiva a los expertos. Y el diálogo, el contraste y la deliberación que son los elementos imprescindibles para generar conocimiento real se sustituyen por fanfarrias y voceríos, por los insultos propios de quien se limita a exponer lo poco o mucho que sepa como quien asalta una trinchera enemiga.

De espaldas, sin debate auténtico, sin necesidad de oírse uno a otro ni de utilizar como punto de apoyo algo del pensamiento ajeno, ya no puede existir lo verdadero -lo dice también Debord- sino, a lo sumo, verdades que no lo son porque lo son solamente de cada uno, meras hipótesis que nacen para no llegar a ser alguna vez demostradas. Así es natural que los contrastes solo puedan dirimirse entre insultos y agresiones, sin dejar hablar al oponente y que no importe que la mentira se use como sujeto, verbo y predicado. Que sea una constante sobre la que nadie pide explicaciones ni que su uso conlleve responsabilidad, solo el alimento que oxigena su propio alarido.

El morbo, el escándalo, la lágrima, la agresión, el insulto de los que se nutre el espectáculo se perciben como expresiones ingenuas, efusiones de espontaneidad y libre albedrío, un resultado de la naturalidad con la que los actores dejan correr sus sentimientos y emociones en complicidad no expresa con la parte del público que se identifica con cada uno de ellos. Pero, en realidad, el espectáculo está perfecta y milimétricamente diseñado y programado, como cualquier buena representación, para que todos esos elementos produzcan en los espectadores justo el efecto emocional (político) que se desea producir. Para ello y por esa razón, los actores que intervienen en el espectáculo televisivo, en la política-espectáculo o en la economía-espectáculo, no lo hacen por lo que son, ni los expertos por lo mucho o poco que saben, sino por el papel que representan. Y son seleccionados para que en conjunto se conforme el mosaico de emociones e impactos que se corresponda perfectamente con el efecto final que se busca provocar.

En la televisión-espectáculo nada se deja al azar aunque lo que se busca se esconda, como se esconden los trucos en los juegos de manos. El presentador o conductor (nunca mejor utilizada esta expresión de connotaciones mussolinianas) recibe constantemente las órdenes a través del “pinganillo” para que el programa discurra justo y exactamente por donde los propietarios del mundo que son sus dueños han determinado previamente que debe discurrir, y su desarrollo se modifica, se reorienta, se acelera, se pausa o sencillamente se corta en el momento necesario para que el efecto producido sea el buscado y nunca otro diferente. El “debate” en la televisión-espectáculo no se coordina u organiza -aunque lo parezca- como la escena donde hay un contraste que produce pensamiento libre sino que se conduce, se gobierna, según se ha decidido previamente para que genere el no-saber que se quiere producir y difundir. Es un acabado producto de diseño para acabar con el diálogo social que genera conocimiento auténtico como base de una auténtica democracia.

Dice con toda la razón Amartya Sen que la democracia es un sistema exigente, y no sólo una condición mecánica (como el gobierno por la mayoría) tomada aisladamente: “tiene complejas exigencias, que ciertamente incluyen la votación y el respeto por los resultados electorales. Pero también requiere la protección de libertades, el respeto por los derechos legalmente conferidos, la garantía de discusión libre, la distribución de noticias y comentarios sin censura alguna. Hasta las elecciones pueden ser tremendamente defectivas si ocurren sin que los diferentes participantes tengan una adecuada oportunidad de presentar sus posturas, o sin que el electorado goce de la libertad de obtener noticias y considerar los puntos de vista de los protagonistas principales.” (La democracia como valor universal).

La televisión-espectáculo que banaliza los problemas sociales y degrada su análisis hurta a la sociedad justamente lo que resulta imprescindible para que la democracia llegue a serlo realmente: la posibilidad de contemplar todos los componentes de la realidad para deliberar sobre ellos con todos los puntos de vista por delante. Es el instrumento más útil que puede haber para acabar con la democracia sin que nos vayamos dando cuenta de ello.

Publicado en Cultura, Política | Deja un comentario

PROTECCIONISMO VS GLOBALIZACIÓN

Este artículo de Manfred Nolte, publicado en el blog Gastar la vidahace una serie de planteamientos que pudieran ser polémicos; pero que conviene revisarlos a la luz de los nuevos acontecimientos mundiales. Interesante para saber por donde “andamos”.

La globalización, que no es sino un neologismo de lo que los clásicos de la economía quisieron instruir acerca del libre comercio y la libre circulación de factores, y que hoy se traduce en una creciente integración de los países del planeta añadiendo a la de bienes y capitales, la libertad de la información, se somete en estos momentos a la ley del péndulo de la opinión pública mundial –y ha pasado a ser, en apenas unos meses, de heroína del progreso, del crecimiento y del bienestar mundial a villana a la que se atribuyen todos los males de la crisis, del estancamiento de las economías desarrolladas, de la creciente desigualdad económica y de la injusticia social.

En particular se ha incluido como soflama principal en el librillo de los movimientos populistas de todo índole hasta el punto de que constituye un raro patio de vecindad donde se congregan ideologías dispares que apenas tienen por lo demás nada en común. El descrédito de la globalización conviene a radicales de izquierdas y a extremistas de derechas, a nacionalistas explícitos o encubiertos, a xenófobos racistas intransigentes, a involucionistas de diversa filiación. Con ellos conviven otros agentes menos revanchistas y más moderados, aquellos que convienen que si bien la globalización ha sido en el pasado una fuente innegable de progreso y bienestar, ha sesgado su trayectoria beneficiosa, que en la actualidad es necesario enmendar o refundar. Sea como fuere nos ubicamos en el tránsito de la percepción de un fenómeno que de una indiscutible positividad ha pasado a ser una política cuestionada y para muchos, como se ha dicho,  fundamentalmente desacreditada.

El rechazo de la globalización conduce de forma natural a otra política, ampliamente utilizada en circunstancias históricas pretéritas como es el proteccionismo –un concepto decimonónico ya olvidado- y en su versión más tajante el aislacionismo. Si abrir nuestras puertas a terceros, bien sea en materia de tráfico de mercancías, de servicios, de capitales o de personas, se ha vuelto contra nuestros intereses, cerraremos dichas esclusas en la medida en la que nos convenga para restablecer el equilibrio quebrantado y restituir el bienestar de los nacionales de un país o del segmento particular de una sociedad que ha sido vulnerado. El último episodio de carácter global tuvo lugar en los años treinta del siglo pasado y fue protagonizado por el Presidente Hoover. Para combatir la gran crisis del 29 Hoover enrocó a Estados Unidos en una vorágine de aranceles y cupos que no solo ahondó la crisis nacional sino que condujo a la ruina a todos sus socios comerciales. La dinámica de la acción-reacción condujo a los socios comerciales de Estados Unidos a represaliarse con análogas medidas tarifarias y proteccionistas. Como consecuencia de todo ello la economía americana cayó un 25% en un plazo de cuatro años, y con ella la de las grandes potencias occidentales. La llegada al poder del demócrata F.D. Roosevelt  revirtió las consecuencias deflacionistas del proteccionismo y puso a Estados Unidos y a la economía mundial rumbo a una nueva era de crecimiento.

El delirio proteccionista ha rebrotado en nuestros días con virulencia de la mano del UKIP y una mayoría del pueblo británico. Pero sobre todo y con particular estruendo y una mímica desproporcionada de la mano del recién nombrado líder de los Estados Unidos, el Sr. Donald Trump. El particular boletín oficial del estado del mandatario americano que constituyen sus redes sociales no ha escatimado proclamas en demérito y demonización de la globalización. Por la fisuras de la globalización se habrían colado en Norteamérica todos sus acérrimos enemigos. Ante este descarado caballo de Troya –siempre según Trump- “tenemos que proteger nuestras fronteras de los estragos de otros países que fabrican nuestros productos, atracando nuestras compañías y destruyendo nuestros puestos de trabajo. La protección conducirá a una gran prosperidad y fortaleza, siguiendo dos simples reglas: compra ‘americano’ y contrata ‘americano’. Recuperaremos nuestras fronteras, recuperaremos nuestros trabajos, recuperaremos nuestros sueños. Vamos a reconstruir nuestro país con manos americanas, con mano de obra americana. La riqueza de nuestra clase media ha sido arrebatada de sus hogares y distribuida por todo el mundo. Eso es el pasado”.

El gran bofetón que el mandatario americano propina al librecambismo –supresión de acuerdos, deportaciones, vallas etc.- obliga a evidenciar aspectos del máximo interés para todos los ciudadanos del mundo, porque a todos afecta hoy en día lo que suceda en la primera potencia económica y militar del planeta.

El primero, que todos los segmentos de la población mundial han ganado con la globalización. Branko Milanovic y su ya estelar ‘curva del elefante’  han hecho inventario de los últimos treinta años: la media global del PIB per cápita del periodo creció un 25%. El veinte por ciento de los más pobres un 40%. El cinco por ciento de los más ricos un 60%. El 60% de la población de los países emergentes un 70%. Y el intervalo entre el 75 y el 90% de los más favorecidos, las clases medias occidentales, apenas un 5%.

El segundo consiste en el recordatorio de que la globalización ha sido muy beneficiosa también para los países pobres y en desarrollo. Fijémonos que es Estados Unidos y no México quien repudia la globalización. Los cientos o miles de empleos que la industria automovilística americana ha prometido crear a punta de pistola del Sr. Trump serán otros tantos cientos o miles que dejarán de crearse en México o en otros centros de coste más bajo y más competitivo para la exportación. Añádase a este argumento el efecto de las deportaciones en términos de provisión de puestos de trabajo. A los doce millones de mexicanos que residen en Estados Unidos hay que sumar una comunidad de origen mexicano de algo más de 30 millones.

El tercero, que las desigualdades registradas dentro de los países no tienen su causa directamente en la globalización sino en la falta de competencia de los gobiernos de turno para formar mano de obra capacitada (ganadores) en detrimento de la mano de obra no capacitada (perdedores de la globalización).

El cuarto, que a pesar de que la clase media americana ha ganado muy poco con la globalización, su paro es virtualmente inexistente y su nivel de vida es de los más altos del mundo, un 50 por ciento superior al de Europa o Japón. Por otra parte la tecnología americana domina el planeta, su industria financiera es puntera y sus universidades lideran el ranking mundial de notoriedad.

Finalmente, recordar que la retórica de ‘America first’ (primero, América) tiene el tufillo de una declaración de guerra económica. Pero el proteccionismo unilateral no contemplará un escenario de terceros países con los brazos cruzados. El mundo de hoy está íntimamente relacionado y la exposición exterior de la balanza de pagos de Estados Unidos es muy significativa. A la guerra de contingentes puede unirse otra de divisas. Como ha señalado la Canciller Merkel nadie puede ganar la batalla del proteccionismo. Tampoco Estados Unidos.

Publicado en Política, Solidaridad | Deja un comentario

El año de la Gran Muralla

Ignacio Ramonet publica en su editorial de Le Monde Diplomatique, del mes de febrero, un interesante análisis de las consecuencias del muro, que el presidente Trump amenaza con construir, entre los Estados Unidos y México.

Es posible que 2017 sea recordado en la historia como el año de la Gran Muralla. ¿Por qué? Porque Donald Trump, el nuevo presidente de Estados Unidos, está decidido a edificar una monumental barrera de protección en la frontera con México para impedir, según él, la “invasión” de los inmigrantes ilegales venidos del “peligroso Sur”…

Al mandatario estadounidense, alguien debería recordarle lo que la Historia precisamente enseña: que casi nunca esas ciclópeas fortificaciones detuvieron nada. ¿No construyeron acaso los chinos, en la antigüedad, la impresionante Gran Muralla para detener a los mongoles? ¿No elevó el Imperio romano, en el norte de Inglaterra, el colosal Muro de Adriano para rechazar a los bárbaros de Escocia? Es conocido, en ambos ejemplos históricos, que los gigantescos vallados fracasaron. Los mongoles pasaron, y también los manchúes, y los caledonianos… Como seguirán pasando, hacia Estados Unidos, los mexicanos, los centroamericanos, los caribeños, los musulmanes… En la eterna dialéctica militar del escudo y la espada, la respuesta a la Gran Muralla de Donald Trump serán los miles de túneles subterráneos que probablemente los parias de la tierra ya están perforando…

Pero es que, además, surge otra contradicción. Por una parte está el anunciado Plan de inversiones de Trump de un “millón de millones de dólares” en obras públicas para reconstruir, como en un nuevo New Deal, las infraestructuras, aeropuertos, carreteras, puentes y túneles en todo el país. Lo cual debe relanzar la actividad económica, el crecimiento y, sobre todo, crear millones de empleos. Pero, por otra parte, ya hay pleno empleo en Estados Unidos… Bajo el presidente Barack Obama se crearon doce millones de puestos de trabajo (1). La paradoja es que, en realidad, hace falta mano de obra… Y faltará todavía más si Donald Trump expulsa, como prometió, a once millones de trabajadores inmigrantes ilegales… ¿Quién construirá la Gran Muralla, los puentes, las carreteras y los túneles?

Otro problema: las estadísticas oficiales estadounidenses señalan que el índice de jubilados por trabajadores activos no cesa de aumentar. O sea, como en todas las sociedades desarrolladas, el número de personas de la tercera edad crece más rápido que el de jóvenes. Consecuencia: las cinco primeras ocupaciones que ofrecerán más empleo en la próxima década son las siguientes: ayudantes de cuidado personal, enfermeros, ayudantes del hogar y auxiliares sanitarios, trabajadores del sector de la comida rápida y vendedores en comercios al por menor. Todas actividades duras y mal pagadas, trabajos clásicos de los inmigrantes. Si se alza la “Gran Muralla” en Estados Unidos, ¿quién los ejercerá?

Otro aspecto del problema: las migraciones nunca se realizan por capricho. Son el resultado de guerras o conflictos, de desastres climáticos (sequías), de la demografía, de la urbanización acelerada del Sur, de la explotación, de la mutación económica (disminución del campesinado), de los saltos tecnológicos y de los choques culturales. Hechos sociológicos que están empujando a la gente de los países pobres –sobre todo a los más jóvenes– a emigrar en busca de mejor vida. Hechos que están por encima del control de cualquier político y que un Muro puede quizás frenar, pero no podrá detener ni desvanecer.

Además, si Donald Trump está obsesionado con los inmigrantes latinos, que vaya preparándose para las otras “invasiones” que vienen. El África subsahariana, por ejemplo, contaba en el año 2000 con 45 millones de personas de entre 25 y 29 años, que es la edad en la que más se emigra. Hoy los subsaharianos de esa edad ya son 75 millones y, en 2030, serán 113 millones… El Banco Africano de Desarrollo estima que, de los 12 millones de subsaharianos que ingresan cada año en la fuerza laboral, apenas 3 millones encuentran empleo formal. El resto –o sea, 9 millones de jóvenes cada año…– constituye una reserva cada vez mayor de migrantes potenciales… En la India, cada mes, un millón de jóvenes cumplen 18 años y muchos sueñan con emigrar (2)…

Aunque la “Gran Muralla” de Donald Trump hay que entenderla también en sentido metafórico, pues significa, asimismo, una barrera de aranceles para dificultar el acceso de productos extranjeros al mercado interior: con tasas anunciadas del 45% sobre las importaciones provenientes de China y del 35% para las de México… O sea, proteccionismo comercial duro, que fue uno de los ejes centrales de la campaña electoral. Y que es el verdadero significado de la elección del nuevo Presidente de Estados Unidos, quien arrancó su primera semana en el poder con un gesto hacia los votantes de la clase obrera que le ayudaron a ganar el 8 de noviembre pasado y que se sienten perjudicados por las deslocalizaciones industriales. Trump cumplió su promesa y firmó un decreto para retirar a Estados Unidos del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TTP, Trans-Pacific Partnership), un acuerdo con once países de la cuenca del Pacífico promovido por Barack Obama. También anunció que renegociará el tratado de libre comercio con México y Canadá (NAFTA, por sus siglas en inglés) (3). 

Todo ello significa una derrota de la globalización neoliberal, del libre mercado y de las deslocalizaciones. Basta con ver, sobre este tema, el berrinche interminable y el pataleo permanente contra Donald Trump de todos los partidarios del ultraliberalismo. Empezando por los grandes medios de comunicación dominantes, que ahora arremeten sin tregua –cosa inaudita– contra el propio presidente de Estados Unidos como si de Chávez se tratara. Léase, por ejemplo, en España, el incontrolable furor anti-Trump del neoliberalísimo diario El País.

En este año en el que se celebra el centenario de la revolución bolchevique de octubre 1917, la “gran sacudida” que Donald Trump está imprimiendo en los asuntos internos estadounidenses y en la geopolítica internacional no deja, pues, de estremecer al mundo. En algunas cosas para bien, en muchas otras para mal.  

(1) El presidente Obama ha dejado una tasa de paro del 4,7%, un nivel cercano al pleno empleo.

 (2) Todas las estadísticas provienen del semanario The Economist, número especial “The World in 2017”, Londres, diciembre de 2016.

 (3) El NAFTA, que une Canadá, Estados Unidos y México en una sola área comercial, se aprobó en 1994 siendo presidente de Estados Unidos el demócrata Bill Clinton, esposo de Hillary

Publicado en Política | Deja un comentario

CAMBIO CLIMÁTICO: NOS ESTAMOS JUGANDO LA VIDA

No es la primera vez que comparto un artículo de Oscar Mateos, pero emn esta ocasión no aparece publicado en su blog Todo es posible, si no que en esta ocasión aparece publicado en la revista 21RS.  En cualquier caso breve y tajante artículo sobre el cambio climático.

Vivimos, como generación que habita en estos momentos el planeta, un tiempo decisivo, una encrucijada histórica. El reconocimiento de que la vida humana, tal y como la conocemos, está en peligro por primera vez en la historia de la humanidad, es unánime, y ya no sólo pasa por la insistencia de los activistas ecologistas que desde hace 40 años nos advierten de que nuestro modelo de desarrollo y consumo lleva al planeta rumbo al desastre, sino que también cuenta con el asentimiento, casi resignado en algunos casos, de voces como la de Obama, la del propio Foro Económico Mundial que cada año se reúne en Davos, o la más que significativa voz del Papa Francisco, así como, por supuesto, con el aval del conjunto del ámbito científico. La crisis ecológica global es extraordinaria, y percibir esta afirmación como exagerada o demasiado distópica sólo retrasa la urgencia de una toma de conciencia que acabará cayendo por su propio peso.

El acuerdo climático alcanzado en París en diciembre de 2015 es del todo histórico, no sólo por su nivel de concreción, sino también porque cuenta con el compromiso, al menos sobre el papel, de los EEUU y de China, las dos piezas clave para entender la aceleración de la crisis ecológica y sin los cuales no es posible entender cualquier estrategia de futuro que la afronte. El problema es que dicho acuerdo llega demasiado tarde, y después de un ingente trabajo de activistas y científicos que han puesto advertencias y datos sobre la mesa, pero que no han sido debidamente tomados en consideración por el ámbito institucional hasta hace poco.

A este hecho, cabe añadir, la dificultad que supondrá en los próximos años implementar a nivel nacional los compromisos que el acuerdo supone, y sobre todo, el impacto que puede tener la llegada de Trump a la Casa Blanca. Este último hecho es clave: mientras que Obama había, por fin, aceptado la lógica multilateral y se había mostrado dispuesto a aceptar las obligaciones acordadas en París, Trump ha jugado durante la campaña a negar el cambio climático, como parte de esta estrategia que hoy llamamos “post-verdad” y que supone, teniendo en cuenta la enorme huella ecológica que representa EEUU para el planeta, un elemento de incertidumbre e imprevisibilidad que hace un año no existía. Podría darse la gran paradoja de que China, más consciente de los efectos del cambio climático (está viviendo en carne propia el impacto devastador de la polución en sus principales ciudades), acabara siendo el actor global que mayor interés muestre, además de la Unión Europa, por poner freno a este desafío global.

Sea como fuere, abordar esta cuestión no sólo pasa por importantes y urgentes cambios institucionales, energéticos y económicos, sino que también tiene que ver con un cambio cultural muy de fondo, especialmente en los países que mayor presión ecológica generan (países occidentales, China e India). El aprender a vivir sencilla y dignamente con menos para que otros (especialmente las generaciones futuras) sencilla y dignamente puedan vivir y existir, debería ser la lógica que guiará la revolución cultural del presente y del futuro. Y es que, como subrayaban numerosos activistas y científicos en 2014 (https://ultimallamadamanifiesto.wordpress.com), estamos, ciertamente, ante nuestra “última llamada”: “una civilización se acaba y hemos de construir otra nueva. Las consecuencias de no hacer nada –o de hacer demasiado poco- nos llevan directamente al colapso social, económico y ecológico. Pero si empezamos hoy, todavía podemos ser los protagonistas de una sociedad solidaria, democrática y en paz con el planeta”.

Publicado en Ecología | Deja un comentario

SI NO ES EL AMOR, QUE SEA EL TEMOR

Hace unos días publicaba Santi Torres, en el blog de cristianisme i justicia, una reflexión sobre algunos de los acontecimientos ocurridos el pasado año y que, como podemos observar, entrañan cierta gravedad. Creo que aporta una serie de datos interesantes:

Estos días observo con incredulidad lo que ha pasado en el Reino Unido, lo que está pasando en los Estados Unidos con Trump y lo que puede pasar en Europa con las elecciones previstas, sobre todo las que se llevaran a cabo en Francia y Alemania. Cuando se intenta un diagnóstico siempre surge como una de las explicaciones el miedo. La derecha y más aún la extrema derecha se ha apropiado del miedo en parte real, en parte construido, que sufre una buena parte de la ciudadanía de nuestros países, y que se ha ido tejiendo alrededor de la crisis económica, la regulación de la inmigración o la seguridad.

Partimos de que el sentimiento del miedo es un sentimiento respetable, por muy irracional que nos pueda parecer. No tenerlo en cuenta es la primera ingenuidad política de buena parte de la nueva y vieja izquierda que pierde, y seguirá perdiendo de seguir así, en cada elección. No es inteligente menospreciar el miedo a perder el trabajo, a que me quiten las ayudas sociales para darlas a personas más pobres que yo, a sufrir una agresión o un atentado terrorista, o simplemente a poder vivir en un determinado espacio vital hasta ahora homogéneo y conocido. Hemos de partir de este miedo, acogerlo, escucharlo e intentar entenderlo, porque es el que se respira en no pocos lugares y es el que anima y alimenta una determinada manera de hacer política.

Por otro lado me pregunto porque no ha enraizado entre la gente otro miedo que es tanto o más real que este y que, en cambio, no está nada presente en el discurso político alternativo. El “otro mundo es posible” parece querer construirse como un planteamiento idealizante, lleno de valores bellos, ética y estéticamente impecable que ha de atrapar por convicción y razón más que por las vísceras. Y es aquí donde creo que hay el error. Debemos ayudar a tomar conciencia del horror de la sociedad a la que nos dirigimos si seguimos votando a aquellos que construyen todo su discurso sobre respuestas primarias e inútiles a los miedos que antes hemos mencionado.

Sí, debo decir que yo también tengo miedo, mucho miedo. Miedo a malvivir en una sociedad donde la seguridad y quizás la militarización llegué hasta el último rincón; miedo a vivir en una sociedad con unas desigualdades tan brutales que haga totalmente inaccesible moverse por determinados barrios o ciudades; donde la esperanza de vida de una parte a otra de una misma ciudad se distancie en casi 10 años; miedo a una sociedad donde sigan creciendo la pobreza infantil, y donde niños que han nacido hace unas horas ya estén predeterminados de por vida a una existencia de marginación y violencia; miedo a que se tengan que destinar millones y millones del presupuesto a construir prisiones, a contratar más y más policías, más y más seguridad privada; miedo a barrios llenos de personas durmiendo en la calle; miedo a una violencia creciente, estructural, por pobreza, pero también por desarraigo, por soledad, por locura; miedo a que crezca cada día el porcentaje de trabajadores que viven bajo el umbral de la pobreza; sí, he dicho trabajadores, o mejor esclavos de trabajos precarizados incapaces de construir ningún proyecto vital con pies y cabeza; miedo a que se cuestione la sanidad como universal, miedo a que se considere la educación pública como un gasto excesivo; miedo a que se nos haga creer que nuestro bienestar (¿es bienestar?) y seguridad (¿es seguridad?) dependa de la construcción de muros y de la muerte miles de personas tras nuestras fronteras… miedo, miedo a tantas cosas. Y si salimos del ámbito social y vamos al ambiental, miedo mucho miedo, a ciudades con aire irrespirable, a climas cada vez más hostiles a la vida, a una agricultura insostenible en manos de grandes corporaciones que especulan (¡también!) con los alimentos; miedo a un mundo de la energía y el transporte en manos de lobbies e industrias automovilísticas que solamente se mueven por criterios de beneficio; miedo a que el aire, la tierra, el agua y todos los bienes considerados hasta ahora comunes acaben siendo privatizados… Sí, señores y señoras, lo reconozco: mucho miedo, tengo mucho miedo.

Hay que alzar de una vez por todas como si fuese una bandera el discurso del miedo. Del miedo a construir una sociedad tan desigual, tan herida, tan sucia, tan insostenible que se convierta en inhabitable para nosotros y para nuestros hijos.  Y hay que levantar este discurso para mover precisamente a un cambio personal y comunitario más profundo que lleve no a más riqueza mal distribuida ni a más crecimiento absurdo, sino a más solidaridad, más redistribución de la riqueza, a vidas más equilibradas y felices.

San Ignacio habla en los Ejercicios de la “necesidad de servir a Dios nuestro Señor por puro amor”, pero tampoco descarta el camino del temor como un camino que pueda llevar hasta la alabanza y el servicio. El amor es siempre lo más deseable, pero en una sociedad donde el discurso del miedo está secuestrado por discursos como el de Trump, conviene ponerse las pilas, y advertir de hasta qué punto puede llegar a ser terrible una sociedad abandonada en manos de una nueva versión del capitalismo de siempre, pero esta vez aún más bestia, más salvaje y más deshumanizado.

Publicado en Política | Deja un comentario

BERLÍN: ANTE LA EXTREMA VULNERABILIDAD DE NUESTRAS VIDAS

Xavi Casanovas y Santi Torres publican en el blog, de la fundación que ambos dirigen- Cristianisme i Justicia- este certero análisis de los atroces acontecimientos que han ocurrido, estos últimos días, en este mundo globalizado.

Nos levantamos con la noticia de un nuevo atentado, esta vez en Berlín. A la espera de confirmar la autoría, quedamos una vez más atónitos y golpeados por las imágenes y las cifras de la barbarie. Nuestra solidaridad con las víctimas berlinesas, y con todas las víctimas de lo que se va dibujando poco a poco como una guerra de alcance más global de lo que hubiéramos podido imaginar. A Europa se le impone una realidad nueva y desconocida, atemorizada y recelosa por la llegada forzosa de miles y miles de hermanos que huyen precisamente de aquella violencia que tanto nos horroriza y que ahora nos golpea de cerca.

Dos reflexiones nos vienen a la cabeza ante hechos trágicos y violentos como este:

1. La primera reflexión nos remite a la extrema vulnerabilidad de nuestras vidas. Quizás en algún momento hemos llegado a pensar que éramos seres indestructibles, que la seguridad era intrínseca a la vida en Europa. La fragilidad de nuestras vidas se pone en evidencia en cada nuevo atentado, en cada agresión en nuestra casa. Y no deja de descolocarnos, de recordarnos que la vida es algo realmente frágil a cuidar. Sí, somos seres vulnerables, también dentro de esta Europa fortaleza que intentamos construir. Por mucho que levantamos vallas, muros y externalicemos fronteras, difícilmente conseguiremos liberarnos de la fragilidad que forma parte de la condición humana.

2. En segundo lugar estos atentados responden a una escalada de violencia global, una violencia que se vive diariamente en los países de Oriente Medio, y de la que en Europa sólo recibimos los ecos, las segundas derivadas. Esto nos recuerda que para acabar con este horror necesitaremos una apuesta y una implicación clara para trabajar por la paz. No puede ser que mientras lamentamos esto, sigamos exportando armas, también a lugares de conflicto. No puede ser que una parte importante de la ayuda al desarrollo vaya destinada a reforzar fronteras externas, a la construcción de muros… a impedir que las personas que huyen desesperadamente no tengan vías seguras y ordenadas de salida. No puede ser que mientras lloramos los muertos, seguimos insistiendo en modelos económicos y sociales que fomentan la segregación, el sálvese quien pueda, la indiferencia, el individualismo…, el nihilismo.

Atacar los síntomas sin plantearse ir a la raíz de la enfermedad y del problema, es seguir abandonando nuestra suerte a políticas basadas únicamente en la seguridad y la militarización. Desde la solidaridad con las víctimas de este atentado, es necesario que hechos trágicos como estos nos ayuden a reflexionar que Europa no puede seguir dando la espalda al mundo. ¿Podrá reaccionar Europa? Nos lo jugamos todo

Publicado en Política, Solidaridad | Deja un comentario