El trabajo: presente y futuro

Como hoy es 1 de Mayo, me parece una buena aportación recoger el post que Teresa Crespo publica en Gastar la Vida. En él, además de la presentación del cuaderno de 198 de Cristianisme i justicia, hace una reflexión de lo que hoy es el mundo del trabajo. Al final del post podréis acceder al cuadernillo.

El cuaderno 198, “El trabajo: presente y futuro”, es fruto de la participación de algunos de los asistentes al seminario interno de Cristianisme i Justíciaque se celebró durante el curso 2014-15. Su contenido nos ha ayudado a tomar conciencia de la realidad actual que, más allá de la crisis que durante años venimos sufriendo, nos plantea que se ha producido un cambio radical de la realidad en que vivimos; algunos nos hablan de un cambio de época, lo que significa que las cosas nunca más volverán a ser como antes y, en consecuencia, el trabajo pierde todos aquellos rasgos que durante siglos lo habían definido. La ciudadanía sufre inseguridad, unas condiciones laborales cada vez más injustas, con una fuerte precarización que lleva a trabajar por un salario que no supera el umbral de la pobreza y, por lo tanto, muchas personas, a pesar de tener un empleo son trabajadores pobres.

Hoy se habla de una nueva clase social que es el precariado, que a algunos autores les lleva a definir una nueva estructuración de las clases sociales, distribuyéndola desde la clase privilegiada cada vez más rica y más minoritaria, hasta el otro extremo de la escala social donde se encuentra esta nueva clase, y los individuos que forman parte de ella pueden tener todo tipo de capacidades y potencialidades, pero no pueden desarrollarlas por falta de oportunidades y se ven obligados a aceptar lo que el mercado laboral les ofrece, con una falta de las más elementales condiciones para la cobertura de las necesidades vitales mínimas y sin reconocimiento de sus derechos sociales y laborales. En esta nueva diversidad de perfiles hay también que contemplar el incremento continuado de los ni-nis, aquellos jóvenes que ni estudian ni trabajan, que desgraciadamente cada vez van en aumento y sufren una total falta de expectativas de futuro, pues es conocido que aquellas personas que no se forman, difícilmente tendrán las competencias y las oportunidades para integrarse en el mercado de trabajo.

Ante esta realidad, que de acuerdo con los intereses económicos predominantes olvida a la persona y sólo busca el máximo beneficio, se nos plantean muchos interrogantes que en este cuaderno hemos intentado responder, o al menos compartir dudas y posibles alternativas. Nos preguntamos hasta qué punto el modelo socioeconómico del capitalismo financiero y globalizado de hoy puede permitir una salida más digna a toda persona trabajadora o, al contrario, se priorizan los intereses individuales por encima de los colectivos. Nos interrogábamos sobre un paro estructural que nos hace pensar que nunca más volverá el pleno empleo y que, en consecuencia, es necesario encontrar alternativas para que aquellas personas que no podrán entrar en el mercado laboral no se vean excluidas de la sociedad, ni sufran una pobreza profunda que no podrán superar.

Estos hechos nos han llevado a pensar que el trabajo ya no tiene capacidad para integrar a toda la población, y que como consecuencia se necesitan nuevas formas de empleo; es urgente imaginar actividades, quizás no asalariadas, que permitan a la población sentirse útil y con capacidad de participar en la construcción de la comunidad en la que todos y todas deberíamos tener nuestro lugar y nuestra función. Y eso significa que se precisan unas políticas sociales que garanticen unos mínimos vitales para todos, una cuestión aún no resuelta pero sí planteada, que obliga a la clase política a asumir esta responsabilidad y a darle una respuesta.

En los últimos años hemos vivido una situación contraria a este incremento de los recursos necesarios para fortalecer nuestro estado del bienestar, y los países europeos han aplicado políticas restrictivas y de ahorro con el único objetivo de controlar el déficit público, lo que nos ha llevado al debilitamiento de los derechos sociales y a la pérdida del grado de protección que la ciudadanía disfrutaba, y hoy nos encontramos con una sociedad más pobre económicamente, más débil como sujeto de derechos, donde el sistema de prestaciones es incapaz de responder a las necesidades emergentes y no puede dar la protección y seguridad para el futuro de la población.

Ante esta perspectiva tan decepcionante, nos preguntamos si podemos ir más allá del trabajo asalariado, planteándonos la dualidad entre el trabajo (labour) ligado al salario y el trabajo (work), que no implica una relación contractual o un intercambio monetario, y desde estas dos opciones quizás podremos identificar otros tipos de trabajo centrados en el cuidado de las personas o en la producción artística, que nos lleven a otros modelos económicos centrados en el servicio a las personas en economías solidarias o colaborativas, que algún día podrían llegar a modificar el escenario socioeconómico.

Y ya por último, quisiera recordar que deseábamos finalizar este documento aceptando el reto que se nos plantea ante el actual momento en que nos encontramos, que nos lleva a creer que con el esfuerzo de todos y todas conseguiremos transformar la sociedad para que sea más justa y equitativa y, en consecuencia, nos sintamos comprometidos en trabajar por el bien común, con la seguridad de que algo podremos cambiar.

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Podéis descargar el cuaderno haciendo click aquí.

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Morir en el trabajo: un clamoroso silencio

Mañana, 28 de abril, se celebra, por iniciativa de los sindicatos, el Día Mundial de la Salud y la Seguridad en el Trabajo. Como reflexión para esa jornada me parece muy valido el siguiente texto en el que se analiza la siniestralidad laboral en nuestro país. El texto es la editorial  (1582) de la revista Noticias Obreras, editada por la HOAC.

El Ministerio de Trabajo ha publicado los datos oficiales del Informe de Accidentes Laborales del año 2015. La realidad que muestran esos datos es aterradora. Los accidentes y las víctimas mortales continúan aumentando. En 2015 murieron 608 trabajadores y trabajadoras en accidentes laborales (28 más que en 2014), 500 en los lugares de trabajo (46 más que en 2014) y 108 in itinere (en el desplazamiento al trabajo). Los accidentes mortales han aumentado en todos los sectores, excepto en la agricultura. En cifras totales, en 2015 se notificaron 714.930 accidentes laborales sin baja, 518.988 con baja, 3.358 graves en el lugar de trabajo y 905 in itinere, con las 608 víctimas mortales ya indicadas. Son, de media, casidos trabajadores muertos cada día12 accidentes graves diarios1.421 accidentes con baja al día.

El Índice de Incidencia* de accidentes mortales fue en 2014 del 3,1 y en 2015 aumentó hasta el 3,6. Por sectores, el Índice es del 10,6 en construcción (10,1 en 2014), del 9,4 en agricultura (12,3 en 2014), el 6,9 en industria (4,9 en 2014) y del 2,2 en servicios (2,1 en 2014). Por Comunidades Autónomas, en 2015 están por encima de la media: Galicia (7,4), Aragón (6,2), Ceuta (5,7), Asturias (4,9), Extremadura (4,8), Castilla-La Mancha (4,7), Murcia (4,5), Cantabria (4,2), La Rioja (4,1), Castilla-León (3,9) y Navarra (3,7); en la media de 3,6 están Andalucía y la Comunidad Valenciana; por debajo de la media: País Vasco (2,7), Madrid (2,6), Catalunya (2,6), Canarias (2,6), Baleares (2,5) y Melilla (0), único territorio donde no ha habido ningún accidente mortal en 2015.

Si nos hemos detenido en algunos datos es para mostrar el terrible contraste que existe entre esta sangrante realidad en la vida de los trabajadores y trabajadoras con el clamoroso silencio social que la envuelve. La gravedad de lo que ocurre con la vida de las personas en el trabajo es extrema y, si además de en los accidentes de trabajo, nos fijamos también en las enfermedades laborales y el creciente deterioro de la salud de muchos trabajadores y trabajadoras (por las penosas e indecentes condiciones en que son obligados a trabajar o por ser privados del empleo) el panorama es bastante peor. Sin embargo, parece que todo esto ocurre en medio de una gran indiferencia social, como si fuera algo normal o una especie de fatalidad inevitable.

Pero no lo es. No es normal que trabajadoras y trabajadores vean expuesta su salud y su vida en el trabajo. Tampoco es ninguna fatalidad inevitable, tiene causas bien concretas y evitables: la creciente precarización del empleo; las indecentes condiciones de trabajo en muchas ocasiones; el incumplimiento de la normativa legal, la debilidad de la Inspección de Trabajo; la escasa cultura de prevención de riesgos; el escándalo de utilizar la «crisis» como pretexto para eludir la responsabilidad y obligación empresarial en la prevención y la inversión en la materia; el miedo a perder el empleo, en las condiciones que sea, que se impone a tantos trabajadores y trabajadoras… En suma, la pérdida de la dignidad de la persona en el trabajo. Por eso, como dicen los sindicatos, garantizar la salud integral de todos los trabajadores y trabajadoras debe ser una prioridad del nuevo gobierno.

La indiferencia social ante esta terrible situación es parte importante del problema: ¿hemos normalizado sin más esta tragedia cotidiana y crónica? Necesitamos reaccionar. Precisamente para colaborar a ello, en muchos lugares la HOAC convoca concentraciones públicas y otras iniciativas cada vez que se produce una muerte en el trabajo. Con ellas buscamos mostrar la necesaria solidaridad con el dolor de las familias de las víctimas, reclamar respuestas y ayudar a despertar la conciencia social. Es un empeño ineludible. El 28 de abril, por iniciativa de los sindicatos, se celebra el Día Mundial de la Seguridad y la Salud en el Trabajo. Todos estamos llamados a participar e implicarnos. ¡Todos los días son 28 de abril! ¡Ni un muerto más!

*El Índice de Incidencia es el número de accidentes (ya sean totales, leves, graves o mortales) por cada 100.000 trabajadores afiliados con las contingencias cubiertas, por lo que muestra bien la incidencia de la siniestralidad en relación al conjunto de los trabajadores.
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Sepultados por nuestra propia basura

Este artículo de Álvaro Herrero fue leído en el Boletín semanal de Justicia y Paz, en él se analiza, a la luz de la encíclica Laudato si, uno de los problemas de la sociedad de consumo o de la sociedad del despilfarro: la basura.

 “Se producen cientos de millones de toneladas de residuos por año, muchos de ellos no biodegradables: residuos domiciliarios y comerciales, residuos de demolición, residuos clínicos, electrónicos e industriales, residuos altamente tóxicos y radioactivos. La tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería”

Estas son algunas de las palabras que nuestro clarividente Papa Francisco dedica a la problemática de los residuos en su encíclica Laudato Si.

Según los últimos datos publicados[1], en España, pese a la mejora progresiva, todavía generamos anualmente 435 Kg de basura por persona. En Europa, este dato se eleva hasta 475 Kg, manteniéndonos a niveles del año 1995. El dato absoluto nos habla de que en 2014 (último dato disponible) se generaron en Europa 239 millones de toneladas de residuos, suponiendo 14 millones de toneladas más que en 1995.

El problema no es sólo la tremenda cantidad de residuos, de los que es cierto que una parte (27,6%) se reciclan, sino todos aquellos que no siguen los cauces establecidos y no son tratados de acuerdo con los protocolos definidos. Estamos hablando por ejemplo de todo el plástico que acaba en nuestros océanos. Según difundía recientemente Avaaz en una de sus campañas[2], “para 2050 habrá más plástico que peces en nuestros océanos”. Parte de estos residuos se han acumulado en la que se conoce como “la gran Sopa de Plástico” o “la Gran Mancha del Pacífico”, que según se ha estimado[3] ocupa hasta 3,4 millones de kilómetros cuadrados (siete veces la extensión de España) y pesa unos 3,5 millones de toneladas.

Otra importante problemática asociada a los residuos a nivel internacional es el envío de residuos desde los países desarrollados a los países pobres. En este sentido cabe destacar la problemática de los residuos nucleares enviados a otros países para ser enterrados bajo tierra, sin ningunas garantías y así ahorrarse el coste de su correcto procesado o almacenamiento[4]. Con la misma filosofía, cantidades ingentes de residuos electrónicos son enviados a otros países, provocando tremendos daños humanos y medioambientales. Las altamente tóxicas y contaminantes sustancias que incorporan los productos electrónicos que cada vez consumimos más ávidamente terminan dañando a la población de países del Sur que procesan estos componentes sin ningún tipo de protección in medios. Por ofrecer un dato, se estima que la basura electrónica alcanzará los 50 millones de toneladas en 2017 y según el programa medioambiental de Naciones Unidas, el 90% de ella es gestionada ilegalmente[5]. Se calcula que el tráfico ilegal de esta basura electrónica mueve ya más dinero que el negocio de la droga[6].

A estos hechos también la encíclica Laudato Si se refiere, de la siguiente manera: “hacen falta marcos regulatorios globales que impongan obligaciones y que impidan acciones intolerables, como el hecho de que empresas o países poderosos expulsen a otros países residuos e industrias altamente contaminantes”

Resulta sorprendente que a día de hoy haya una necesidad de estos marcos regulatorios y todavía más que incluso los existentes no sean cumplidos; tal es el caso de los Estados Unidos de América que, junto con Haití, es el único país que no ha firmado la convención de Basilea, que prohíbe la exportación de residuos peligrosos[7].  

A modo de conclusión, conviene destacar que, como viene ocurriendo desde hace ya mucho tiempo, son los que menos tienen quienes acaban pagando las consecuencias del ritmo de vida y consumo de los que más tenemos. Pero siempre hay algo que podemos (y debemos hacer); un estilo de consumo responsable y sostenible, así como planteamientos de decrecimiento son las mejores soluciones a gran escala para esta problemática. Cada uno de nosotros está llamado a realizar su contribución para solucionar este problema y así no seguir contribuyendo a convertir nuestro planeta en un gran depósito de basura.

[1] Municipal Waste Statistics. Eurostat (datos actualizados a marzo de 2016). http://ec.europa.eu/eurostat/statistics-explained/index.php/Municipal_waste_statistics

[2] Un océano sin plástico. https://secure.avaaz.org/es/oceans_plastic_loc/ (2016)

[3] El «séptimo continente»: un basurero flotante en el Pacífico. http://www.abc.es/20120416/ciencia/abci-septimo-continente-basurero-flotante-201204161033.html (2012)

[4] “Toxic Somalia” – La Noche Temática http://www.rtve.es/alacarta/videos/la-noche-tematica/noche-tematica-toxic-somalia-avance/1117481/

[5] Illegally Traded and Dumped E-Waste Worth up to $19 Billion Annually Poses Risks to Health, Deprives Countries of Resources, Says UNEP report http://www.unep.org/newscentre/default.aspx?DocumentID=26816&ArticleID=35021

[6] Documentos TV estrena “La tragedia electrónica”, secuela del galardonado “Comprar, tirar, comprar” http://www.rtve.es/television/20140528/documentos-tv-estrena-tragedia-electronica-secuela-del-galardonado-comprar-tirar-comprar/943798.shtml

[7] Parties to the Basel Convention on the Control of Transboundary Movements of Hazardous Wastes and their Disposal http://www.basel.int/Countries/StatusofRatifications/PartiesSignatories/tabid/4499/Default.aspx

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Cumplir las promesas

Este artículo de Federico Mayor Zaragoza fue publicado en su blog, La fuerza de la palabra. Reivindica el uso de la palabra como herramienta de construcción de esperanzas. Unas esperanzas que a muchos hombres y mujeres se le están truncando.

“Entiendo cómo te hiere este dolor, 
pero canta y no llores. Tu mejor testigo es una voz en el aire
 y no el clamor que confina el discurso y, al final, 
 impide la reflexión sobre lo que está pasando”
Juan Goytisolo, “La voz y el mundo”.
Nuestra fuerza es la de la voz y la palabra. Una fuerza indomable que, cuando se convierte en el grito de la gente, nos encamina hacia paraísos de luz y esperanza. 
Por un lado, tenemos que decir “No” a la fuerza y renunciar a la violencia. Por otro lado, tenemos que decir “Sí” a la perseverancia tenaz de no conformarnos para dejar atrás los horrores de la guerra, la imposición y la fuerza y poder entrar en el reino del encuentro y el diálogo que ha sido nuestro sueño durante tantos amaneceres. 
El futuro no puede ser tan fijo como lo es el pasado: D. Antonio Machado nos urge a revisar las lecciones de la historia para descubrir si l a descripción del pasado es fiel a los hechos. Pero, por encima de todo, nos apremia a escribir juntos el futuro. La única manera de aplacar el dolor y la memoria de las heridas del pasado es atreverse con constancia e imaginación a recorrer juntos, a conformar juntos, a habitar juntos –todos diferentes, todos iguales, todos únicos- el tiempo y el espacio que tenemos aún intacto ante nosotros. Es el legado supremo. Es la herencia suprema. 
Con demasiada frecuencia no hemos cumplido nuestras promesas. En los tiempos de prosperidad no hemos recordado las medidas adoptadas en épocas de problemas, cuando la tensión humana es más creativa y cuando la pasión y la compasión abarcan tantas cosas. 
Atreverse es esencial. Debemos tener presente las terribles palabras de Albert Camus: “Los desprecio porque, pudiendo hacer tanto se atrevieron a tan poco”. Atreverse a saber y saber para atreverse. Levantemos los ojos y miremos a la distancia. Lo que importa es lo que se encuentra en el recodo del camino, los valles más allá de las colinas que por cercanas impiden contemplar el horizonte. Sólo en la cornisa, con la niebla delante de tí, en la línea divisoria entre la luz y la oscuridad. Con más dudas que certezas. Pero esperanza porque el futuro está ahí, a la espera del surco de la arada, el agua y la semilla.
Sembrar y sembrar sin pensar en la cosecha. Muchas semillas no darán frutos, pero hay un fruto que nunca se obtendrá: el fruto de la semilla que no se ha plantado. 
No podemos permitir que la naturaleza y el corazón se marchiten al mismo tiempo. Cuando digan que no hay solución, no hay que creerlo. Es porque ellos no saben cómo encontrarla. Es porque no pueden ver más allá de las tareas apremiantes de cada hora. Cada hora hay que avanzar, inventar y trazar la ruta. 
Las respuestas están siempre dentro de nosotros, nunca afuera. Necesitamos escuchar a cada uno, a cada cosa pero, después, es necesario estar libres, obstinadamente libres para expresarnos y decidir por nosotros mismos. Ser guiados por nuestras reflexiones y no por instrucciones y sugerencias de otros. 
La esperanza es parte de la capacidad creadora de la especie humana que debe ser utilizada contra la inercia y la rutina. Actuando de otra manera y no según lo previsible. Respondiendo –como Mandela- sin odio ni rencor. 
Grandes sumas de dineros son invertidas en la protección de las fronteras y muy pocas en salvaguardar lo que yace dentro de ellas: niños, mujeres, maderas, agua, tierra, aire… Hemos llegado a aceptar lo inaceptable: niños de la calle, abandonos. ¿Qué tipo de civilización es ésta que encuentra excusas para no cuidas de los niños y considera “costoso” el tratamiento del SIDA en pacientes sin recursos económicos?
Este es el delito de silencio. Debemos trabajar incansablemente para alzar la voz, aún más voces, hasta que logremos para ti –para ti que ya estás con nosotros y para ti que lo estarás mañana- una vida más en consonancia con la dignidad de cada ser humano. Sólo entonces seremos capaces de mirarte a los ojos.
Será necesario mucho valor para, con el poder de la palabra, continuar con el cambio de todo aquello que no hemos podido o no hemos sabido cambiar. 
Un día en 1945, al final de la segunda guerra mundial, con nuestras mentes y nuestros ojos llenos de horror, prometimos evitar, a las generaciones futuras, el sufrimiento de la violencia y la guerra. Debemos ahora cumplir con apremio las promesas que no hemos cumplido.
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La tríada agroecológica

Este artículo de Esther Vivas, rescatado de su blog, fue publicado en el diario digital Público. No es que las propuestas sean novedosas, pero quizás si convenga recordarlas muchas veces, en ello nos va la salud.

A menudo al hablar de los negativos impactos del modelo agroalimentario, nos preguntamos qué hacer. ¿Cómo actuar ante un agronegocio depredador que acaba con la biodiversidad y el campesinado? ¿Qué hacer frente a un sistema agrario adicto al petróleo y a los “alimentos viajeros”? ¿Qué alternativas tenemos cuando la comida nos enferma?

La respuesta es triple. Si tres son los colores primarios, si el cristianismo explica la naturaleza de Dios a partir de la santísima trinidad, si el fervor blaugrana adora el tridente Messi, Suárez y Neymar y si los más pequeños sueñan con los tres cerditos, en la agroecología, cuando se plantea una alternativa al modelo agrícola y alimentario dominante, la respuesta también está en el tres.

Uno. Agricultura de proximidad, o lo que es lo mismo local o de kilómetro 0. ¿Por qué comer tomates, naranjas, manzanas, garbanzos, uva, brócoli, almendras o espárragos que vienen de la otra punta del mundo, cuando los producimos aquí? ¿Por qué tantos mercados en los países del Sur se encuentran “invadidos” por leche, arroz, aceite y maíz subvencionado en Europa, Estados Unidos o Canadá, que se vende por debajo de su precio de coste y compite deslealmente con el producto local? ¿Por qué los alimentos recorren una media de 5.000 kilómetros del campo al plato? ¿No sería más lógico y económicamente más provechoso promover circuitos cortos de comercialización? No se trata de caer en la retórica chovinista de “mejor lo de casa” ni en un localismo que concibe el mundo como pequeñas unidades aisladas y autárquicas, sino de reclamar más justicia social y ambiental. Los alimentos de kilómetro 0 permiten un mayor beneficio económico en el territorio y además “enfrían el planeta”, es decir no generan gases de efecto invernadero como sí lo hace la comida con miles de kilómetros a sus espaldas.

Dos. Agricultura ecológica, certificada o no, pero que garantiza la no utilización de productos químicos de síntesis ni en su producción ni transformación. Unos alimentos libres de transgénicos y de agrotóxicos, que cuidan de nuestra salud y de la del planeta. ¿Por qué tantas campesinas y campesinos tiene que padecer enfermedades debido al modelo agrario industrial? En Francia, sin ir más lejos, el parkinson es considerada una enfermedad laboral agrícola, después que un campesino pudo demostrar judicialmente como un herbicida de Monsanto afectó gravemente su salud y le produjo dicha enfermedad. Por no hablar de los dramáticos efectos del cultivo de soja transgénica en otras latitudes, no solo en el campesinado sino en las poblaciones colindantes, debido al uso de herbicidas venenosos a base de glifosato.

Tres. Agricultura campesina, que fortalece y permite el desarrollo del mundo rural. La que valora el saber y el trabajo de quienes cuidan nuestros campos. La que permite una remuneración digna a quienes intentan vivir de trabajar la tierra. Necesitamos una cadena comercial transparente de origen a fin, para saber no solo de donde viene lo que comemos sino para saber quién se beneficia de cada euro que pagamos. Actualmente, quien menos gana es quien produce la comida. De aquí que el trabajo campesino sea una labor “en extinción”. Solo el 4,3% de la población activa en el Estado vive de trabajar la tierra, y la mayor parte son gente mayor. Si el día de mañana los campesinos desaparecen, ¿quién nos dará de comer? Tal vez Monsanto, Syngenta, Procter&Gamble, Coca-Cola, McDonalds, Kraft, Carrefour, Mercadona, El Corte Inglés. Con ellos, ¿nuestra buena alimentación estará garantizada? Os aseguro que no.

He aquí la tríada agroecológica, mejor comida y más justa.

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Los paraísos fiscales, tan peligrosos como el yihadismo

Este post, de Xavier Caño, está recogido de su blog Xacata y en él, hace un reflexión sobre la indecencia de lo que esconden los llamados “Papeles de Panama”.

El bufete panameño de abogados Mossack Fonseca organizó en paraísos fiscales la oscura transferencia de bienes de 1.200 sociedades. Para evadir impuestos. Lo revelan los  llamados Papeles de Panamá filtrados por el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación.

Esa masiva y organizada evasión fiscal tiene la misma voluntad e intención que las rebajas de impuestos a los ricos perpetradas a partir de los 80. Ronald Regan y Margaret Thatcher fueron los primeros en cargarse el progresivo sistema de impuestos, que establecieron gobiernos socialdemócratas tras la II Guerra Mundial, en el que pagaba más impuestos quien más tenía y más ganaba.

¿Qué tiene que ver el fraude fiscal revelado en los Papeles de Panamá con las indecentes, pero legales, rebajas de impuestos a los más ricos que iniciaron Reagan y Thatcher? Todo. Quienes recurren al bufete panameño no quieren pagar impuestos, lo mismo que buscan quienes presionan y consiguen fiscalidades complacientes para pagar mucho menos. de lo que les corresponde en justicia.

Certifica la escandalosa rebaja de impuestos a las élites uno de los hombres más ricos del mundo, el estadounidense Warren Buffet. Este milmillonario  ha calculado que sus empleados pagan en impuestos y seguros sociales casi el 33% de sus ingresos, cuando él solo paga un 17,7%. Y dice que nadie en su empresa paga menos que él. Muy esclarecedor.

La indecente rebaja de impuestos a ricos pretende que, al pagar esos menos impuestos, disponen de más capital para invertir, activan la economía, ésta crece y se crea empleo. Falso. Nunca ocurrió. El poder económico paga hoy muchísimos menos impuestos que hace 40 años, pero ese dinero no pagado en impuestos no activa la economía real. Especula en el casino financiero.

Ese emperramiento capitalista en ganar cada vez más lo retrató Cayo Largo de John Huston. En un hotel de Florida coinciden un soldado, que regresa tras la segunda guerra mundial, y el gángster Johnny Rocco. En una tensa discusión, el soldado pregunta retóricamente: “¿qué quiere Rocco?” Y se responde el mismo: “Quiere más”. Y Rocco confirma: “Eso es, quiero más”. El soldado pregunta de nuevo: “¿Alguna vez Rocco tendrá bastante?” Y Rocco contesta: “Nunca tengo bastante”.

Evadiendo impuestos o pagando mucho menos legalmente, además de ganar desposeyendo al pueblo trabajador, los capitalistas son como Rocco. Nunca tienen bastante.

Los paraísos fiscales propician la evasión fiscal masiva, pero gobiernos y entidades internacionales no tienen la menor voluntad política de enfrentarse a ellos más allá de brindis al sol. Mantienen el secreto bancario contra viento y marea, gasolina de la evasión fiscal, y en la misma Europa florecen impunes los paraísos fiscales. Suiza, islas del canal de la Mancha, Luxemburgo, Liechstentain, Gibraltar, Andorra, Austria, Holanda, la City de Londres… No hay voluntad política de los Estados para acabar con el secreto bancario y de esos polvos de hermetismo bancario vienen los lodos del fraude fiscal masivo.

Ante la desfachatez evasora de los ‘Papeles de Panamá’ urge un sistema de impuestos fuerte, justo, progresivo y suficiente. Como mínimo como el que había antes de los 80, antes de la patente de corso a los ricos para no pagar impuestos. O apenas, como Buffet. Y acabar con la trampa del recurso sistemático a la deuda pública para suplir la menor recaudación tributaria.

Ante las revelaciones de los Papeles de Panamá, el movimiento internacional ATTAC exige que el Estado tome medidas contundentes contra la evasión fiscal e impago de cotizaciones. En España, por ahí se pierden 90.000 millones de euros anuales según el sindicato de Técnicos de Hacienda (GHESTA). ¿Cuantos problemas, pobreza y desigualdad no se resolverían de disponer de esos miles de millones de euros más?

Pero no sólo en España. Según explica Gabriel Zucman en La riqueza oculta de las naciones, hay casi seis billones de euros en activos financieros ocultos en paraísos fiscales. Y por eso las haciendas públicas dejan de recaudar anualmente 130.000 millones de euros de impuestos que se evaden.

Secreto bancario, anonimato de grandes fortunas y opacidad de transacciones financieras son la esencia de los paraísos fiscales. Para evadir cientos de miles de millones de impuestos de los que se despoja a la ciudadanía. Hay que empezar a ver a los paraísos fiscales y la evasión de impuestos como una amenaza tan grave como el yihadismo para poder llevar una vida digna y segura. Y actuar en consecuencia.

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Las grandes plagas de nuestro tiempo

En la web de Attac España, encuentro esta artículo de opinión de Carlos Berzosa, del Consejo Científico de ATTAC España, que desde una órbita socialdemócrata analiza las grandes plagas de nuestro tiempo y las causas que la provocan.

Las guerras, el terrorismo, las dictaduras, el crecimiento de los fundamentalismos, el hambre, la pobreza, la desigualdad, los refugiados, la corrupción, la explosión demográfica, el deterioro del medio ambiente y la inseguridad laboral, son las plagas que amenazan a la economía y la sociedad del mundo global. Se vive en una realidad cada vez más insegura y aunque algunas de las plagas tienen fundamentalmente causas económicas, aunque no solo, otras responden a diversas raíces.

La interdependencia, sin embargo, existe y no se pueden dejar de lado aspectos que tratan de explicar, en alguna medida, los hechos tan graves que están sucediendo. La desigualdad económica mundial en la que una minoría consume la mayor parte de lo producido, generando pobreza y exclusión social, son factores a tener en cuenta, si bien estas realidades no sirven por sí mismas para comprender los actos de barbarie a los que asistimos. De todos modos, suponen un caldo de cultivo para que los fundamentalismos crezcan, debido a la falta de oportunidades y al sufrimiento que suponen las grandes privaciones a las que se encuentran sujetas millones de personas.

Muchas gentes viven en la desesperación que provoca el hambre y la mortalidad infantil en los países subdesarrollados. Muchas más siguen sumidas en la pobreza y carecen de acceso a agua potable, educación y sanidad. La prosperidad que se da en una parte reducida de la población mundial, aunque haya aumentado en las últimas décadas, contrasta con las bolsas de miseria que se dan en porcentajes importantes de la población a escala global. Este contraste se da también en la demografía, así que mientras en los países desarrollados la población crece poco o nada, incluso en algunos países se dan decrecimientos, en los países en desarrollo y más atrasados se siguen produciendo altas tasas de crecimiento demográfico. Los que menos recursos tienen son los que padecen la explosión demográfica. De manera que los problemas se agravan en los países que sufren el subdesarrollo.

Todo esto promueve las corrientes migratorias, así como la guerra, la violencia y la dictadura, provocan las grandes cantidades de refugiados, que salen desplazados de su país de origen y que malviven, por lo general, en condiciones inhumanas en otras naciones. Se les niega el acceso a los países desarrollados y se sigue con estas políticas contribuyendo a la inseguridad, al padecimiento, a la contracción de enfermedades, que afectan en gran medida a los niños, los cuales a su vez no acuden a la escuela. La exclusión social crece en estos campos de refugiados, pero también dentro de los países avanzados que han creado bolsas de marginación y sectarismo.

Los países ricos no son ajenos a estas tragedias, vendiendo armas y sosteniendo a dictadores. El negocio y los intereses materiales priman sobre los derechos humanos y la vida de las gentes ante la necesidad de controlar zonas de influencia que se consideran geoestratégicas. La rivalidad entre intereses económicos, defendidos por sus respectivos países, y el militarismo conducen a guerras. Cuántos errores se han cometido con las intervenciones militares, que además de los destrozos causados han alimentado el surgimiento de los fundamentalismos religiosos. Se tendrían que pedir responsabilidades penales a los dirigentes del mundo occidental, que han contribuido a este desaguisado.

La economía capitalista se rige por el lucro y en búsqueda de esos beneficios polariza la sociedad, tanto en el mundo como dentro de los países. La desigualdad entre países sigue siendo muy elevada, aunque se haya atenuado en los últimos años, pero a su vez se ha incrementado en los países avanzados y en los emergentes. Esta desigualdad en rentas y riqueza también tiene su reflejo en otras desigualdades, como es la de los derechos y oportunidades. En este sentido, los más afectados son los grupos más vulnerables. La pobreza y el hambre han disminuido pero siguen ofreciendo cifras excesivamente elevadas si se compara con los progresos tecnológicos conseguidos, y con la capacidad de generar renta y riqueza. Pero la desigualdad es excesivamente elevada y tiende a crecer para que esos avances y mejoras se trasladen al conjunto de la población mundial.

De modo que se socavan los cimientos de la sociedad globalmente considerada. Además, la necesidad creciente de producir y consumir para dar salida a todas las mercancías y servicios que se generan tiene consecuencias muy negativas para el medio ambiente, como la contaminación, el cambio climático, el agotamiento de recursos no renovables, y la dificultad de los recursos renovables para seguir a la producción, el consumo y el derroche de recursos. Los efectos de ello se manifiestan ya pero se agravarán en el futuro más inmediato, si no se ponen remedios. No parece que se instrumentalicen las medidas idóneas para ello, a pesar de algunos pasos dados en la Conferencia de París.

Los males que se padecen actualmente son de una enorme gravedad, sin embargo, no se les presta la atención debida por los dirigentes actuales. La visión a corto plazo, la estrechez de miras, el economicismo reinante, está provocando una situación cada vez más insostenible. Las economías desarrolladas no dieron los pasos que se tuvieron que dar en la década de los setenta del pasado siglo, cuando se reivindicaba un Nuevo Orden Económico Internacional (NOEI), y comenzó la toma de conciencia sobre la degradación que estaba sufriendo el medio ambiente. Lo que sucedió en los ochenta fue lo contrario, pues con la emergencia con cierta fuerza del liberalismo económico se archivaron las cuestiones relacionadas con la creación de un NOEI más equitativo y del medio ambiente. Por si fuera poco, se ha contribuido a desmantelar progresivamente los derechos de los trabajadores y de ciudadanía. La inseguridad en el trabajo comenzó a incrementarse en los países más desarrollados.

El capitalismo hoy por hoy no tiene alternativas y las que se dieron en el pasado han fracasado rotundamente. Eso no quiere decir que el capitalismo quede legitimado. Pero dentro de este sistema económico se han dado a lo largo de su historia diferentes fases. El fundamentalismo de mercado que se ha impuesto, tanto en las ideas como en las acciones, está provocando demasiados males a los que hay que atender, y a los que el libre mercado no les puede dar soluciones. Hay, que duda cabe, hacer proposiciones dentro del sistema para conseguir reformas progresistas y que no todo se base en el beneficio, a costa de degradar las condiciones de vida de los trabajadores, a sobreexplotar a los del Tercer Mundo, a la venta de armas y a deteriorar el medio ambiente

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