Declaración de la ilegalidad de la pobreza.

Encuentro, en la web de Servicios Koinonía, un artículo de Leonardo Boff que hace referencia la Declaración de la Ilegalidad de la pobreza. Aunque he intentado localizar el texto para compartirlo, me ha sido imposible. Si he encontrado, en cambio, varias páginas que hacen referencia a este documento. Aquí va el texto de Boff.

El escandaloso aumento de los niveles de pobreza en el mundo ha suscitado movimientos para erradicar esta llaga de la humanidad.

El 9 de mayo tuvo lugar un acto en la Universidad Nacional de Rosario promovido por la Cátedra del Agua, un departamento de la Facultad de Ciencias Sociales, coordinado por el prof. Anibal Faccendi, para llevar a cabo una Declaración sobre la ilegalidad de la pobreza. Tuve la oportunidad de participar y hacer la charla de motivación. La idea es conquistar apoyos del congreso nacional, de la sociedad y de personas de todo el continente para llevar esta demanda ante las instancias de la ONU con el fin de darle la más alta validación. Ya antes, el 17 de octubre de 1987 Joseph Wresinski había creado el Movimiento Internacional ATD (Actuar Todos para la Dignidad) que incluía el Día Internacional da Erradicación de la Pobreza. Este año será celebrado el día 17 de septiembre en muchos países que se han adherido al movimiento.

La Declaración de Rosario viene a reforzar este movimiento presionando a los organismos mundiales de la ONU para declarar efectivamente el hambre como ilegal. La Declaración no puede quedarse tan solo en su aspecto declaratorio. Su sentido es poder crear en las distintas instituciones, en los países, en los municipios, en los barrios, en las calles de las ciudades, en las escuelas, movilizaciones para identificar a las personas sea en situación de pobreza extrema (vivir con menos de dos dólares y sin acceso a los servicios básicos) o simplemente de pobreza, que sobreviven con poco más de dos dólares diarios y con acceso limitado a la infraestructura, vivienda, escuela y otros servicios mínimos humanitarios. Y organizar acciones solidarias que los ayuden a salir de esta urgencia, con la participación de ellos mismos.

En 2002 Kofi Annan, antiguo secretario da ONU declaraba con firmeza: «No es posible que la comunidad internacional tolere que prácticamente la mitad de la humanidad tenga que subsistir con dos dólares diarios o menos en un mundo con una riqueza sin precedentes».

Efectivamente, los datos son estremecedores. OXFAM que es una ONG que articula muchas otras en varios países y que se ha especializado en estudiar los niveles de desigualdad en el mundo, presenta todos los años sus resultados, cada vez más aterradores. Generalmente OXFAM suele ir a Davos, en Suiza, donde se encuentran los mayores ricos epulones del mundo. Presentan los datos que los dejan desenmascarados. Este año, en enero de 2017 revelaron que 8 personas (la mayoría estaba allí en Davos) poseen una riqueza equivalente a la de 3,6 mil millones de personas. Es decir, cerca de la mitad de la humanidad vive en situación de penuria sea como pobreza extrema, sea simplemente como pobreza, al lado de la más degradante riqueza.

Si leemos afectivamente, como debe ser, tales datos, nos damos cuenta del océano de sufrimiento, de enfermedades, de muerte de niños o de muerte de millones de adultos, estrictamente a consecuencia del hambre. Entonces nos preguntamos: ¿Dónde ha ido a parar la solidaridad mínima? ¿No somos crueles y sin misericordia con nuestros semejantes, ante aquellos que son humanos como nosotros, que desean un mínimo de alimentación saludable como nosotros? Se les remueven las entrañas viendo a sus hijos e hijas que no pueden dormir porque tienen hambre, y ellos mismos teniendo que tragar en seco trozos de comida recogidos en los grandes basureros de las ciudades, o recibidos de la caridad de la gente y de algunas instituciones (generalmente religiosas) que les ofrecen algo que les permite sobrevivir.

La pobreza generadora de hambre es asesina, una de las formas más violentas de humillar a las personas, arruinarles el cuerpo y herirles el alma. El hambre puede llevar al delirio, a la desesperación y a la violencia. Aquí cabe recordar la doctrina antigua: la extrema necesidad no conoce ley y el robo en función de la supervivencia no puede ser considerado crimen, porque la vida vale más que cualquier otro bien material.

Actualmente el hambre es sistémica. Thomas Piketty, famoso por su estudio sobre El Capitalismo en el siglo XXI, mostró como está presente y escondida en Estados Unidos: 50 millones de pobres. En los últimos 30 años, afirma Piketty, la renta de los más pobres permaneció inalterada mientras que en el 1% más rico creció 300%. Y concluye: «Si no se hace nada para superar esta desigualdad, podrá desintegrar toda la sociedad. Aumentará la criminalidad y la inseguridad. Las personas vivirán con más miedo que esperanza».

En Brasil hemos abolido la esclavitud, ¿pero cuándo haremos la abolición del hambre?

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3,7 MILLONES DE NIÑOS Y NIÑAS REFUGIADOS NO TIENEN UNA ESCUELA A LA QUE ASISTIR

En este tiempo de reivindicaciones educativas, quizás sea bueno releer este breve texto de Valeria Méndez de Vigo y Carla Sala, publicado hace unos días en el blog de cristianismeijusticia.

Los conflictos bélicos, la violencia generalizada, el cambio climático, la pobreza extrema o las violaciones de derechos humanos son algunos de los motivos que siguen provocando el desplazamiento forzado de miles de familias dentro y fuera de sus países impidiendo, en muchos casos, la educación de niños y niñas.
Durante la primera mitad del año 2016, ACNUR registró al menos 3,2 millones de nuevos desplazados, de los cuales 1,5 millones eran refugiados y solicitantes de asilo que huyeron a otro país, y cerca de 1,7 millón de personas eran desplazadas internas[1]. En el mundo hay 21,3 millones de personas refugiadas. De los 16 millones que están bajo el mandato de ACNUR, 6 millones están en edad de ir a la escuela, pero unos 3,7 millones de niños y niñas no tienen una escuela a la que asistir[2].
Desde el campo de refugiados de Melkadida, Aden Abdi Hussen, de 19 años, señala[3]: “Al principio, huimos en busca de la paz. Luego pusimos la esperanza en la educación. La verdad es que nunca pudimos estudiar, porque las clases siempre quedaban interrumpidas por la violencia. Los grupos armados expulsaban a los maestros. No se puede aprender en una guerra“.
Más de la mitad de los niños, niñas y adolescentes refugiados del mundo no escolarizados, se concentran en sólo siete países: Chad, la República Democrática del Congo, Etiopía, Kenia, Líbano, Pakistán y Turquía. Habitualmente, las personas refugiadas se encuentran en regiones donde las estructuras destinadas a cubrir las necesidades básicas son débiles. Por ello, educar a la propia población ya supone una gran dificultad para los gobiernos, y atender a la población refugiada supone un trabajo adicional considerable.
Las escuelas deben dotarse de políticas inclusivas que posibiliten una buena preparación del profesorado ante la llegada de personas refugiadas para poder integrarlas de la manera más normalizada posible a los diferentes cursos, por ejemplo, reforzando el aprendizaje de la nueva lengua o estableciendo programas educativos de carácter intensivo para que los niños y niñas puedan integrarse en el nivel educativo adecuado. Para fortalecer la educación inclusiva, UNESCO y ACNUR, han convocado la Semana de la Educación Móvil bajo el tema de “La Educación en situaciones de emergencia y crisis”. En este caso, se pretende preservar la continuidad del aprendizaje en contextos de conflicto y desastres, abrir oportunidades de aprendizaje para los refugiados y otras personas desplazadas, y facilitar la integración de los nuevos estudiantes en nuevas escuelas y comunidades.
Educar a la población refugiada debe permitir a los niños/as y jóvenes prosperar, no solo sobrevivir. Hay que proporcionar espacios seguros donde los niños y niñas puedan relacionarse, adquirir habilidades para la autosuficiencia, fomentar el pensamiento crítico y el trabajo en equipo, aumentar la confianza y la autoestima y mejorar las perspectivas laborales. La educación es un elemento crucial para capacitar a los niños y niñas para ser agentes de cambio, y para que en un futuro puedan restablecer y reconstruir sus sociedades y países de origen.
Sylvia, de 19 años, refugiada de la República Democrática del Congo y estudiante de Inglés en uno de los centros del Servicio Jesuita a Refugiados en Uganda, relata[4]: “Convertirme en refugiada cambió mi vida. No pude estudiar y crié a mis hermanas sola y sin ningún ingreso (…) Ahora sé que si estudio, puedo conseguir más. Espero que la paz vuelva a mi país para que allí mi sueño se haga realidad: convertirme en periodista”.
Desde Entreculturas y el Servicio Jesuita a Refugiados, trabajamos con personas refugiadas y desplazadas en países donde se concentra un elevado porcentaje de niños/as y jóvenes en esta situación. Etiopía, la República Democrática del Congo, Uganda o Chad son algunos de los países africanos en los que seguimos actuando para hacer llegar la educación. Garantizar y mejorar el acceso a la educación de las poblaciones refugiadas e implementar programas de atención psicosocial en los campos de refugiados, son algunos de los objetivos generales que contribuyen a mejorar las condiciones de vida de los niños y niñas que se encuentran en este contexto de inseguridad.
La educación es la clave para que todos los niños y niñas refugiados puedan tener oportunidades para cambiar el rumbo de sus vidas y construir un futuro mejor.
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[1] ACNUR. (2016). Mid Year Trends.
[2] ACNUR. (2016). Missing out: Refugee Education in Crisis.
[3] Servicio Jesuita a Refugiados. (2016). Etiopia: la educación promueve la autosuficiencia. Recuperado de: http://www.eldiario.es/desalambre/ONU-ONG-UE-migratorio-Libia_0_608589337.html
[4] Jesuit Refugee Service. (2016). Providing Hope, Investing in the Future: Education in Emergencies & Protracted Crises. Recuperado de: https://www.jrs.net/assets/Publications/File/Ed_Policy_web1.pdf

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CINCUENTA AÑOS DE “CARTA A UNA MAESTRA”

Hace cincuenta años, en 1967, veía la luz el libro Carta a una maestra escrito por los alumnos de Barbiana. Aprovechando esta conmemoración, Manu Andueza, publica en el blog de cristianismeijusticia este interesante artículo.

Barbiana es una pequeña localidad italiana a la que en 1954 llegó como sacerdote Lorenzo Milani. Milani enseguida descubrió que más que un cura, lo que necesitaba la población era un maestro, motivo por el cual organizó una escuela. Unos años después, siguiendo su método de escritura colectiva, sus alumnos, tras analizar la situación de la educación, escribían Carta a una maestra.

Se trata de un libro que debería ser de obligatoria lectura para todos aquellos que quieren dedicarse al mundo de la educación. Se trata de un libro que, desgraciadamente, a pesar de haber pasado ya cincuenta años desde que se escribió, es de una tremenda actualidad. Y digo desgraciadamente, porque indica lo poco que hemos avanzado, a la par que el largo camino que nos queda para mejorar.

En repetidas ocasiones el papa actual ha citado a Milani como modelo de educador. Cuánto le hemos aplaudido, qué poco caso le hemos hecho.

Carta a una maestra pone de manifiesto elementos obsoletos de la educación, cita los peligros de una educación clasista que permite que el mundo continúe igual. Nosotros hoy seguimos con esa educación. Una educación más preocupada en llegar a unas competencias, en cumplir objetivos, en pasar pruebas que en descubrir -como decía Milani- que la vocación de todo ser humano no es otra que ser buena persona.

¿Y cuáles son algunas de las claves que nos aporta Carta a una maestra?

-Para empezar, valorar el progreso, no el conocimiento. Nuestra educación sigue siendo una educación de límites, no de libertad ni de acompañamiento ni de alegría. Cuántos niños y niñas sufren en nuestro sistema a pesar de su esfuerzo, de su progreso. Pasar de 1 a 4 es más que sacar un 5 en muchas ocasiones. Pero no ha llegado. Bonita falacia sobre el esfuerzo y el crecimiento.

-Ir al ritmo del último. Que nadie quede descolgado. Los que sepan que ayuden a los que no saben. Pero no se avanza hasta que todos lo hemos entendido. Por eso Barbiana grita un fuerte no a las repeticiones, a las discriminaciones. ¿Cómo puede ser que nuestra educación obligatoria se base en un sistema de separación, de segregación, de distinción? ¿Obligatoria para qué? ¿Para quién? ¿Son realmente iguales nuestras escuelas? ¿Es justa la selección del alumnado? Bajo una pretendida libertad de elección negamos la posibilidad de igualdad a los más pobres. ¿O es que de verdad nos creemos que a ellos no les gustarían los centros de élite para sus hijos?

-Todos son expertos en algo. Se trata de una realidad y de una firme convicción y creencia en el ser humano. Todos podemos aprender. Si no es así el problema es de motivación, el problema es del sistema, pero el problema no es tan sólo del alumno. Diferentes experiencias educativas en nuestro país así lo demuestran. Pero mantenemos un sistema único, con una manera única para todos. ¿Es esto realmente justo?

-Una educación que sea útil para el mundo real. Si en algo insistía Milani era en estudiar el mundo real, en analizar lo que pasa, en ver por qué ocurren las cosas. La escuela no puede ser un sistema alejado de la realidad. ¿Dónde estudiar economía, política, justicia, sino en la escuela? Fue después de analizar la situación de las últimas guerras italianas con sus alumnos, cuando Milani escribió el primer texto en Europa invitando a la objeción de conciencia ante el ejército. Está recogido en su Carta a los jueces. Allí nos recuerda que la obediencia es sólo a los pobres. ¿Quién sigue muriendo en nuestras guerras? ¿No tenemos nada que decir desde las escuelas?

-Dar la palabra a los pobres. Si algo valora Milani es el hecho de dar la palabra a los pobres. De darles la opción de razonar, de defenderse, de explicarse.

Los alumnos de Milani, alguno de ellos experto en economía mundial, otro líder sindical, otro traductor de hasta cinco idiomas avalan su manera de educar, donde otra educación es posible y necesaria.

Releer Carta a una maestra es cuestionarse cuándo nos tomaremos la educación en serio. Cuándo haremos un pacto real, cuándo saldremos a las calles de verdad todos juntos para decir que esto no sirve, que tenemos que generar otro sistema.

Releer Carta a una maestra es preguntarse por la finalidad de la educación, por su sentido, por la razón de la misma. Y siguiendo a Milani, la educación tiene que servir para dar más oportunidades a quienes menos tienen, para hacer un mundo diferente, donde la solidaridad sea el modo habitual de relacionarnos. Para ello hay muchas cosas que cambiar, desde el currículum a la forma de evaluación, desde la manía de cuantificar todo y hacer estadísticas y otras herramientas que pisan la conciencia y la humanidad de nuestros alumnos hasta la estructura de nuestros centros.

Se impone ya la necesidad de otra educación posible. Releamos Carta a una maestra desde esta óptica y seamos valientes como lo fue Milani -como nos invita Francisco- y dejemos de hablar de lo que deberíamos hacer para pasar a hacerlo en nuestras escuelas.

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Francia, nueva etapa

Para entender los resultados electorales que se pueden producir en Francia, puede ser útil leer la editorial de Ignacio Ramonet, publicada en el número de mayo de Le Monde Diplomatique.

La primera sorpresa fue… que no hubo sorpresa. Por una vez las encuestadoras no se equivocaron. En el Reino Unido con el brexit o en Estados Unidos con Donald Trump, los sondeos erraron por completo. En Francia en cambio, con semanas de antelación, las consultoras anunciaron que, en la primera vuelta de las elecciones presidenciales del pasado 23 de abril, los vencedores serían, en este orden: Emmanuel Macron (En Marche!, ¡En Marcha!) y Marine Le Pen (Frente Nacional), únicos clasificados para pasar a la segunda vuelta del 7 de mayo. Y que justo después llegarían, también en este orden: François Fillon (Los Republicanos), Jean-Luc Mélenchon (La France Insoumise, Francia Insumisa) y Benoît Hamon (Partido Socialista). Y acertaron (1).

Semejantes resultados, en un país traumatizado por la crisis social y los atentados yihadistas, constituyen un verdadero seísmo y merecen varios comentarios.

Primero, indican el final de una larga etapa de la historia política francesa comenzada en 1958 con la adopción de la Constitución actual y la instauración de la V República. Desde esa época, o sea desde hace casi sesenta años, siempre se había clasificado para la segunda vuelta por lo menos uno de los dos grandes partidos franceses: el gaullista (con diferentes apelaciones a lo largo del tiempo, RPR, UDR, LR) y el socialista. Esta vez, cosa inaudita, ninguno de los dos ha conseguido sobrepasar los obstáculos de la primera vuelta. En sí, esto ya es histórico y demuestra, como en otros países, el profundo desgaste de las formaciones políticas tradicionales que dominaban la escena desde la Segunda Guerra Mundial.

La derrota es particularmente espectacular para el Partido Socialista porque esta formación estaba en el poder desde 2012, controlando los tres principales centros de decisión política: la Presidencia de la República (François Hollande), la Presidencia del Gobierno (Primer Ministro: Bernard Cazeneuve), y la Asamblea Nacional. El candidato socialista, Benoît Hamon –jefecillo de una fracción crítica con el presidente Hollande y que se impuso en las primarias frente, entre otros, al ex primer ministro Manuel Valls– condujo una campaña particularmente desastrosa, garrafal y errática.

Con algunas buenas ideas (la renta básica universal) pero con una obsesión histérica antirrusa y un arrogante rechazo a establecer alianzas con la gran fuerza de izquierdas, La France Insoumise de Jean-Luc Mélenchon. Hamon apenas obtuvo el 6,36% de los votos, el peor resultado en sesenta años del Partido Socialista. Tanto más calamitoso cuanto que se habían unido a él los ecologistas… Con tan funesto desenlace, Benoît Hamon comprometió el porvenir mismo del Partido Socialista, que –después del fracaso del impopular presidente François Hollande– corre ahora el riesgo de estallar en varios pedazos.

Otro caso trágico es el de François Fillon, candidato de Los Republicanos, el partido heredero del gaullismo y expresión sociológica de la amplia burguesía conservadora. Contra todo pronóstico, Fillon había conseguido imponerse en las primarias internas frente a candidatos de peso como Nicolas Sarkozy (ex presidente, 2007-2012) y Alain Juppé (ex primer ministro). Con un programa de castigo social muy duro. Normalmente, esas primarias eran su escollo principal y todas las encuestas lo daban como futuro presidente de Francia. Pero ahí comenzó su calvario.

El semanario satírico Le Canard enchaîné publicó una serie de revelaciones sobre los “empleos ficticios” que Fillon, como diputado (y como la ley, en cierta medida, se lo permitía), otorgó a su esposa y a sus hijos. Se desató entonces contra él una campaña de agresión mediática de una violencia excepcional. Durante interminables semanas, los medios de comunicación lo desollaron vivo y arruinaron su imagen. En realidad, comparada con la que se practica en España, la corrupción de Fillon era de baja intensidad. Y cabe preguntarse a qué se debió tanta saña contra el candidato de la derecha tradicional. ¿Para abrirle camino a Emmanuel Macron, quien cuenta con el apoyo decidido de la mayoría de los oligarcas propietarios de grandes medios? ¿Para sancionar la apuesta de Fillon de establecer, en política internacional, una alianza con Rusia?

Otra enseñanza de los resultados de la primera vuelta concierne al Frente Nacional (FN), de extrema derecha. Este partido viene ganando, últimamente, en la primera vuelta, casi todas las elecciones en Francia. Pero el sistema francés de dos vueltas obliga a los partidos a pactar alianzas para la segunda ronda. Y el Frente Nacional es un partido huérfano, no tiene ningún aliado, no puede constituir ninguna coalición; con lo cual, queda desprovisto de reservas de votos para vencer el escollo de la segunda vuelta. Así, por ejemplo, en las elecciones regionales de diciembre de 2015, el FN fue el partido más votado (un 27,73%) de Francia en la primera vuelta, pero, en la segunda ronda, fue incapaz de conquistar la presidencia de ninguna región.

El pasado 23 de abril, su líder Marine Le Pen no consiguió alzar su partido al primer puesto, quedó segundo con un millón de votos menos que Emmanuel Macron. Una importante decepción para su electorado. Aunque los medios de comunicación dominantes, para movilizar a favor de Macron, agitan el espectro de una posible victoria del FN el 7 de mayo, es prácticamente imposible que lo consiga. El riesgo de ver a Marine Le Pen ganar la segunda ronda es absolutamente mínimo en un país donde, el pasado 23 de abril, el 80% de los electores no votaron por ella. Aunque este partido, aprovechando la crisis, ha tratado de reconvertirse disimulando sus rasgos más visibles del neofascismo y adoptando los atributos del populismo de derechas, mantiene su ADN racista, antisemita y xenófobo. Su probable derrota (una más…) lo hará entrar sin duda en una crisis existencial.

A pesar de no haber podido clasificarse para la segunda ronda, el otro vencedor de esas elecciones es, sin discusión, Jean-Luc Mélenchon, líder de La France Insoumise. En 2012, Mélenchon había obtenido 4 millones de votos (un 11%). Esta vez alcanzó los 7 millones (un 19,6%). Se ha quedado a medio millón de votos apenas de la segunda vuelta… Y, para la claridad del debate, es una pena.

Considerado como “el mejor orador de la política francesa”, el dirigente insumiso hizo una campaña inteligente, intensa, brillante e inventiva. Con innovaciones tecnológicas mundiales como la de los hologramas que le permitieron estar “presente” en seis ciudades a la vez… Y desarrolló un programa preciso y claro (2) sobre todos los temas que interesan hoy a una sociedad muy golpeada por el desempleo, la marginación social y la violencia de los atentados yihadistas. Ha sabido recoger y expresar la indignación de muchos franceses hartos de la politiquería y que, como en algunos países de América Latina, claman: “¡Que se vayan todos!”.

El peso de los electores “insumisos” será decisivo en la segunda ronda. Y es también muy probable que esa poderosa fuerza electoral permita a Jean-Luc Mélenchon obtener un importante resultado en la “tercera vuelta”, o sea las elecciones legislativas previstas para el 11 y 18 del próximo mes de junio. Como cuarta fuerza política del país, France Insoumise podría constituir un grupo parlamentario bisagra cuyo rol en la nueva Asamblea pudiera ser determinante.

Última consideración, acerca de Emmanuel Macron (39 años), vencedor del 23 de abril y probable nuevo Presidente de Francia. Con escasa experiencia –fue asesor del presidente Hollande y efímero ministro de Economía–, tuvo la intuición de que el sistema político tradicional estaba carcomido y amenazaba ruina. Salió del Gobierno, abandonó a Hollande y lanzó, ante la incredulidad general, su movimiento En Marche! (que tiene sus propias iniciales…) cuando parecía que no existía espacio para una nueva fuerza política.

En realidad, el éxito de Macron se debe más a las circunstancias que a sus propios méritos. Porque una serie de acontecimientos imprevistos fueron eliminando a sus principales rivales potenciales. En el seno del Partido Socialista, su competidor más peligroso, Manuel Valls, fue descartado en las primarias. Y el candidato designado, Benoît Hamon, considerado como demasiado a la izquierda y como “traidor” de Hollande, no podía seducir al conjunto de los socialistas y, por consiguiente, no era un contrincante nocivo para Macron.

Luego, en la formación de derechas Los Republicanos, el candidato que más sombra podía hacerle, Alain Juppé, perdió. Y el vencedor, François Fillon, fue destruido por los escándalos de corrupción. A todo eso vino a añadirse el descarte del presidente François Hollande cuando anunció que no se presentaría a las elecciones.

¿Qué adversarios le quedaban a Macron? Esencialmente dos: Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon. Ni el poder financiero, ni el poder empresarial, ni el poder mediático podían aceptar, por distintas razones, a ninguno de estos dos candidatos. Por eso, a partir del pasado mes de febrero, todo el formidable peso de los poderes fácticos se puso al servicio de Emmanuel Macron. En particular, los medios de comunicación dominantes –que en Francia están en manos de un puñado de oligarcas multimillonarios– se lanzaron en una frenética campaña en favor del líder de En Marche! Aportándole además un soporte financiero considerable. De tal modo que Macron, orador bastante mediocre y con un programa aún más confuso, fue imponiéndose en las encuestas como el probable vencedor.

Si su victoria, como acabamos de analizar, se debe en parte a las circunstancias y a la eliminación coyuntural de sus rivales, por otra parte también es el resultado de lo que Macron significa. En un sistema que se derrumba y en el que los partidos tradicionales son barridos (3), el líder de En Marche! se declara sin ambages “europeísta”, neoliberal y librecambista. Defiende decididamente la “uberización” de la economía y apuesta por el social-liberalismo. Su proyecto, en vías de realización, responde al viejo sueño de la elites burguesas en tiempos de crisis: constituir una formación política que podríamos llamar de Gran Centro, integrando a la izquierda de la derecha, al centro y a la derecha de la izquierda. En pocas palabras, como diría el conde de Lampedusa: cambiarlo todo para que nada cambie.

Basta con ver la eufórica embriaguez de todos los fanáticos del social-liberalismo (4) y la espectacular subida de las Bolsas para entender con claridad lo que significa, políticamente, la victoria de Macron: una revancha de los poderosos del sistema. Pero una restauración solo es un respiro en medio de una crisis. Y seguro que la gente aún no ha dicho su última palabra.

(1) Los resultados oficiales son los siguientes: Emmanuel Macron, un 24,1%; Marine Le Pen, un 21,3%; François Fillon, un 20,01%; Jean-Luc Mélenchon, un 19,58%; Benoît Hamon, un 6,36%.

(2) Léase: http://es.rfi.fr/francia/20170420-jean-luc-melenchon-el-outsider-con-la-corbata-roja

(3) El 23 de abril, la mitad del electorado votó a favor de dirigentes “antisistema” que piden la salida de Francia de la Unión Europea o, por lo menos, la renegociación de los tratados europeos.

(4) En España, por ejemplo, el diario El País publicó, al día siguiente de la victoria de Macron en la primera vuelta, un editorial titulado: “La esperanza Macron” (24 de abril 2017).

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No es país para niños pobres

José Carlos García Fajardo, profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid  y Director del Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS), publica en la web de CCS esta reflexión sobre los efectos de la crisis en la pobreza infantil y los pocos pasos que se están dando en la actualidad para superar esa pobreza.

Uno de cada tres niños en España está en riesgo de pobreza o exclusión social.  La infancia de nuestro país es el grupo que más está sufriendo las consecuencias de la crisis económica y de los recortes en las ayudas sociales.  La educación es la herramienta más poderosa para romper el ciclo de transmisión de la pobreza de padres a hijos.

Lo escribimos con sonrojo, llevamos más de 20 años desarrollando programas de apoyo a la infancia, con una atención integral a los niños, niñas y sus familias, para que la situación económica o de exclusión social en la que viven no les impida disfrutar plenamente de sus derechos y puedan alcanzar el máximo de sus capacidades. Queremos que nada impida a los niños ser todo lo que quieren ser.

Desheredados: las niñas y niños españoles han sufrido la crisis de manera injusta y terrible. Pero los menores de 18 años no votan. En nuestro país, tan cristiano y desarrollado, la pobreza afecta a un 16,7% de los menores de 18 años. Nos coloca junto a Bulgaria, Rumania o Grecia y muy alejados de los países europeos con mayor conciencia y eficacia social.

Como señala con dolor V. Lapuente, es el resultado de una desidia colectiva. La inversión que hacemos en la infancia no se corresponde con nuestro nivel de desarrollo económico. No son una prioridad política. El ADN de nuestro Estado de bienestar es la protección de los trabajadores, no de los ciudadanos sin tener en cuenta su situación laboral. Cerca de 1.600.000 niñas y niños que viven por debajo del umbral de la pobreza no reciben prestación por hijo a cargo. La pobreza afecta al desarrollo de las capacidades de los niños, a su bienestar físico y emocional. Y explica que nuestra tasa de abandono escolar sea una de las más altas de la UE.

Las personas más ricas aquí ganan siete veces más que las más pobres, cuando la media europea es de 5,2 veces. La desigualdad afecta con crudeza a los menores de edad que se han empobrecido cinco veces más durante la crisis que los más ricos. Entre 2008 y 2015 el número de niños en situación de pobreza severa aumentó en 424.000. Ni las políticas públicas de protección social ni el sistema fiscal están diseñadas para reducir la desigualdad y acabar con la pobreza. Cuando una de las funciones del sistema tributario debería ser redistribuir la riqueza. Las políticas públicas no están diseñadas desde la equidad; la sanidad, la protección social, el empleo y la educación.

España es el país donde más ha aumentado durante la crisis el número de niños que viven en hogares donde nadie trabaja, hasta llegar a los 800.000 menores.

Si la economía no genera empleo o no es de calidad, los hogares solo pueden salir de la pobreza a través de la protección social, pero en el caso de España la inversión es muy escasa y no se distribuye de forma equitativa. Apenas el 33,6% de los niños pobres tienen acceso a la única prestación dirigida a mejorar su situación.

Este Estado, casi fallido en tantos aspectos, invierte un 1,3% del PIB, el diseño no se centra en los menores, la poca cobertura de las prestaciones (1.600.000 niños y niñas que viven por debajo del umbral de la pobreza no acceden a la prestación por hijo a cargo) y la poca inversión que se realiza por niño.

Las familias más pobres destinan la mayoría de sus recursos a los gastos de la vivienda, pero la renta de los hogares más desfavorecidos ha caído a un ritmo mucho mayor que los alquileres o las hipotecas y gastos como la luz o el gas.

Titularse en educación secundaria y seguir estudiando son condiciones imprescindibles para la futura integración laboral y social de los adolescentes. Pero, acabar los estudios o dejarlos tiene que mucho que ver con el nivel de renta y formación de las familias. Las familias con más recursos dedican a la educación entre 7 y 8 veces más de  dichos recursos que los del 33% más pobre, y esto influye en un los resultados académicos. Los menores más pobres tienen peores condiciones y hábitos de vida y un acceso limitado a servicios sanitarios que no cubre del todo el Estado, como el oculista, el dentista o el logopeda. Las políticas públicas deben orientarse a dar soluciones en empleo, vivienda, educación, salud y protección social. Es urgente priorizar el sistema de protección.

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Televisión espectáculo y democracia: peligro inminente

El profesor Juan Torres López publica, en su blog “Ganas de escribir“, un interesante análisis sobre la influencia de la televisión en la realidad social de las personas y en la vivencia democrática de las sociedades. Un poco largo, pero merece la pena su lectura

Justo en este año 2017 se cumplen cincuenta de la publicación de La societé du spectacle (en español, La sociedad del espectáculo. Pre-Textos, 2005). Se trata de un libro del filósofo francés Guy Debord en el que venía a decir que todo en nuestras sociedades capitalistas se ha convertido en representación, en un espectáculo que no es sino la imagen invertida de la sociedad real en la que vivimos.

Decía Debord que el espectáculo que nos rodea y nos inunda es la consecuencia del cambio definitorio de nuestra civilización capitalista, el que convierte las relaciones de cercanía entre la gente en relaciones entre mercancías cuando el universo del mercado absorbe y coloniza a toda la sociedad.

Ese espectáculo, decía, no es solo una colección de representaciones o imágenes que nos ofrecen para nuestra diversión sino una relación social de la que formamos parte a través de una pertenencia enajenada que nos lleva a vivir en un estado de falsedad sin réplica y sin futuro posible, en un constante presente.

Pero esa espectacularización de la vida no es ni mucho menos inocua. El espectáculo que se nos presenta como la forma amable, ligera, la más familiar y sencilla de contemplar nuestro alrededor, es en realidad la estrategia de dominio más sofisticada que se haya podido inventar porque se convierte en “el amo absoluto de los recuerdos y el dueño incontrolado de los proyectos… el espectáculo puede dejar de hablar de algo durante tres días y es como si ese algo no existiese. Habla de cualquier otra cosa y es esa otra la que existe a partir de entonces” (G. Debord, Comentarios sobre la sociedad del espectáculo).

La televisión es el medio privilegiado no solo para hacer visible esa representación distorsionada sino para construirla. De inmediato, el espectáculo televisivo nos atrapa y nos involucra sin remedio en la representación para hacernos, justo en ese mismo instante, sujetos pasivos, con capacidad de vivir, como he dicho, solo en el presente y, por tanto, sin necesidad de réplica orientada a diseñar cualquier otro tipo de hoy día o de futuro.

Allí, en la televisión-espectáculo, se expresan y se resuelven en la banalidad todos los relatos que tejen la vida social y así nacen, como también decía Debord, una política-espectáculo, una justicia-espectáculo, una medicina-espectáculo… y, añado yo, incluso una economía-espectáculo. Las vemos (involucrados, incluso sin querer, en ellas) cada día y a cada instante.

La televisión convertida en la fábrica del espectáculo se ha convertido en el entramado que organiza con brillantez y eficacia la ignorancia sobre todo lo que nos sucede y el olvido de lo que, a pesar de todo, haya podido llegar a conocerse. Y gracias a ello -sigo utilizando las palabras de Guy Debord- se ha podido acabar “con aquella inquietante concepción, que dominó durante doscientos años, según la cual una sociedad podía ser criticable y transformable, reformada o revolucionada”.

En España, como en tantas otras cosas, estamos viviendo todo esto igual que en otros países pero a nuestra manera, es decir aceleradamente y con exageración. El espectáculo y la banalización de todo lo que en la realidad es complejo ha capturado a todas las fórmulas del debate social.

Se ha convertido en espectáculo la búsqueda de pareja, la intimidad de los hogares y las familias, el amor o el desamor entre los matrimonios, la búsqueda de trabajo, el fracaso empresarial, la inocencia de los niños, la preparación de platos de cocina, el conocimiento o las operaciones de cirugía estética pero también la política y el debate sobre la economía y la forma de satisfacer nuestras necesidades más inmediatas.

No es cuestión baladí porque el espectáculo consiste en reducir cualquiera de esos trozos de nuestro alrededor y la realidad en la que estamos como un todo a fuegos de artificio, en expresarla del modo más simple o soez -si hace falta-, en gritarse unos a otros llamando constantemente la atención para que todas las miradas converjan, ajenas al exterior y a la contingencia de nuestra época, en el momento presente y en la mera anécdota.

Cuando el debate político o el económico se convierten en espectáculo televisivo también se aprovecha la representación para invertir los componentes de la realidad (intereses, ideologías, poder, clases…) y así poder deformarla. Se acaba con la historia y con el saber contrastado sobre el presente haciéndolos innecesarios para descubrir la verdad, porque desvelar las evidencias es el papel que ahora corresponde en exclusiva a los expertos. Y el diálogo, el contraste y la deliberación que son los elementos imprescindibles para generar conocimiento real se sustituyen por fanfarrias y voceríos, por los insultos propios de quien se limita a exponer lo poco o mucho que sepa como quien asalta una trinchera enemiga.

De espaldas, sin debate auténtico, sin necesidad de oírse uno a otro ni de utilizar como punto de apoyo algo del pensamiento ajeno, ya no puede existir lo verdadero -lo dice también Debord- sino, a lo sumo, verdades que no lo son porque lo son solamente de cada uno, meras hipótesis que nacen para no llegar a ser alguna vez demostradas. Así es natural que los contrastes solo puedan dirimirse entre insultos y agresiones, sin dejar hablar al oponente y que no importe que la mentira se use como sujeto, verbo y predicado. Que sea una constante sobre la que nadie pide explicaciones ni que su uso conlleve responsabilidad, solo el alimento que oxigena su propio alarido.

El morbo, el escándalo, la lágrima, la agresión, el insulto de los que se nutre el espectáculo se perciben como expresiones ingenuas, efusiones de espontaneidad y libre albedrío, un resultado de la naturalidad con la que los actores dejan correr sus sentimientos y emociones en complicidad no expresa con la parte del público que se identifica con cada uno de ellos. Pero, en realidad, el espectáculo está perfecta y milimétricamente diseñado y programado, como cualquier buena representación, para que todos esos elementos produzcan en los espectadores justo el efecto emocional (político) que se desea producir. Para ello y por esa razón, los actores que intervienen en el espectáculo televisivo, en la política-espectáculo o en la economía-espectáculo, no lo hacen por lo que son, ni los expertos por lo mucho o poco que saben, sino por el papel que representan. Y son seleccionados para que en conjunto se conforme el mosaico de emociones e impactos que se corresponda perfectamente con el efecto final que se busca provocar.

En la televisión-espectáculo nada se deja al azar aunque lo que se busca se esconda, como se esconden los trucos en los juegos de manos. El presentador o conductor (nunca mejor utilizada esta expresión de connotaciones mussolinianas) recibe constantemente las órdenes a través del “pinganillo” para que el programa discurra justo y exactamente por donde los propietarios del mundo que son sus dueños han determinado previamente que debe discurrir, y su desarrollo se modifica, se reorienta, se acelera, se pausa o sencillamente se corta en el momento necesario para que el efecto producido sea el buscado y nunca otro diferente. El “debate” en la televisión-espectáculo no se coordina u organiza -aunque lo parezca- como la escena donde hay un contraste que produce pensamiento libre sino que se conduce, se gobierna, según se ha decidido previamente para que genere el no-saber que se quiere producir y difundir. Es un acabado producto de diseño para acabar con el diálogo social que genera conocimiento auténtico como base de una auténtica democracia.

Dice con toda la razón Amartya Sen que la democracia es un sistema exigente, y no sólo una condición mecánica (como el gobierno por la mayoría) tomada aisladamente: “tiene complejas exigencias, que ciertamente incluyen la votación y el respeto por los resultados electorales. Pero también requiere la protección de libertades, el respeto por los derechos legalmente conferidos, la garantía de discusión libre, la distribución de noticias y comentarios sin censura alguna. Hasta las elecciones pueden ser tremendamente defectivas si ocurren sin que los diferentes participantes tengan una adecuada oportunidad de presentar sus posturas, o sin que el electorado goce de la libertad de obtener noticias y considerar los puntos de vista de los protagonistas principales.” (La democracia como valor universal).

La televisión-espectáculo que banaliza los problemas sociales y degrada su análisis hurta a la sociedad justamente lo que resulta imprescindible para que la democracia llegue a serlo realmente: la posibilidad de contemplar todos los componentes de la realidad para deliberar sobre ellos con todos los puntos de vista por delante. Es el instrumento más útil que puede haber para acabar con la democracia sin que nos vayamos dando cuenta de ello.

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PROTECCIONISMO VS GLOBALIZACIÓN

Este artículo de Manfred Nolte, publicado en el blog Gastar la vidahace una serie de planteamientos que pudieran ser polémicos; pero que conviene revisarlos a la luz de los nuevos acontecimientos mundiales. Interesante para saber por donde “andamos”.

La globalización, que no es sino un neologismo de lo que los clásicos de la economía quisieron instruir acerca del libre comercio y la libre circulación de factores, y que hoy se traduce en una creciente integración de los países del planeta añadiendo a la de bienes y capitales, la libertad de la información, se somete en estos momentos a la ley del péndulo de la opinión pública mundial –y ha pasado a ser, en apenas unos meses, de heroína del progreso, del crecimiento y del bienestar mundial a villana a la que se atribuyen todos los males de la crisis, del estancamiento de las economías desarrolladas, de la creciente desigualdad económica y de la injusticia social.

En particular se ha incluido como soflama principal en el librillo de los movimientos populistas de todo índole hasta el punto de que constituye un raro patio de vecindad donde se congregan ideologías dispares que apenas tienen por lo demás nada en común. El descrédito de la globalización conviene a radicales de izquierdas y a extremistas de derechas, a nacionalistas explícitos o encubiertos, a xenófobos racistas intransigentes, a involucionistas de diversa filiación. Con ellos conviven otros agentes menos revanchistas y más moderados, aquellos que convienen que si bien la globalización ha sido en el pasado una fuente innegable de progreso y bienestar, ha sesgado su trayectoria beneficiosa, que en la actualidad es necesario enmendar o refundar. Sea como fuere nos ubicamos en el tránsito de la percepción de un fenómeno que de una indiscutible positividad ha pasado a ser una política cuestionada y para muchos, como se ha dicho,  fundamentalmente desacreditada.

El rechazo de la globalización conduce de forma natural a otra política, ampliamente utilizada en circunstancias históricas pretéritas como es el proteccionismo –un concepto decimonónico ya olvidado- y en su versión más tajante el aislacionismo. Si abrir nuestras puertas a terceros, bien sea en materia de tráfico de mercancías, de servicios, de capitales o de personas, se ha vuelto contra nuestros intereses, cerraremos dichas esclusas en la medida en la que nos convenga para restablecer el equilibrio quebrantado y restituir el bienestar de los nacionales de un país o del segmento particular de una sociedad que ha sido vulnerado. El último episodio de carácter global tuvo lugar en los años treinta del siglo pasado y fue protagonizado por el Presidente Hoover. Para combatir la gran crisis del 29 Hoover enrocó a Estados Unidos en una vorágine de aranceles y cupos que no solo ahondó la crisis nacional sino que condujo a la ruina a todos sus socios comerciales. La dinámica de la acción-reacción condujo a los socios comerciales de Estados Unidos a represaliarse con análogas medidas tarifarias y proteccionistas. Como consecuencia de todo ello la economía americana cayó un 25% en un plazo de cuatro años, y con ella la de las grandes potencias occidentales. La llegada al poder del demócrata F.D. Roosevelt  revirtió las consecuencias deflacionistas del proteccionismo y puso a Estados Unidos y a la economía mundial rumbo a una nueva era de crecimiento.

El delirio proteccionista ha rebrotado en nuestros días con virulencia de la mano del UKIP y una mayoría del pueblo británico. Pero sobre todo y con particular estruendo y una mímica desproporcionada de la mano del recién nombrado líder de los Estados Unidos, el Sr. Donald Trump. El particular boletín oficial del estado del mandatario americano que constituyen sus redes sociales no ha escatimado proclamas en demérito y demonización de la globalización. Por la fisuras de la globalización se habrían colado en Norteamérica todos sus acérrimos enemigos. Ante este descarado caballo de Troya –siempre según Trump- “tenemos que proteger nuestras fronteras de los estragos de otros países que fabrican nuestros productos, atracando nuestras compañías y destruyendo nuestros puestos de trabajo. La protección conducirá a una gran prosperidad y fortaleza, siguiendo dos simples reglas: compra ‘americano’ y contrata ‘americano’. Recuperaremos nuestras fronteras, recuperaremos nuestros trabajos, recuperaremos nuestros sueños. Vamos a reconstruir nuestro país con manos americanas, con mano de obra americana. La riqueza de nuestra clase media ha sido arrebatada de sus hogares y distribuida por todo el mundo. Eso es el pasado”.

El gran bofetón que el mandatario americano propina al librecambismo –supresión de acuerdos, deportaciones, vallas etc.- obliga a evidenciar aspectos del máximo interés para todos los ciudadanos del mundo, porque a todos afecta hoy en día lo que suceda en la primera potencia económica y militar del planeta.

El primero, que todos los segmentos de la población mundial han ganado con la globalización. Branko Milanovic y su ya estelar ‘curva del elefante’  han hecho inventario de los últimos treinta años: la media global del PIB per cápita del periodo creció un 25%. El veinte por ciento de los más pobres un 40%. El cinco por ciento de los más ricos un 60%. El 60% de la población de los países emergentes un 70%. Y el intervalo entre el 75 y el 90% de los más favorecidos, las clases medias occidentales, apenas un 5%.

El segundo consiste en el recordatorio de que la globalización ha sido muy beneficiosa también para los países pobres y en desarrollo. Fijémonos que es Estados Unidos y no México quien repudia la globalización. Los cientos o miles de empleos que la industria automovilística americana ha prometido crear a punta de pistola del Sr. Trump serán otros tantos cientos o miles que dejarán de crearse en México o en otros centros de coste más bajo y más competitivo para la exportación. Añádase a este argumento el efecto de las deportaciones en términos de provisión de puestos de trabajo. A los doce millones de mexicanos que residen en Estados Unidos hay que sumar una comunidad de origen mexicano de algo más de 30 millones.

El tercero, que las desigualdades registradas dentro de los países no tienen su causa directamente en la globalización sino en la falta de competencia de los gobiernos de turno para formar mano de obra capacitada (ganadores) en detrimento de la mano de obra no capacitada (perdedores de la globalización).

El cuarto, que a pesar de que la clase media americana ha ganado muy poco con la globalización, su paro es virtualmente inexistente y su nivel de vida es de los más altos del mundo, un 50 por ciento superior al de Europa o Japón. Por otra parte la tecnología americana domina el planeta, su industria financiera es puntera y sus universidades lideran el ranking mundial de notoriedad.

Finalmente, recordar que la retórica de ‘America first’ (primero, América) tiene el tufillo de una declaración de guerra económica. Pero el proteccionismo unilateral no contemplará un escenario de terceros países con los brazos cruzados. El mundo de hoy está íntimamente relacionado y la exposición exterior de la balanza de pagos de Estados Unidos es muy significativa. A la guerra de contingentes puede unirse otra de divisas. Como ha señalado la Canciller Merkel nadie puede ganar la batalla del proteccionismo. Tampoco Estados Unidos.

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