CRISTIANISMO Y OPCIÓN POR LOS POBRES

La realidad de la pobreza en nuestro mundo significa una clara ruptura del plan de Dios. Son millones de personas en el mundo las que “siguen gimiendo bajo dolores de parto” en este siglo XXI. Durante estos últimos meses muchos han sido los lamentos que hemos escuchados y sentido en lo profundo de nuestro corazón. Quejidos y clamores que muestran la profunda herida abierta del mundo en estos momentos de densa y penetrante crisis.

En estos momentos de crisis global se intensifica la injusta, desproporcionada y contradictoria omnipresencia de la “pobreza y la exclusión social” en nuestro mundo. Cuando la mayoría de las personas de este mundo sufren la pobreza, en sus diversas e intensas manifestaciones, cuando muchas zonas de nuestro planeta están excluidas, orilladas u olvidadas no podemos mirar hacia otro lado. Esta es la realidad de la exclusión social que en la actualidad presenta un panorama en el que “una proporción importante de la población mundial está pasando de una situación estructural de explotación a una posición estructural de irrelevancia”. Estas circunstancias muestran con claridad meridiana que la crisis no afecta sólo a imperfecciones de la economía sino que irrumpe como crisis “de lo humano”. Crisis de valores, crisis antropológica, crisis política. Crisis que nos impulsa a preguntarnos, desde nuestro ser creyente, por nuestro modelo de sociedad y de persona. No hay espacios inmunes a la crisis, no existen escenarios sociales y personales que estén exentos de padecer y sufrir las consecuencias de la crisis.

En este contexto de profunda e inmensa necesidad en la Iglesia, “bien sabemos la fonte que todo mana y corre” (S Juan de la Cruz) que es Cristo, “camino, verdad y vida”. Bellamente lo expresa Benedicto XVI en su primera encíclica: “La experiencia de la inmensa necesidad puede, por un lado, inclinarnos hacia la ideología que pretende realizar ahora lo que, según parece, no consigue el gobierno de Dios sobre el mundo: la solución universal de todos los problemas. Por otro, puede convertirse en una tentación a la inercia ante la impresión de que, en cualquier caso, no se puede hacer nada. En esta situación, el contacto vivo con Cristo es la ayuda decisiva para continuar en el camino recto: ni caer en una soberbia que desprecia al hombre y en realidad nada construye, sino que más bien destruye, ni ceder a la resignación, la cual impediría dejarse guiar por el amor y así servir al hombre. (Deus caritas est (DCE) 36).

Me gustaría afirmar, desde el texto anterior, que la primera aportación desde nuestra convicción creyente es que los cristianos seamos personas de una profunda espiritualidad. El contacto vivo y vivificante con Cristo es el “principio y fundamento” de toda nuestra acción y reflexión. Para que no caigamos bajo las garras de las ideologías, para no convertir en absolutas las mediaciones sociales, para que no desfallezcamos en el mercado de las idolatrías es esencial “mover los afectos para en todo amar y servir a Dios nuestro Señor” (S. Ignacio de Loyola) y no a otros señores.

Desde esta profunda espiritualidad las heridas de la pobreza y la desigualdad nos impulsan, a los cristianos, a un compromiso más decidido y valiente. En estos momentos creo que es esencial poner de relieve los principios de la Doctrina Social de la Iglesia y en concreto quiero referirme al principio del destino universal de los bienes. Juan Pablo II en la Laborem Exercens afirmaba “Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa bajo la égida de la justicia y con la compañía de la caridad. Todo hombre debe tener la posibilidad de gozar del bienestar necesario para su pleno desarrollo: el principio del uso común de los bieneses el primer principio de todo el ordenamiento ético-social“(Juan Pablo II, LE 19).

Ser un primer principio ético social implica que todos los cristianos “velemos con particular solicitud por los pobres, por aquellos que se encuentran en situaciones de marginación y, en cualquier caso, por las personas cuyas condiciones de vida les impiden un crecimiento adecuado. A este propósito se debe reafirmar, con toda su fuerza, la opción preferencial por los pobres (Compendio de DSI nº 182). Esta opción preferencial por los pobres posee una fuerte raigambre en la tradición y el magisterio de la Iglesia. Nos lo recordaba Juan Pablo II en la Solicitudo Rei Socialis: “quiero señalar aquí la opción o amor preferencial por los pobres. Esta es una opción o una forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia. Se refiere a la vida de cada cristiano, en cuanto imitador de la vida de Cristo, pero se aplica igualmente a nuestras responsabilidades sociales y, consiguientemente, a nuestro modo de vivir y a las decisiones que se deben tomar coherentemente sobre la propiedad y el uso de los bienes.” (SRS nº 42).

El destino universal de los bienes y la opción preferencial por los pobres nos implica personal y socialmente. Las decisiones personales, de estilo de vida, de compartir fraterno deben estar iluminadas por la ausencia de bienes de gran parte de la humanidad. Nuestra vida personal no puede estar ajena a un mundo que muere de injusticia, hambre y opresión. Pero, también las relaciones sociales e institucionales deben estar regidas por esta opción que es “de cada cristiano como imitador de la vida de Cristo”. No existen cortafuegos para esta llamada universal de Cristo a todos los cristianos. Todos estamos implicados y complicados en la lucha por un mundo más justo y humano. Cada uno según su vocación y carisma pero todos sin excepción estamos llamados y convocados a ser “pan partido para la vida del mundo” (Exhortación Apostólica Postsinodal Sacramentum Caritatis nº 88, Benedicto XVI).

Las palabras de Mateo nos resuenan en estos momentos con especial intensidad: “Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era inmigrante y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, estaba enfermo y me visitasteis, estaba encarcelado y vinisteis a verme. Los justos le responderán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, sediento y te dimos de beber, inmigrante y te recibimos, desnudo y te vestimos?” (Mt 25, 35-38).

Este compromiso ineludible con los más pobres es personal, pero también social y por ello debe captarse la solidaridad como principio ordenador de las instituciones. Porque un llamamiento urgente, bien puesto de manifiesto con la crisis, es la conversión de las “estructuras de pecado” en “estructuras de solidaridad” (SRS). La opción por los pobres reclama una presencia constante y permanente de los cristianos para generar estructuras de solidaridad desde las leyes, las relaciones económicas, las relaciones sociales…

Esta presencia constante no es un mero “hacer cosas”. Desde la Iglesia, y desde las diversas confesiones, debemos convertirnos en desveladores y autores de relatos de sentido que hagan la vida merecedora de ser “vivida”. No basta sólo con hacer algo, ni siquiera con hacer muchísimas cosas aunque sean loables y heroicas. No es suficiente con convertirnos en paladines de la denuncia y la reflexión alternativa. Necesitamos una perspectiva más amplia. Lo que está en juego es el ser humano, o mejor dicho, la humanidad del ser humano. Lo que está en juego es la forma de decir “nosotros somos” o “nosotros seremos” y eso no es posible sin relatos de sentido que carguen de contenido la entraña de lo humano. Habermas apelaba a la “reserva de sentido” que tienen las religiones y que en la lucha contra la pobreza es esencial. La Buena Noticia de Dios no son sólo derechos y deberes, no son sólo bienes y servicios, sino propuesta de sentido y esperanza.

Esta llamada urgente a la solidaridad y al sentido último de la vida, hoy más que nunca, debe replicar en nuestros corazones para mover a la acción. Hoy más que nunca debe estremecer en nuestras vidas el comienzo de la Gaudium et Spes: “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (GS, 1).

Este artículo ha sido escrito por Sebastián Mora, Secretario General de Cáritas Española y publicado en la web de Justicia y Paz

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