Injusticia alimentaria

Un nuevo artículo de Carlos Ayala Ramírez, Director de Radio Ysuca, que ha sido publicado en Adital

La Confederación Internacional de desarrollo y lucha contra la hambruna –Oxfam- , dio a conocer su más reciente Informe sobre la realidad alimentaria del mundo titulado “Cultivar un futuro mejor”. Podemos resumir el contenido del reporte en tres afirmaciones globales que luego explicaremos: primera, el sistema alimentario mundial está descompuesto; segunda, por encima de todo, es el poder el que decide quién come y quién no; y tercera, la actual crisis ofrece una oportunidad para construir una nueva prosperidad. Veamos cómo se explica en el documento cada una de estas aseveraciones.

Que el sistema alimentario esté descompuesto y fallido significa que el hambre es crónica y persistente; que los precios de los alimentos tienden a subir en espiral (para el 2030 pueden subir entre el 70% y el 90%); que los mercados son manipulados en contra de muchos y a favor de unos pocos; el cambio climático nos empuja hacia una segunda crisis de precios; la demanda va en aumento sobre una base de recursos agotados (la proporción de tierra dedicada a la producción de alimentos ha alcanzado su punto máximo). A esto se debe agregar el aumento de conflictos por el agua, y el incremento de poblaciones vulnerables a la sequía y a las inundaciones. El impacto de todo esto en la población mundial es grave: a inicios de 2011 había 925 millones de personas hambrientas – entre ellas, al menos 53 millones pertenecen a América Latina y el Caribe – ; cuando el año termine, el clima extremo y el alza en el precio de los alimentos puede llevarnos de nuevo a la cifra de mil millones, una cantidad que se alcanzó en 2008.

Surge una pregunta razonable y humana –aunque el sistema alimentario vigente no entiende de razones ni de humanidad-: ¿por qué en un mundo que produce alimentos más que suficientes para todos, hay tanta gente (uno de cada siete) que pasa hambre? La respuesta a dicha pregunta nos sitúa en el ámbito de las causas. Para algunos se debe a la insuficiente inversión tecnológica, como la biotecnología, al crecimiento desbocado de la población, o la obsesión romántica con la agricultura tradicional. Sin embargo, la verdad más profunda, según el documento, se encuentra en el poder de quienes han construido un sistema alimentario por y a favor de una minoría, cuyo principal propósito es producir beneficios; en los insaciables grupos de presión agrícolas de los países ricos, enganchados a dádivas que inclinan los términos comerciales contra los agricultores del mundo empobrecido; élites egoístas que amasan recursos a costa de las poblaciones rurales pobres; inversores que toman los mercados de materias primas por un casino, para quienes los alimentos son simplemente un activo financiero – como las acciones, los bonos o los títulos hipotecarios -; enormes empresas del sector agrícola ocultas al público, que funcionan como oligopolios globales, imponiendo las reglas en los mercados, sin dar cuentas a nadie. En pocas palabras, es este poder el que decide quién come y quién no.

Pero, para el Informe, esta injusticia alimentaria no tiene porqué ser la última palabra; puede y debe revertirse en otra dirección, que de lugar a la cooperación en lugar de la competencia, donde el bienestar de las mayorías se anteponga a los intereses de unos pocos, es decir, establecer un rumbo hacia una nueva prosperidad. Para ello, según el documento de Oxfam, se necesitan tres grandes cambios: en primer lugar, se debe construir una nueva manera de gobernar mundial, donde la prioridad máxima deberá ser abordar el hambre y reducir la vulnerabilidad, creando empleo e invirtiendo en la adaptación al clima, la reducción del riesgo de desastres y la protección social; en segundo lugar, se debe forjar un nuevo futuro agrícola, priorizando las necesidades de los productores de alimentos a pequeña escala en los países empobrecidos (los gobiernos y empresas deben adoptar políticas y prácticas que garanticen el acceso de los agricultores a los recursos naturales, la tecnología y los mercados); y en tercer lugar, se debe establecer un nuevo futuro ecológico, movilizando la inversión y cambiando el comportamiento de empresas y consumidores, a la vez que se da forma a los acuerdos globales que permitan distribuir los escasos recursos de forma equitativa.

Para los miembros de Oxfam, la lucha por contrarrestar la injusticia alimentaria ya está en marcha: están surgiendo en todo el mundo redes y movimientos por una nueva prosperidad; productores pobres reclaman una parte justa de los presupuestos nacionales y de las cadenas de valor; ONG de desarrollo trabajan en agricultura sostenible; grupos de mujeres reivindican sus derechos sobre los recursos; organizaciones sociales exigen que se respete el derecho a la alimentación.

En suma, el Informe nos ha recordado el clamor de las 925 millones de personas hambrientas que hay ahora mismo en el mundo; esos hombres y mujeres, niños y ancianos, jóvenes y adultos, exigen una respuesta técnica y ética del Estado, el mercado y la sociedad civil. Y eso implica, al menos, encargarse de tres retos: la producción sostenible, la equidad en el acceso a los alimentos básicos, y la capacidad y voluntad para superar los intereses creados que están en la raíz del actual sistema alimentario, productor de muerte por hambre.

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