Nadie le dijo que era imposible

Esta sugerente reflexión  fue publicada, el pasado día 23 de diciembre, por Miguel Ángel Santos Guerra  en su blog El Adarve. En ella  el autor nos habla de lo posible y lo imposible, circunstancias que muchas veces lastran nuestras vidas, nuestro proyectos. Me gusta, especialmente, la frase final.

Hay muchas cosas que no intentamos hacer en la vida porque nos han dicho que no seremos capaces de hacerlas o, sencillamente, que no se pueden hacer. Nos lo hemos creído. Y no las hemos hecho. Es más, ni hemos el menor intento de hacerlas.

No había nadie a su alrededor para decirle que era imposible.

Cuando se piensa que un objetivo es inalcanzable, se acaba por no hacer nada por conseguirlo. ¿Dónde se sitúa la barrera entre lo posible y lo imposible? Y, sobre todo, ¿quién la coloca en ese punto exacto donde la tenemos? La coloca cada persona, en último término. Pero instada por agentes externos. Agentes que tienen, en ocasiones, la fuerza del mandato. La advertencia “tú nunca serás capaz” se convierte, a veces, en una orden.

¿Con qué criterios se elaboran estos mandatos? Con criterios subjetivos, por no decir arbitrarios. Hay padres que determinan el futuro de los hijos haciendo pronósticos que luego, fatalmente, se suelen cumplir. Si tienen varios hijos, generan expectativas diferentes sobre cada uno de ellos. El género ha sido determinante durante siglos. Este va a llegar hasta aquí, el otro va a llegar mucho más lejos. Ella no va a llegar a ningún sitio. Y esas expectativas suelen cumplirse, salvo rechazo o rebelión de la persona que recibe la profecía.

He leído no hace mucho esta pequeña historia que podría encontrarse, con las variantes lógicas de cada individuo, y contexto, en la cotidianidad de muchas personas.

Había una vez dos niños que patinaban sobre una laguna helada. Era una tarde nublada y fría, pero los niños jugaban sin preocupación. De pronto el hielo se reventó y uno de los niños cayó al agua quedando atrapado. El otro niño, viendo que su amigo se ahogaba bajo el hielo, tomó una piedra y empezó a golpear con todas sus fuerzas hasta que logró romper la helada capa, agarró a su amigo y lo salvó.

Cuando llegaron los bomberos y vieron lo que había sucedido, se preguntaban cómo lo hizo, pues el hielo era muy grueso.

– Es imposible que lo haya podido romper con esa piedra y sus manos tan pequeñas, afirmaron.

En ese instante apareció un anciano y dijo:

– Yo sé cómo lo hizo.

– ¿Cómo?, preguntó alguien.

– No había nadie a su alrededor para decirle que era imposible.

¿Cuántas que se detuvieron en un punto del camino porque alguien les dijo que estaba cortado, que era demasiado largo o que era impracticable? O peor aún, ¿porque alguien les anunció que su organismo o su voluntad no iban a tener la fuerza necesaria para recorrerlo?

Lo he visto muchas veces y ha sido la propia realidad, mediante la consecución de un logro, la que nos ha hecho reconocer el error inicial. Hay, por ejemplo, quien piensa que no será capaz de aprender a conducir. Algunos ni lo intentan. Y se quedan sin conseguirlo. Hay quien piensa que nunca será capaz de aprender un idioma o de superar la timidez, o de enamorarse de alguien… Lo grave son los efectos inhibitorios de esta actitud.

Lo más pernicioso, a mi juicio, es que esa admonición fatalista provenga de la familia o de la escuela. Porque esas han de ser instancias de desarrollo y no de frustración, de estímulo y no de freno.

No sé cómo podemos hacer vaticinios demoledores, con las veces que nos hemos equivocado y nos hemos dado de bruces contra experiencias que han convertido en ridícula la negación del progreso de algunos niños y niñas.

Cuando un maestro le dice a un chico “tú no vales”, le está rompiendo el futuro. Cada persona reacciona de forma diferente ante este tipo de profecías de autocumplimiento. Hay quien se las cree a pie juntillas y hay quien se rebela ante ellas rechazándolas con fuerza y convirtiéndolas en un reto o un desafío.

Cuando un padre o una madre le dicen a un hijo “tú no sirves para nada”, están metiendo en su cabeza una maldición, están convirtiendo su vida en una historia fracasada.

La forma de reaccionar más sana es el rechazo y la rebelión ante la profecía inhibidora:

– ¿Cómo que no valgo?

Me parece sana la reacción alejada del victimismo y de la derrota. Una reacción que incluye una buena dosis de amor propio, de rabia y de fe en uno mismo. Si tantos otros lo han conseguido, ¿por qué no lo voy a conseguir yo?

He visto padres y madres admirables que han hecho posible que sus hijos, con alguna deficiencia innata, hayan alcanzado logros que eran impensables para otros. Con tesón, con fe, con amor, han ayudado a conseguir metas que negaban los especialistas y los mejores libros de teoría.

Acabo de conocer a una familia de cinco hijos, uno de los cuales padece desde el nacimiento un severo daño cerebral. Fue admirable para mí oír al padre hablar con emoción de sus expectativas sobre el progreso del niño. Y fue muy hermoso escucharle decir que ese niño sacaba de él lo mejor de sí mismo.

¿De cuántas personas se podría decir lo consiguieron porque nadie les dijo que era imposible? Se puede fracasar, claro que sí. Algunos, a la primera derrota, se dan por vencidos. Otros, cuando pierden, piensan que era solo una partida y que hay que volver a repartir cartas enseguida.

El aforismo latino “ad imposibile nemo tenetur” (nadie está obligado a hacer lo imposible”) debería sustituirse por este otro, más estimulante y motivador: “Si no se puede hacer, es que hay otra manera de conseguirlo”.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Cultura. Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a Nadie le dijo que era imposible

  1. chelo dijo:

    me gusta muchísimo ojala lo tenga siempre presente para no caer en ese grave error de no animar a avanzar a todas las personas de mi alrededor

  2. Un Montañero dijo:

    Completamente de acuerdo. Es como el chiste del vendedor de bocadillos que no había escuchado nada de la crisis…

  3. Pingback: Nadie le dijo que era imposible « Blog de las familias del IES Virgen de La Luz

  4. Vero dijo:

    Muy bueno, no nos damos cuenta de el daño que pueden hacer nuestros comentarios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s