TRANSFORMANDO EL PODER EN SERVICIO

En un momento como el actual donde solo se considera la realidad económica, creo que es muy interesante esta reflexión de Joaquín García, sobre la transformación del “poder en servicio”.

Escribo esta breve reflexión un par de días después de la última reunión del Consejo de Ministros en la que se acordó, como ya viene siendo tradición semanal, otro paquete de medidas, algunas de las cuales ahondan y extienden los recortes sociales y auguran un futuro cada vez más negro para una cantidad cada vez más amplia de conciudadanos: subida del IVA; reducción en la cuantía económica de la prestación por desempleo “para incentivar la búsqueda de éste”; disminución en un 30% de la Renta Básica de Emancipación; eliminación de la paga de navidad a los funcionarios con una promesa de hacerla efectiva en 2015 mediante planes de pensiones (cosa que se contradice con la normativa que al respecto han publicado en el BOE supeditando esta compensación al cumplimiento de la ley de Estabilidad Presupuestaria, es decir, a conseguir el déficit cero en las administraciones del Estado), así como la reducción de 6 a 3 días de libre disposición y desaparición de los “canosos” (días libres adicionales en función de la antigüedad) para este colectivo entre otras medidas.

A los anuncios del Gobierno se sumaban otros datos poco prometedores como el anuncio de la patronal anticipando que un 60% de las empresas españolas van a terminar el año 2012 en pérdidas; el empeoramiento en las previsiones de la caída del PIB (producto interior bruto) para este año con su correspondiente aumento de la tasa de desempleo; la negativa, de momento, de la Unión Europea a que la inyección del dinero de ayuda al sector financiero español se haga directamente a éste sin pasar por el Estado para no engrosar la deuda pública de éste; el FMI (Fondo Monetario Internacional) nos anuncia que la recesión se extenderá al 2013 y nos sitúa en el epicentro de la crisis mundial junto con Italia…

A este “parte de guerra” hay que añadir el hecho de que algunas de las instituciones básicas del Estado tampoco están para tirar cohetes: dimisión del presidente del Consejo General del Poder Judicial; el Tribunal Constitucional más que cuestionado por su politización; el Banco de España viendo cómo auditores externos tienen que hacer informes con sus propios datos sobre la situación financiera del país… Con todo este panorama el cabreo de la población va sumando enteros y empieza a resquebrajarse esa costumbre de irse al paro con la cabeza gacha y en silencio, la ciudadanía levanta cada vez más alta su voz porque no ve que este proceso de empobrecimiento progresivo tenga aspecto de llegar a su final, muy al contrario se percibe que a pesar de los recortes y las reformas esto no mejora, se percibe que estamos ante una gran estafa no sólo económica sino también política.

Los mineros, a pesar de que lo tienen francamente mal, nos acaban de dar una lección de que la resignación no es la única vía para situarse ante la crisis aún cuando los recortes te afecten de lleno. La paz social no se consigue levantado la alfombra y metiendo debajo las situaciones de precariedad, eso no es paz social, es empobrecimiento encubierto y si el gobierno piensa que esta situación se puede prolongar indefinidamente se equivoca y no lo digo como una amenaza o con un tono de arenga para lanzar a nadie a las barricadas. La situación es tan insostenible que hasta una institución tan poco sospechosa de animar contenidos revolucionarios como el Ejército, aunque todos sabemos cómo han sido sus “revoluciones” en otros tiempos, ha roto su silencio férreo respecto a la clase política y ayer la AUME (Asociación Unificada de Militares Españoles) lanzaba un comunicado afirmando en relación a los últimos recortes que: “Arremeter contra el funcionariado, contra los militares, de esta forma unilateral desde una clase política que día tras día nos ilumina con bajezas, desaires y falta de ideas para afrontar esta situación, no nos merece gran respeto –salvo el obligado por nuestra “función”-“.

El cabreo es monumental, se multiplican las convocatorias de paros sectoriales, concentraciones puntuales principalmente de grupos de empleados públicos e incluso se habla de una segunda huelga general. El número de aquellos que creían que esta crisis no iba a afectarlos directamente se va reduciendo, al tiempo que la exclusión se va ensanchando. El Gobierno dice “entender que los españoles estén enfadados” dando una de cal, y a continuación, su presidente, da la de arena diciendo a los suyos: “No tenemos de qué avergonzarnos”. Sin embargo, las hemerotecas, que algunos definen como los peores enemigos de los políticos mediocres, no dejan de echar humo recordando sus promesas en la última campaña electoral o las críticas de su partido a ZP después del 10 de mayo de 2010.

Ambos, ZP y Rajoy, salvando las distancias, que en algunas cosas son escasas, taparon y siguen tapando las vergüenzas de su gestión diciendo que toman las medidas forzados por la situación, por unos mercados que desconfían de nosotros negándonos el crédito y que si lo hacen es a costa de imponer toda una batería de condicionantes que ellos pasan como correa de transmisión a la ciudadanía. En ambos casos se desoyeron y se siguen desoyendo reivindicaciones tan justas como el empezar los recortes por quienes más tienen, por aquellas grandes fortunas y grandes empresas que protagonizan el 75% del fraude fiscal de este país que sobrepasa los 70.000 millones de € anuales, una cantidad superior a todos los recortes propuestos en este último Consejo de Ministros que alcanzan los 65.000 millones de € en dos años.

¿Por qué esta cerrazón de los gobiernos de los dos partidos mayoritarios para no abordar esas medidas que reivindica la ciudadanía con tanta fuerza? ¿Por qué esa sumisión tan profunda a las élites económicas aún a costa del empobrecimiento de los ciudadanos que los han “elegido”? ¿Para quién gobiernan, para los ciudadanos o para los mercados? ¿Por qué aceptar que el mercado ocupe el centro de la vida económica desplazando a las personas, sus necesidades y su dignidad?

Ingenuas preguntas pensaran algunos lectores ya resabidos y curtidos en bastantes luchas sociales pero no por ello preguntas que debamos dejar de lanzar una y otra vez a la ciudadanía y a nosotros mismos no vaya a ser que nuestro discurso vaya por una lado y nuestra vida real, la del día a día, vaya por otro, buscando una tabla de salvación en el sistema que denostamos con nuestra crítica pero sin arriesgar posiciones que puedan poner en peligro nuestro trabajo, nuestro poder adquisitivo o nuestra imagen de personas políticamente correctas.

¿Qué visión tenemos del poder?

Esta crisis está poniendo de manifiesto muchas cosas que no nos gustan pero de algún modo está siendo una amarga medicina para situarnos ante la cara menos amable del sistema que hemos construido. Creíamos estar en el bando de los “buenos”, de los “fuertes”, protegidos en una palabra por el sistema y nos hemos dado cuenta de que eso no es así. Creíamos que el pertenecer al club de los ricos nos dotaba de inmunidad, que pertenecer y estar presentes en los centros de decisión nos permitiría un grado de soberanía no alcanzable para otros países periféricos y nos hemos dado cuenta de que esa percepción de la realidad era totalmente errónea.

Nos han vendido humo, hemos comprado el producto y ahora se nos va entre las manos. Es desconcertante pero no nos podemos paralizar, hay que movilizarse y aprender sobre la marcha. ¿Y qué podemos aprender? En esta reflexión querría apuntar algunas cuestiones sobre el poder.

Lo primero es que todos tenemos nuestra parte de poder y que el poder como los conflictos está presente en nuestra realidad personal, social e institucional lo queramos o no. Los conflictos no se superan ignorándolos o tapándolos, si no aprendiendo a gestionarlos y con el poder ocurre lo mismo. No podemos seguir delegando nuestra parte de poder a fondo perdido, desertando de la responsabilidad personal que nos construye como personas, olvidando que en buena medida crecemos gracias a las decisiones que adoptamos. Desarrollar nuestras capacidades, nuestra vocación personal, ser protagonistas de nuestra propia vida ha de ser algo irrenunciable. Cada cual según sus posibilidades pero ni un milímetro menos, y si eso nos complica la vida bienvenidos al “mundo de los vivos”. Si ahogan todo esto en nosotros tendrán más fácil el hacernos creer que no podemos hacer nada.

Lo segundo es que las relaciones de poder no pueden regir la convivencia cuando el poder se asocia a dominación, a la capacidad de imponer la propia voluntad a los otros ya sea mediante la violencia o mediante la seducción que sesga y retuerce lo real. Quien ha decido no renunciar a su parte de poder ha decidido afirmar su libertad y para que ésta no se convierta en instrumento de dominación ha de vivirse entre iguales. Nuestro mayor poder reside en nuestra dignidad y la grandeza de la dignidad es que no es concedida por nadie por muy rico o poderoso que sea. Por tanto, la dignidad es la base de las relaciones sociales y el poder personal un instrumento para ser cogestionado al servicio del bien común, de forma que podemos hablar de un poder social.

Si ese poder social se debilita lo que nos queda es un proceso que tiende a absolutizar el poder personal y éste nunca debe ser un fin en sí mismo. El hecho de que se pida una democracia participativa y no representativa no es desde este punto de vista una moda de los indignados o demás grupos afines, es una necesidad para el desarrollo personal y social, al tiempo que un instrumento privilegiado para poder encauzar el poder. Una sociedad donde el poder social esté fragmentado, adormecido, es un campo de cultivo para los tiranos.

Lo tercero y último es que las instituciones y quienes las conforman tienen su legitimidad en la medida en que sirven al bien común. El poder de las instituciones, a diferencia de la dignidad de las personas, es siempre concedido y por eso debe ser siempre controlado, limitado y sometido a políticas de transparencia que no permitan que tomen dinámicas propias al margen de ese bien común para el que fueron concebidas.

¿Cómo no van a mandar los mercados en la economía si hemos permitido que se constituyan fondos de inversión que mueven unos 18 billones de €, fondos de pensiones que mueven 14 billones de € y las aseguradoras que hacen lo propio con 15 billones, de modo que entre todos ellos suman el 180% del PIB de los 34 países de la OCDE? ¿Cómo es posible que la riqueza que genera la economía real sea 76 veces inferior al capital que mueven los mercados y no se regulen éstos con mano de hierro? ¿Cómo se puede buscar racionalidad económica en un sistema que destruye riqueza, empleo y rompe la cohesión social? ¿Por qué hemos permitido que los partidos políticos tomen vida propia fichando solo una vez cada 4 años y sin derecho de revocación por parte de la ciudadanía por muy mal que lo hagan?

El poder se ha privatizado y se ha institucionalizado emancipándose del control social y esto es un drama que hay que revertir y cuyas consecuencias estamos pagando. Pero cuidado, el poder social no es algo baladí ni se puede justificar su modo de proceder porque el sujeto que lo protagoniza sea la sociedad.

El servicio

Cuando uno mira el panorama de las quejas que circulan entre los ciudadanos respecto a los bancos nos encontramos distintos acentos, la mayoría de ellos centrados en el expolio que han llevado a cabo, la impunidad con que han actuado y, para colmo de males, que además de todo eso tenemos que pagar entre todos la factura de sus desmanes. Aún así hay una crítica que quiero resaltar respecto a su gestión y quiero hacerlo poniendo dos ejemplos aparentemente contradictorios: la gente se queja de que el BCE (Banco Central Europeo) es independiente del poder político y que eso le lleva a funcionar con férreos criterios que no tienen en cuenta las situaciones de los países que lo componen; por otra parte, tenemos el caso de Bankia cuyo Consejo de Dirección estaba participado por políticos, sindicalistas, patronal y representantes de distintas instituciones, es decir, un Consejo más abierto y los ciudadanos también se quejan y con razón de su gestión ¿Cuál es entonces la fórmula?

Una propuesta para Bankia y las entidades que han precisado ayuda pública ha sido la de nacionalizar esas entidades. Pero la pregunta que surge a continuación es ¿y quién controla al Estado con los personajes que están al frente del mismo? Ante esta cuestión la propuesta añade la necesidad del control social. Esta coletilla es esencial.

Desde mi modesto punto de vista el control social supone toda una metodología que abarca la transparencia, la rendición periódica de cuentas, la presencia de colectivos de usuarios, el establecimiento de comisiones éticas, etc. Pero no sólo eso, además hay que pedir la participación activa de personas con capacidad de servicio. ¿A qué me refiero con capacidad de servicio?

–        El servicio es enemigo del servilismo, éste último se arrodilla ante el poder, se somete a la voluntad del otro como medio para alcanzar algún beneficio o ventaja personal. Por el contrario el servicio parte de un reconocimiento del otro como prójimo, como igual, utilizando el poder no como un fin en sí mismo y como un instrumento de dominación, sino como capacidad cuya finalidad es la promoción personal y colectiva.

–        El servicio conlleva el abajarse para ponerse a la altura del otro cuando es preciso, y lo hace para levantarle no para servirse de él.

–        El servicio no es paternalista, nos sitúa frente a los mecanismos de explotación, de injusticia social y estructural porque nos hace simpáticos (que significa padecer-con) con aquellos a los que se sirve.

–        El servicio supone haber descubierto que el mayor de los valores económicos existentes se llama gratuidad.

–        El que sirve no suele ideologizar sino que tiende a compartir la misma suerte de aquellos a los que sirve.

–        El servicio no es cuestión de ONGs o de Servicios sociales, el servicio no tiene horarios, es un modo de vida, un compromiso de humanización, un compromiso político.

¿Qué pedimos una y otra vez los ciudadanos en nuestras reivindicaciones? Justicia, respeto por los derechos sociales, reconocimiento y afirmación de la dignidad de las personas por encima de otros condicionantes, gestión participada de los asuntos que nos afectan a todos… ¿Y qué denunciamos? Los privilegios, la acumulación de poder, la impunidad, el empobrecimiento progresivo, las situaciones de exclusión, los recortes de derechos… Pues bien, en el fondo lo que pedimos no es un cambio de color del poder que nos ha de someter, lo que pedimos es que hay que transformar el poder en servicio.

Resistir a los recortes de derechos sociales y hacerlo de forma organizada es una necesidad imperante. El poder establecido no se va a parar, todavía quedan pendientes temas como la reforma energética, del transporte, de la estructura del Estado, por no citar las privatizaciones de empresas públicas. Resistir sí, pero hay que hacerlo de modo que nuestra resistencia ponga en marcha experiencias cuya lógica esté fuera del sistema.

Necesitamos de una profunda transformación de valores que permitan reconstruir un poder social que se enfrente al poder existente pero que no lo haga en claves de dominación, elijamos adecuadamente las armas y forjemos un poder social que descanse sobre la capacidad de servicio y el apoyo mutuo. No sé si así venceremos finalmente, o mejor dicho, no sé si veremos la victoria, pero de lo que si tengo certeza es de que el hacer un camino así vale la pena.

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