QUIERO SER ALGUIEN QUE AQUÍ NO EXISTE

Una nueva y certera reflexión de Miguel Angel Santos Guerra publicada en su blog, El Adarve en el diario de La Opinión de Málaga. Quiero dedicarla a mis antiguos alumnos y alumnas (algunos de los cuales he visto este día en situaciones parecidas a las expuestas en el post), a mis hijos, a vuestros hijos e hijas, a todos los jóvenes que se enfrentan a un futuro muy incierto.

Cuando los jóvenes de un país no tienen futuro es que el país tampoco lo tiene. Cuando los jóvenes de un país piensan que su vida se encuentra en otra parte del planeta es que su patria ha dejado de serlo. Donde está el futuro está la patria. Donde está el trabajo está el futuro. 

Muchos jóvenes españoles tienen la mente en otros lugares, en otros mundos. Su horizonte va más allá de nuestras fronteras. El hecho de que la tasa de paro juvenil ronde el cincuenta por ciento en España es desesperante e inaceptable. No es que hayamos hecho algo mal. Es lo hemos hecho casi todo mal para que las cosas estén así. ¿Cómo nos las hemos arreglado para construir una sociedad en la que los jóvenes no tienen cabida? Esta es una de las peores lacras de una crisis que no acaba y de la que nadie se reconoce como responsable.

Uno de los pilares de la felicidad humana es el trabajo que se realiza. Otro es el lugar en que se vive. El tercero es la persona con quien se comparte el trabajo y la vida. El trabajo es importante no solo porque es una forma de ganarse la vida sino porque da sentido a la existencia y es un modo de relacionarse con el mundo y de mejorar la sociedad. Hablo de una ocupación que gusta y que se sabe hacer.

Me duele esa sensación de desánimo y frustración que veo en mis alumnos y alumnas de la Facultad de Ciencias de la Educación. Esa vivencia que tienen de que todo es cada vez más difícil, más duro, más competitivo, más cruel. Esa sensación de que tendrán que hacerse un hueco a empujones.

Tiene que ser muy duro llamar de puerta en puerta. Mostrar un expediente extraordinario y recibir como respuesta un portazo en las narices.

¿Qué mundo les estamos dejando? ¿Qué porvenir les hemos brindado? ¿Qué ayudas les estamos dando? ¿Qué modelo de sociedad les estamos ofreciendo?

¿Cómo construir el país si los mejores se van a otros lugares en busca de futuro? Porque suelen emigrar los más emprendedores, los más voluntariosos, los más capaces, los más entusiastas. Aquí gastamos el dinero en la formación y luego los echamos para que trabajen en otros países. O los subempleamos desperdiciando muchos años de preparación. Cuántas veces me he encontrado a mis exalumnos licenciados y políglotas en las cajas de los supermercados, fregando platos, repartiendo pizzas o atendiendo las mesas de un restaurante.

Me duelen los jóvenes que han hecho una, dos o tres carreras, que han aprendido cinco idiomas y que ahora, después de tanto esfuerzo y tanto dinero no encuentran un puesto de trabajo que les permita vivir y construir un futuro.

Podría contar muchos testimonios de jóvenes universitarios que me plantean problemas casi irresolubles: me gustaría seguir estudiando, pero no tengo dinero para vivir; me gustaría tener un trabajo “de lo que sea”, pero no lo encuentro; no puedo dedicar todo el tiempo a preparar oposiciones porque no puedo seguir sangrando a mis padres.

Hace un tiempo les podías decir con claridad y contundencia a tus hijos e hijas:

– Estudia, que el día de mañana tendrás un buen puesto trabajo, tendrás asegurada la vida.

Hoy no es así. Resulta desalentador ver ese interminable camino de capacitación. Hoy puedes estudiar hasta los treinta años y ver que, después, todas las puertas están cerradas. Por eso me parece un juicio inexacto e injusto decir que la juventud de hoy lo tiene todo muy fácil, más fácil que nunca.

En un momento de la vida en el que se necesita valer para algo y valer para alguien, los jóvenes y las jóvenes se tienen que dedicar a llamar de puerta en puerta mendigando un puesto de trabajo que les permita, cuando menos, pagarse sus gastos. Y se alarga de forma indeseada e insana la dependencia familiar.

¿Quién puede pensar en alquilar una casa, independizarse de los padres y, sobre todo, en fundar un hogar sin perspectivas de trabajo? ¿Quién se arriesga a pedir un crédito para comprar una vivienda si el trabajo es provisional y precario?

Estoy leyendo una novela de Silvia Avallone titulada “De acero”. Cuenta la historia de dos jóvenes italianas, Anna y Francesca, que están llamando a las puertas de la vida. Anna dice con desesperación:

– Quiero ser alguien que aquí no existe.

He visto reflejados en esa expresión a muchos jóvenes que conozco. He reconocido esa angustia en muchas personas que no saben qué va a ser de su vida.

El problema que existe cuando se cierran lo caminos de la honestidad es que pueden abrirse los de la perversión. Se buscan formas de enriquecimiento súbito, aunque sea ilícito. Por eso no es de extrañar la respuesta de un niño cuando le pregunta su profesora en Melilla qué es lo que desea ser de mayor.

– Yo, mafia.

Es muy lógico. Él ve que con un trabajo cotidiano y esforzado no va a llegar a conseguir nada. Y que en unas horas de dedicadas al narcotráfico o a la mafia puede hacerse rico.

Es fácil también que el señuelo de las profesionales millonarias (futbolistas, artistas, cantantes…) deslumbre a muchos jóvenes. No han visto la parte dura del trabajo, no han reparado que por cada persona que triunfa hay mil que se quedan en el camino.

¿Qué se puede hacer, más allá de lamentarse?

Hay que denunciar este capitalismo salvaje que deja un reguero de víctimas por donde pasa.

Hay que terminar con la corrupción institucional que ha birlado tanto dinero y sembrado tan malos ejemplos.

Hay que desarrollar políticas creativas, inteligentes y generosas que favorezcan el trabajo de los jóvenes.

Hay que desarrollar programas de orientación profesional que ayuden a elegir aquello que se puede hacer.

Hay que practicar la solidaridad. No es buen lema aquella vieja sentencia: “el que venga detrás, que arree”.

Si no queremos condenar el país al desastre, tenemos que atender las lógicas demandas de nuestros jóvenes. Hablo de chicos y de chicas, por supuesto. Tenemos que ofrecerles la posibilidad de labrarse un futuro digno y hermoso.

 

 

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Una respuesta a QUIERO SER ALGUIEN QUE AQUÍ NO EXISTE

  1. Un Montañero dijo:

    Yo insisto en lo mismo: todos estos periodos de injusticias suelen terminar igual: con la violencia. Habrá que prepararse para algo bastante peor de lo que ya estamos viendo…

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