Caridad política

El texto que hoy comparto corresponde a la editorial del último número de Noticias Obreras, editada por la HOAC (Hermandad de Obreros de Acción Católica). Sin duda es una lectura muy oportuna para los tiempos en que nos toca vivir.

Caridad y política son dos palabras muy desprestigiadas en nuestra sociedad por una visión deformada de ambas. Por caridad se entiende frecuentemente «limosna», «asistencialismo», la mera ayuda puntual que damos a alguien y que no se plantea la lucha por la justicia, porque no ve más o porque quiere eludirla. Por política se suele entender «lo que hacen los políticos», identificándola con un entramado de intereses, privilegios, manipulaciones…, «todos son iguales», alejada de las necesidades sociales, ajena a nosotros y en la que no queremos implicarnos, lejos de nuestra vida cotidiana, algo de lo que somos espectadores y no actores.

Sin embargo, necesitamos las dos cosas como el aire que respiramos: vivir la caridad y vivir la política como algo propio, profundamente humano y necesario para construir humanidad. Pero entendidas de otra manera. La caridad es el amor que nos hace capaces de poner por delante lo que necesita el otro, que nos lleva a poner la vida al servicio de que el otro viva, realice su humanidad y así crezcamos juntos como personas. En particular es la reacción ante el sufrimiento del otro, especialmente el sufrimiento injusto de los empobrecidos, que nos lleva a hacer todo lo posible por eliminar ese sufrimiento y a sentir que no hay excusa posible para no hacerlo. La política es la actividad de toda la sociedad, de las personas, de las organizaciones sociales, de las instituciones…, para colaborar a construir una vida social más justa y humana, relaciones sociales de mayor fraternidad.

De esa caridad y de esa política es de la que decimos que necesitamos como del aire que respiramos. Y necesitamos vivirlas juntas, uniendo amor y justicia. Porque ese amor es el que fundamenta la lucha por la justicia y porque sin esa lucha por la justicia en realidad no hay amor. A eso es a lo que la Iglesia llamamos (y practicamos mucho menos de lo que debiéramos) «caridad política». Necesitamos, todos, crecer en vivir la caridad política que «no se trata solo ni principalmente de suplir las deficiencias de la justicia, aunque en ocasiones sea necesario hacerlo. Ni mucho menos se trata de encubrir con una supuesta caridad las injusticias de un orden establecido y asentado en profundas raíces de dominación o explotación. Se trata más bien de un compromiso activo y operante, fruto del amor cristiano a los demás hombres, considerados como hermanos, en favor de un mundo más justo y más fraterno, con especial atención a las necesidades de los más pobres» (CEE, «Los Católicos en la Vida Pública», 61).

De esa caridad política necesita siempre una sociedad, mucho más en una crisis social y moral tan grave como la actual. A veces se contraponen, de forma indebida y estéril, caridad y lucha por la justicia. La caridad política es las dos cosas. Necesitamos compartir más los bienes que tenemos con quienes carecen de lo más básico. Y necesitamos luchar con todas nuestras fuerzas para cambiar unas políticas que están destrozando la justicia social y la vida de los pobres. Las dos cosas son necesarias para construir una sociedad más justa y fraterna.

El centro de esa caridad política, que tanto necesitamos personal y socialmente, es la misericordia; el sentir como propio el sufrimiento injusto del otro y rebelarnos ante él. De esa misericordia que se hace respuesta ineludible ante el sufrimiento injusto de los empobrecidos es de lo que más necesitamos para afrontar con humanidad la actual situación; y eso implica cambios profundos en nuestra manera de vivir. «El mundo de los hombres puede hacerse cada vez más humano, únicamente si introducimos en el ámbito pluriforme de las relaciones humanas y sociales, junto con la justicia, el amor misericordioso» (Juan Pablo II, «Dives in misericordia», 14).

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