El compromiso, ¿devaluado?

Desde hace tiempo sigo a Francesc Torralba, profesor de la Universidad Ramón Llul, entre otras instituciones, y autor de numerosas obras de teología y filosofía. En su blog que podréis encontrar en su página personal, publicó a principios de febrero esta interesante reflexión sobre el compromiso.

Muchos consideran que el compromiso es un valor devaluado, una reliquia del marxismo, del personalismo y del existencialismo. Y, sin embargo, el único modo de poder vencer la crisis sistémica que estamos padeciendo, exige un compromiso radical. 

Lo expresó nítidamente Paul-Louis Landsberg (1901-1944), un filósofo demasiado olvidado. Su lucha contra el nazismo le obligó a huir de Alemania unos días antes de la subida de Hitler al poder. Tras dos años impartiendo la docencia en Madrid y Barcelona, se instaló en Francia, donde se vinculó al movimiento Esprit junto a Emmanuel Mounier en 1936. Fue amigo y discípulo de Max Scheler y, como él, cristiano. Deportado en 1943 por su origen judío, murió de extenuación en el campo de concentración de Oraniemburg en 1944. 

Él muestra cómo el carácter histórico de nuestra vida exige el compromiso como condición de humanización del mundo. El compromiso es, según Landsberg, “la asunción concreta de la responsabilidad de una obra que ha de ser realizada en el futuro, de una dirección definida del esfuerzo que va hacia la formación del porvenir humano”. 

Es un acto libre y total, una expresión de la libertad humana. No es sólo una actividad de la inteligencia o del espíritu, como tampoco una actividad de la sola voluntad, sino obra de la persona integralmente considerada. El compromiso es el único modo de cambiar las cosas, de transformar las estructuras de pecado, de edificar la civilización del amor. Es la decisión de la persona que toma consciencia de su propia responsabilidad y realiza su formación positiva en cuanto a persona. 

La libertad radica en ello. Consiste en poder vivir en dirección contra todas las resistencias que se oponen a la vida propiamente personal. El compromiso requiere la virtud de la fidelidad, pero no entendida como un cheque en blanco o una pura reiteración de lo mismo, sino como fidelidad creadora, tal y como la concibe Gabriel Marcel. No se trata de hacer siempre lo mismo; sino de hacer lo que la circunstancia exige, pero con lealtad a las fuentes de inspiración que mueven el propio ser. 

Existe el riesgo del desencanto, pero también el de la falsa superioridad que se mira la historia como un patio de colegio. Abunda la falsa superioridad de los que se colocan al margen de todo y que no se mojan para nada. Para Lansberg, son una verdadera peste de nuestro mundo, pues ni hacen, ni dejan hacer. Tienen temor a equivocarse y por eso no se comprometen, pero están aguardando ansiosos el error del que se ha comprometido para recordarlo inmediatamente. 

Lo contrario del compromiso es la deserción. Cierto espiritualismo new age es un modo de escapar por la tangente, una forma de evadirse de un mundo donde todo cruje. El compromiso es meterse de lleno en la historia, aportar el propio talento, voluntad y energía; es todo lo contrario de la abdicación. Querer escapar del horror de una vida individual, carente de un fondo valioso, identificándose con cualquier poder con tal de que sea fuerte, es una traición que puede engendrar excelentes partidarios, pero no constituye más que una forma de engaño activo, no un acceso a la historicidad de la persona. 

No hay excusas. El compromiso es un deber ciudadano, pero además es inherente a la condición de cristianos. Es la respuesta concreta e histórica a una llamada, lo cual exige velar, estar atento, pero luego requiere audacia y tenacidad. Hay quien espera toda la vida la causa perfecta para comprometerse y esperando esa causa perfecta, se le escurre la vida entre los dedos. 

Nada es perfecto. Ningún partido político, ni sindicato, ni institución religiosa, ni asociación o fundación. Las realidades humanas, en tanto que humanas, son frágiles y finitas, pero comprometerse exige implicarse en ellas, tratar de cambiarlas desde dentro, asumiendo, con sufrimiento, sus contradicciones, pero sin caer jamás en la moral de derrota, ni en el cinismo postmoderno. 

El compromiso requiere, en definitiva, esperanza y la esperanza, como dice Landsberg, es la “confianza tendida hacia el futuro y la paciencia en el mismo acto”. 

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