La ganzúa de los corazones

Ya, algunas veces, he recogido alguno de los post que Miguel Ángel Santos Guerra publica en El Adarve, su blog en el diario La Opinión de Málaga. En esta ocasión el post es sencillo pero, de sencillo que es, llega a ser magistral. Creo que es muy oportuno para todos los tiempos y, especialmente, para los tiempos que corren.

He vivido un año en Galway (Irlanda). Llevaba en coche todos los días a mi hija al Colegio. Para llegar desde la casa hasta la puerta de entrada teníamos que incorporarnos desde una pequeña calle adyacente a una arteria principal. A esa crítica hora (ocho y media de la mañana) había diariamente un importante atasco.

Me resultaba chocante que al llegar al cruce en el que teníamos que entrar en la vía principal, la amabilidad de los conductores y conductoras facilitara al máximo la rapidez de la incorporación. Veías con agrado el gesto amable del conductor o conductora que se detenía y parecía decirte de forma inequívoca:

– Pase usted, por favor.

Hace unos días, al salir del complejo de ocio malagueño Plaza Mayor, había un gran atasco. Era la hora de salida. Me costó casi cinco minutos entrar en la riada de coches. Nadie se detenía y te invitaba a pasar. Todos se arrimaban al coche que iba delante para impedirte el paso. Hasta que cambié la espera por otra inevitable estrategia: ir metiendo el morro del coche poquito a poco hasta poder entrar. Con el consiguiente pitido del que venía detrás.

Este hecho, que no es casual, me hizo pensar. Porque creo que se trata de una constante. ¿Qué nos pasa? ¿Por qué no somos más amables, más corteses, más amigables? No solo en el coche, sino en general, en la vida.

En Irlanda apenas se oye el sonido del claxon. Mi hija, que tenía entonces siete años, me lo hizo notar.

– Papá, aquí nadie toca el claxon.

Aquí, basta que te detengas una décima de segundo en un semáforo que se pone verde, para que te piten cinco coches, te hagan un corte de mangas si te adelantan o te sueltan un exabrupto bajando la ventanilla.

– Imbécil, te gritan mirándote como si hubieras cometido un delito.

Alguien me ha contado que un conductor se había olvidado de quitar el intermitente de la derecha. El que iba detrás, al ver que se trataba de un olvido y no del aviso de un giro inmediato, le dio varias señales con las luces, para avisarlo. Al comprobar que no se daba cuenta, se puso a su altura, bajó la ventanilla y le avisó:

– Oiga, que se le ha olvidado quitar la luz del intermitente derecho.

Al ver que el conductor le hablaba desde el coche vecino, bajó con rabia el cristal de la ventanilla y le espetó:

– ¡No me sale de los cojones!

El conductor que le seguía quiso hacer un favor al supuesto olvidadizo, y el beneficiario se lo agradeció con un bofetón.

Creo que debemos cuidar más las formas de convivencia. Ya sé que estos pequeños detalles, al lado de los casos de corrupción y de los atropellos de los que somos víctimas hoy día, pueden parecernos una cuestión intrascendente e, incluso hipócrita. No lo creo. Pienso que el respeto a la dignidad de las personas exige el cuidado de las formas, de los pequeños detalles. Se insiste poco en ello tanto en las familias como en la escuela.

En la familia, además de con el ejemplo, hay que insistir con la palabra en que es necesario mostrarse amable, ser educado en el sentido más profundo de la palabra. En la escuela es necesario practicar, exigir e insistir en la necesidad de cuidar las formas, de ser exquisitos en los detalles.

Creo que este cuidado de los detalles llevará y propiciará los comportamientos éticos en cuestiones de más envergadura. No comparto la idea de que estando la sociedad viciada por hechos horribles estas pequeñas muestras de respeto carezcan de importancia.

La cultura de los detalles se puede practicar a todas horas, con conocidos y con desconocidos. Hay quien se muestra encantador con los extraños mientras trata a baqueta a los que tiene cerca. A otros les sucede lo contrario: solo les importan los amigos y familiares. Mi postura es que hay que practicar la amabilidad con todo el mundo.

Esa amabilidad reiteradamente manifestada nos hará mejores. Las muestras de afecto nacen de un corazón generoso pero, s su vez, lo ennoblecen y agrandan. Por eso la amabilidad causa efectos positivos en quien la recibe y en quien la practica.

Saludar, ceder el asiento. dar las gracias, sonreír a quien te ayuda, orientar amablemente a quien pide información, no ensuciar las calles, ceder el paso… En definitiva, convertirnos en profesionales de la amabilidad. Dice Joseph Joubert que “la cortesía es la flor de la humanidad. El que no es bastante cortés no es suficientemente humano”.

Me cuentan de un trabajador de la Volvo que llegaba todos los días a la empresa y aparcaba en el lugar más apartado del parking. Al ser preguntado por ese extraño proceder, respondió que quienes llegaban tarde tenían más prisa que él y necesitaban aparcar en los lugares más próximos. Hermoso gsto.

La convivencia es la piedra angular de la democracia. La convivencia se construye sobre grandes actitudes y sobre pequeños detalles. La cultura de los detalles es el alma de la democracia. No tendremos probablemente en la vida la ocasión de hacer algo heroico por el prójimo, pero tenemos la posibilidad a cada hora de hacer la vida un poquito más llevadera, más amable, más hermosa.

La sociedad sería más habitable si todos y todas nos mostrásemos amables con las demás personas. “Palabra cortés significa amable pensamiento”, dice Ramón LLul. Respetar al otro. Tratarlo bien. Hacer fácil la vida de todos y de todas. No me gustan los individuos que son capaces de entrar después de ti por una puerta giratoria y salir antes.

Los antiguos tratados de urbanidad insistían en el cuidado de las formas. José Luis Carandell escribió en el año 2000 un libro de encargo titulado “La familia Cortés. Manual de la vieja urbanidad”. Dice en la introducción que fue coleccionado libros sobre el tema hasta conseguir la friolera de 300 ejemplares. Con tino habla de “ vieja urbanidad”. Y hace bien porque creo que hay que distinguirla de la moderna urbanidad. Creo que la urbanidad de hace años tenía un mucho de cursilería y un poco de falsedad.

Las formas debían respetarse, aunque los hechos importantes fueran atroces. El dueño trataba con exquisitez al criado, aunque le estuviera explotando de forma miserable. Y, si se planificaba un asesinato durante una comida de gala, había que guardar las formas para no importunar a los comensales. Véase este texto de Leonardo da Vinci:

“Después de que el cadáver, y las manchas de sangre, de haberlas, haya sido retirado por los servidores, es costumbre que el asesino también se retire de la mesa, pues su presencia puede, en ocasiones, perturbar la digestión de las personas que se encuentren sentadas a su lado; y, en ese punto, un buen anfitrión tendrá siempre preparado un nuevo invitado, quien habrá esperado fuera, dispuesto a sentarse a la mesa en ese momento”.

Es lo que sucedía con la mujer, que la normas de cortesía le daban prioridad para pasar primero, aunque en la vida estuviesen discrimina hasta extremos inverosímiles.

Yo me refiero a la urbanidad que nace y acaba en la dignidad de las personas. Hablo del cultivo de unas formas nacidas del respeto. Hablo de una vida en común asentada en la amabilidad y la consideración del otro, sea quien sea, como depositario de la máxima dignidad. Dice Alfonso de Ulloa que las palabras corteses son las ganzúas de los corazones Se trata de alejarnos, en la forma y en el fondo de la ley de la selva. Se trata de hacer de este mundo una casa habitable.

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