¿Qué pasa con la sanidad?

Desde hace tiempo me vengo preguntando qué pasa con la sanidad. Algunas personas que conozco me han hablado de errores (a veces, fatales) en el diagnóstico, demoras en la realización de pruebas o en el tratamiento, repetición de pruebas (por ejemplo, preoperatorios) por caducidad de los realizados, etc. Últimamente he vivido, a través de una persona cercana, historias parecidas: se suspende por dos veces una operación, por falta de quirófano y aún estamos esperando.

Sobre todo esto hace una interesante reflexión Miguel Ángel Santos Guerra en su último post en su blog El Adarve

Las hospitales, a diferencia de otras instituciones, son organizaciones de funcionamiento continuo. Las escuelas, por el contrario y por ejemplo, son organizaciones discontinuas. Profesorado, alumnado y personal de administración y servicios se van el viernes por la tarde y no regresan hasta el lunes por la mañana. Lo mismo sucede en los “puentes” y en las vacaciones. Se cierra la institución y se vuelve a abrir.

Eso, en teoría. Lo que sucede en la práctica es que los hospitales funcionan como organizaciones semicontinuas. O semidiscontinuas, si se prefiere. Es decir, que en fines de semana, puentes y vacaciones no cierran, pero funcionan a medio gas. El médico no pasa su visita diaria, cierran algunos servicios, los especialistas se ausentan, no se entregan informes o análisis, no se dan altas…

El problema reside en que las enfermedades no se detienen. No cursan solo de lunes a viernes. Y la angustia de quien espera un diagnóstico no se pone entre paréntesis. Los pacientes (y sus familias) siguen en las habitaciones del hospital esperando que pasen los días de descanso de los profesionales. De modo que el hospital se organiza no según las necesidades de los pacientes sino según los intereses de los profesionales. Los pacientes son doblemente pacientes en fines de semana y vacaciones. Padecen su enfermedad y esperan pacientemente el regreso de los profesionales a su plena actividad.

Sí, se atienden las emergencias. Hay médicos de guardia. Solo faltaba que se quedasen solos los pacientes. Que no se atendiesen las situaciones críticas. Solo faltaba. Sería lamentable que no solo no se avanzase en el diagnóstico o en la curación sino que no se atendiesen las situaciones críticas y, como consecuencia, subiesen las tasas de mortalidad en esas fechas.

No seré yo quien les niegue a los profesionales su derecho al descanso. Lo que digo no es que no se vayan a descansar quienes han trabajado sino que sean otros quienes estén en el hospital el fin de semana. Con el paro de profesionales de la salud que hoy tenemos, nadie puede decir que el problema es de difícil solución. Es cuestión de organización, no de dinero. Porque el hospital gasta muchos euros inútilmente manteniendo las habitaciones abiertas, sirviendo comidas y cerrando servicios.

Se pierden dos días de cada siete de forma regular, más fiestas, puentes y vacaciones. Es decir que el hospital funciona a pleno rendimiento durante dos terceras partes año. Sería como tener cerrado el hospital cuatro meses y abrirlo de forma continua durante ocho.

He oído cientos de veces comentarios de este tipo, siempre en tono de queja y de resignación:

– Hoy los médicos no han pasado visita
– Tendremos que esperar al lunes
– El médico está de vacaciones
– Los laboratorios están cerrados
– No está el especialista
Hasta el fin del puente no sobremos nada
– Como están de vacaciones…

Este fenómeno tiene, además de la ralentización médica, un efecto psicológico de abandono difícilmente discutible. El enfermo tiene la sensación de que durante el fin de semana y las vacaciones importa menos que los días laborales. No se puede olvidar el factor humano en el proceso curativo. El asunto de la espera es vivido de manera diferente según lo que se está esperando. No es igual una demora en la recepción de una vajilla que se ha pedido por internet que una demora en la notificación de un diagnóstico que se sospecha fatal.

Cuenta Eduardo Galeano que una anciana que estaba en un Hospital le pedía al médico todos los días varias veces que le midiese la tensión. El médico le tomaba el pulso en la muñeca con paciencia y reiteración pensando que la señora tenia una obsesión sorprendente. Tardó en comprender que lo que en realidad quería la señora, desde su desgarrada soledad, es que un ser humano la tocase.

Lo que me llama poderosamente la atención es la resignación, el conformismo y el silencio de los pacientes y de sus familiares. ¿Cómo se puede tolerar esta situación? ¿Cómo se puede explicar este persistente silencio ante ella? ¿Cómo se puede soportar el silencio y la inacción de los responsables de la sanidad? Haciendo un esfuerzo por comprender lo que sucede, formulo las siguientes suposiciones:

– Hay un temor reverencial hacia la clase médica. Como si veladamente se pensase que no se puede irrita r al médico, que no se le puede agredir. Hacerlo podría llevar consigo consecuencias desastrosas si disminuye su interés o se entrega a la represalia. Es un temor absurdo pero funciona con eficacia.

– El aislamiento de cada enfermo es una barrera insalvable. ¿Dónde y cómo se ven? ¿Cómo se ponen de acuerdo para elevar una propuesta? Lo mismo hay que decir de los familiares. ¿Quién, cómo y cuándo organiza una protesta?

– Otro problema es el escepticismo. Hay muchas personas que piensan que es imposible, que no se puede conseguir nada, que no se puede cambiar lo que hay.

– Quienes viven el dramatismo de un diagnóstico grave tienen otros focos de atención más intensos, más absorbentes, más prioritarios. Por eso esta cuestión les puede parecer menor al lado de un problema como el que estoy denunciando.

– También hay personas que no son capaces de hacer la menor reflexión crítica. Las cosas son así porque siempre han sido así y siempre serán así. Y no está mal que así sean. Desde esa posición acrítica es imposible mover un dedo para que las cosas mejoren.

Es curioso comprobar cómo nos habituamos a lo que es irracional e injusto. Puede llegar un momento en el que algo tan increíble como el fenómeno que aquí describo sea contemplado y vivido como algo natural e inevitable. ¿Por qué inevitable? No hace falta darle muchas vueltas a las soluciones. Están ahí, al alcance de la mano. Basta que funcione el hospital el sábado y domingo como funciona los demás días de la semana. ¿Sabe el pulmón de un paciente cuándo es martes y cuándo domingo? ¿Distingue un riñón dañado el jueves y el sábado? ¿Diferencia el corazón enfermo los meses de agosto y noviembre?

Las autoridades sanitarias no pueden mirar para otra parte. Y, cuando miran donde deben, han de hacerlo simultáneamente a los profesionales de la salud y a los pacientes. ¿Cómo pueden tolerar una semana tras otra, un mes tras otro, un año tras otro, esta situación inadmisible?

Un familiar muy querido ha estado hospitalizado consecutivamente en dos hospitales de Madrid. Hemos vivido con desazón estos paréntesis de desaceleración de la atención sanitaria, estos regulares vaivenes de intensidad atencional.

En propia carne y en carne ajena todos hemos vivido esta desagradable experiencia. Se perpetúa porque se evitan con las guardias los desenlaces fatales. Me gustaría saber, no obstante, si hay alguna diferencia significativa en los fallecimientos que se producen entre semana y en fin de semana, en período de vacaciones y en períodos de normalidad. Claro que los períodos más problemáticos son los fines de semana en períodos de vacaciones, los fines de semana de agosto, por ejemplo. No sé por qué, en esas fechas, no mandan a los pacientes a sus casas o a un Hotel cercano a darse un garbeo. ¡Para lo que hacen en el hospital!

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