Redes y control social

Comparto hoy dos post diferentes, aunque como se comprobará están muy relacionados. En el primero de ello Toni Solano, profesor de literatura y bloguero activo, hace un repaso de una novela que leyó hace 15 años: 1984. La reflexión sobre esta novela de Orwell  le lleva a hacer un sugerente análisis de este “gran hermano” en el que estamos viviento.

El otro post pertenece al blog de Manuel Araus, Educación para la Solidaridad, donde recoge un artículo de Rainer Uphoff, en el que se analizan los mecanismos actuales de control social a través de las redes sociales y de otros servicios de internet.

Aunque suene tópico, hay libros cuya lectura nos marca de manera indeleble para el resto de nuestra vida. Es posible que haya que esperar años para darse cuenta de ello, porque esos libros que persisten en la memoria no siempre son las lecturas que más nos han gustado o que más hemos recomendado, sino que son obras que, como los buenos vinos, han tomado cuerpo tras una digestión serena y reposada.

Esta sesquidécada rinde homenaje a una de esas novelas imprescindibles para entender el mundo en que vivimos o más bien para entender quiénes somos los seres humanos: me refiero a 1984, de George Orwell. Cuando hace quince años leía1984, ya conocía otra de las obras maestras de Orwell, Rebelión en la granja, que también me había impactado notablemente, aunque me pareció demasiado esquemática y apologética. Con 1984 no tuve ninguna reticencia, pues me pareció una novela impecable, profunda sin olvidar lo narrativo, crítica sin dejar de ser literaria. Es difícil hablar de 1984 sin desvelar sus intrigas a quienes no la han leído, pero por otro lado, resulta aun más difícil encontrar a alguien que no haya oído hablar del Gran Hermano, de la neolengua o de la policía del pensamiento, elementos clave de esta obra orwelliana. Sin duda, los curiosos podrán encontrar suficiente información en la red sobre Orwell y su obra, pero quisiera aprovechar para recomendar una carta recién publicada en la que el propio Orwell habla de su novela y describe con gran lucidez lo que ha de ocurrir en las siguientes décadas. 

Creo que todos los ciudadanos de este Primer Mundo, tan satisfechos en nuestro ombliguismo, tan escasamente preocupados por la acumulación de poder en las manos de unos pocos -al menos mientras haya migajas que repartir-, tan soberbios en nuestro estado del bienestar -mientras dure-, deberíamos leer esta novela de Orwell y entender de una vez por todas cuál es el coste de todo lo anterior, cuál es el precio que estamos ya pagando por esas limosnas de vida burguesa. Se ha hablado siempre de 1984 como una distopía literaria, es decir como una ficción apocalíptica, pero resulta que nuestra realidad es mucho más apocalíptica que la soñada por Orwell hace más de cincuenta años. Ni siquiera necesitamos que unos burócratas borren la historia y la reescriban a gusto del Gran Hermano, porque hoy ese Gran Hermano asume que son los propios ciudadanos quienes borran sus memorias y reescriben en ellas al dictado de una sucesión de mentiras que se tapan unas a otras. Ya tenemos policía del pensamiento y vigilancia de las comunicaciones privadas. Tenemos gobernantes que castigan la transparencia y premian la delación, que inventan palabras para ocultar las verdades molestas, que utilizan la guerra para garantizar su paz. Es probable que en una sociedad normal, si alguien nos describiese este mundo en el que los poderosos desahucian y roban a los mismos miserables a quienes dicen servir, un individuo normal pensaría que se trata de una distopía, de modo que convendría reflexionar acerca de qué es lo normal y qué es lo atípico cuando hablamos de justicia, legalidad, igualdad o libertad. Sin duda, Orwell se quedó corto, pero para darnos cuenta de ello necesitaríamos más lectores y más críticos. Como decía Jean Guéhenno: “No sabe leer quien no discierne en un escrito la mentira de la verdad… Enseñar a leer a los jóvenes para que se confíen al primer papel impreso que caiga en sus manos no es otra cosa que prepararlos para una nueva esclavitud”. En ello seguimos.

 “No nos será posible dominar completamente el flujo de la información en el espacio estratégico de la comunicación, ni podemos controlar completamente el cibermundo. Pero podemos trabajar para fortalecer el uso de las redes sociales para obtener información e inteligencia para reforzar la democracia y el reino de la ley” 

James G. Stavridis, Almirante de EE.UU. y Comandante Supremo Aliado de la OTAN.

 Los recientes titulares sobre el uso masivo por parte de la Agencia Nacional de Seguridad estadounidense (NSA) de datos personales de millones de usuarios, depositados con grandes proveedores de servicios de Internet y telefonía, han llamado nuevamente la atención sobre el hecho de que la protección de los derechos ciudadanos y de las libertades civiles es cada vez más una ficción.

 Pero lo notable no es que una agencia de espionaje se dedique a espiar. Lo verdaderamente asombroso es que ahora los ciudadanos se apuntan voluntariamente a ser espiados. La cita de arriba, realizada por Stavridis después de las revelaciones sobre el programa Prisma de la NSA en la revista Foreign Policy de Julio 2013, lo dice todo. Cambia el acento táctico de la gran maquinaria de la NSA –políticamente cuestionada– a la otra gran pata del sistema de inteligencia norteamericano: las redes sociales.

 La Red nos tiene atrapados, pero nos gusta. El exhibicionismo de la intimidad personal, un tabú cultural en otras épocas, se ha convertido en una de las principales características antropológicas de la postmodernidad. Desesperados ya por la creciente ausencia de una comunicación personal, verdadera y comprometida, nos escenificamos virtualmente ante el mundo, huimos alocadamente de la soledad mal disimulada con “dispositivos de comunicación”, consumismo y fiesta permanente, compartiendo nuestras intimidades consciente o inconscientemente, activa (nosotros mismos) o pasivamente (por amigos) en Facebook, Google, Twitter, comentarios a blogs,…

 Sin necesidad de la NSA, nos desnudamos voluntariamente: Facebook sabe lo que nos gusta y con quienes nos relacionamos, Google sabe lo que nos interesa, donde estamos y donde queremos ir,… Pero debajo de la superficie del funcionamiento rutinario de Internet que conocemos y “aceptamos” hay más:

 Las nuevas tecnologías de interpretación semántica de nuestros textos (emails, comentarios,…) revelan no sólo lo que pensamos y sentimos, sino también nuestro nivel cultural y coeficiente de inteligencia (no sean ingenuos: ¡se mide eso!).

 Las tecnologías de reconocimiento automático de imágenes no sólo reconocen caras, sino interpretan también los fondos y las fotos que compartimos revelan mucha información sobre nuestra vida, raza, sexualidad, deportes, clase social, etc. – Yahoo no regala un Terabyte de espacio online para almacenar fotos por amor al arte.

 Si tenemos cuentas en Facebook, Google etc. hemos aceptado no sólo el uso comercial de los datos compartidos, sino también la cesión de su propiedad intelectual. Hace poco se supo que la consola de juegos Xbox puede enviar bajo ciertas circunstancias imágenes y sonidos de nuestra casa a los servidores de Microsoft, donde son interpretados de manera automatizada.

 Con las tecnologías de los años 2000, se “adivinaban” nuestros comportamientos futuros sobre la base de comportamientos históricos. Actualmente, las tecnologías de la Nube y “Big Data” permiten aplicar complejos algoritmos de inteligencia artificial para predecir nuestros comportamientos con una probabilidad cada vez más alta, con sistemas que “aprenden” solos a mejorar cada vez más su tasa estadística de aciertos.

 Los mayores usuarios comerciales de “predictores personales” son las grandes agencias de marketing, los bancos y las empresas de selección de personal. Los datosvoluntariamente compartidos no sólo permiten evaluar nuestras preferencias de consumo y capacidad financiera sino –¿quién piensa en eso cuando comparte fotos y pulsa “me gusta”?– deducir nuestra estabilidad emocional, sociabilidad, inteligencia, fiabilidad, afinidades ideológicas, etc. Descartar a una persona para un puesto de trabajo se está convirtiendo en un proceso automatizado e inmediato: la empresa contratante introduce el perfil deseado y “el sistema” elimina automáticamente todos los candidatos con “predictores negativos”.

 La opción de no estar también se interpreta: no tener un perfil Facebook o LinkedIn activo constituye un “predictor negativo” para las agencias de riesgos crediticios y de recursos humanos.

 Ya se ha creado una asociación, Data Alliance, entre agencias de marketing y las grandes empresas de Internet, para “monetizar” los datos acumulados. Si los datos son el “crudo” del siglo XXI, las agencias de marketing, seguridad, recursos humanos, de evaluación de riesgos, etc. son las “refinerías” que convierten la materia prima en un producto de gran valor y enorme potencial económico.

Supongo que ya no hace falta explicar ya la cita de Stavridis que encabeza este artículo: lo que sirve para radiografiar nuestra vida privada, también permite hacerlo con fines políticos – es decir, “de seguridad”. La genialidad de las redes sociales consiste en que ha convertido el control social en un acto voluntario y hasta deseado por los controlados y, por añadidura, en negocio para los controladores.

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