Lampedusa: muerte, injusticia e insolidaridad. ¿Cómo nos situamos?

Un texto de Migra Studium y Cristianismo y Justicia, publicado en el blog “Gastar la Vida“, que es una auténtica interpelación ante sucesos como los ocurridos recientemente en Lampedusa. A nadie puede dejar indiferente la muerte de un ser humano, sea quien sea; sea del color, del sexo o de la religión que sea. Otro, ¡Nunca más!.

El 3 de octubre un barco con unas quinientas personas entre las cuales había muchas mujeres embarazadas y niños, naufraga ante la costa de la isla italiana de Lampedusa, no muy lejos de nuestras costas. El barco se avería y empieza a hundirse. Uno de los supervivientes explicó: “Al estar cerca de la costa decidimos encender un fuego para llamar la atención, pero el puente estaba impregnado de gasolina y en pocos segundos el barco quedo envuelto en llamas; muchos nos lanzamos al mar gritando mientras el barco volcaba”. Entre muertos y desaparecidos, unas trescientas cincuenta personas. Algunos barcos de pesca oyeron los gritos de auxilio pero los ignoraron. Otros –también la Guardia Costera–, rescataron unas 150 personas. Todos provenían de Eritrea y Somalia países en conflicto. Desde 1990, Lampedusa ha recogido más de 8.000 cadáveres.

Desgraciadamente no será la última catástrofe

Italia, país solidario pero a la vez intransigente con la inmigración clandestina, decretó un día de duelo nacional, y ha realizado un llamamiento para que Europa les ayude. Malta, Chipre, Grecia, España… sufren el mismo problema. Miles de africanos, pero también de asiáticos, utilizan el Magreb como puente de tránsito hacia Europa. Aunque muchos no quieran creerlo, es en este tránsito donde reside el futuro demográfico de Europa en las próximas décadas. La presión demográfica existente en determinadas zonas del mundo nos lleva a pensar que desgraciadamente la tragedia del 3 de octubre no será la última. Habrá muchas más. Los inmigrantes buscan una vida mejor y asumen el riesgo del “viaje migratorio”, aunque las expectativas de fracaso (es decir de no poder llegar, morir por el camino o ser expulsados) sean muy elevadas. El año 2012 atravesaron irregularmente la frontera sur española 6.992 personas, mientras que 14.944 fueron interceptadas, y 225 murieron en el intento (cf. Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía). La desesperación lleva, a algunas mujeres, a proyectar embarazos antes del viaje, porque son conscientes que en este estado la legislación de muchos países europeos les protegerá.

Un problema de una gran complejidad

Culpar a Europa o a sus instituciones, como si estas instituciones no tuviesen nada que ver con nosotros, no deja de ser un recurso fácil. Todos, instituciones y sociedad civil tenemos que reaccionar para poder mejorar nuestra capacidad de actuación, nuestros servicios de acogida y nuestra capacidad de denuncia, y debemos hacerlo con urgencia. Hemos de ser conscientes, sin embargo, de la complejidad del problema en que intervienen actores muy diversos, personas que sólo desean una vida mejor y delincuentes que trafican con los deseos y los sueños de los otros, sometiéndolos a transportes que comportan un riesgo enorme. A la vez que luchamos contra los accidentes debemos luchar también contra este tráfico inhumano que prolifera en todo el norte de África.

También debemos abrir un debate riguroso en el seno de la ciudadanía europea. ¿Qué función tienen las fronteras? ¿Como podemos ordenar con humanidad un fenómeno que hoy es inevitable y que en un futuro próximo no hará sino crecer? ¿Qué efectos tienen determinadas leyes aprobadas en nuestros parlamentos? En Lampedusa algunos barcos de pescadores huyeron y no prestaron ayuda que hubiera salvado a más personas. La alcaldesa, Giusi Nicolini, atribuyó esta supuesta actitud insolidaria de algunos pescadores a la actual legislación italiana, aprobada en 2008 por el Gobierno de Silvio Berlusconi e inspirada por el entonces ministro, Roberto Maroni, de la xenófoba Lega Nord. “Si se fueron y no ayudaron es porque nuestro país ha perseguido pescadores y armadores que habían salvado vidas”.

Y como cristianos…

El pasado mes de julio, el papa Francisco había visitado Lampedusa para realizar un acto de solidaridad, denuncia y profetismo. El cura de Lampedusa, Stefano Nastasi, lo invitó a la isla, para que conociera lo que allí estaba pasando. El papa celebró una misa en la que el altar era el casco de una patera y dijo: “¿Quién ha llorado por esas personas que iban en la barca? ¿Por las madres jóvenes que llevaban a sus hijos? ¿Por estos hombres que deseaban algo para mantener a sus propias familias? Somos una sociedad que ha olvidado la experiencia de llorar, de “sufrir con”. La ilusión de lo fútil, de lo provisional, nos lleva a la indiferencia hacia los otros, o mejor, nos lleva a la globalización de la indiferencia”.

Como cristianos debemos ponernos en movimiento y actuar. Todos somos responsables. Debemos mejorar las actividades de acogida y la reacción de emergencia ante las crisis. Las poblaciones más alejadas de las costas tienen la misma responsabilidad. Debemos, también, continuar promoviendo la integración y plena ciudadanía de los recién llegados, reclamando la recuperación del derecho a la asistencia sanitaria a toda persona, con independencia de su situación administrativa. Tenemos que hacer oír nuestra voz de denuncia, sumándola a la de las instituciones políticas y representativas. Las organizaciones con responsabilidades de control de fronteras –policías, armada, Frontex– han de ejercer sus funciones con plena garantía de los derechos humanos, y entre ellos, el derecho de pedir asilo, un derecho con frecuencia despreciado. Ya que la causa de la inmigración es sobre todo la falta de oportunidades de vida digna en el país de origen, hemos de aspirar a que nuestro país, y la Unión Europea no aflojen su política de cooperación al desarrollo ni su política integral hacia África. La crisis económica no justifica el bajo presupuesto que España dedica a cooperación o el abandono de estrategias integrales como los planes África de 2006 y 2009. La política inmigratoria se ha de concertar con los países de origen, pero no podemos exigir a estos que se conviertan en los gendarmes de nuestras fronteras.

 

Todos somos “nosotros”

La imparable corriente migratoria y la aportación de nuevas lenguas y religiones la viven muchas personas como una amenaza a la cohesión social y a nuestras tradiciones. Esta reacción de temor, que hasta cierto punto es explicable, no nos puede paralizar y aún menos hacernos derivar hacia reacciones defensivas o xenófobas. Recordemos la exhortación de Juan Pablo II en el inicio de su pontificado: “no tengáis miedo”. El extranjero es imagen del hermano y de nosotros mismos. Todos somos “nosotros”. Como decía la religiosa Teresa Losada, que dedicó su vida a la relación con los inmigrantes, “en el encuentro no hay itinerarios previos. Tan importante como la meta es el punto de partida. Es una exigencia evangélica y, por lo tanto, no podemos poner fronteras ni límites. Es un proceso abierto porque participamos en un misterio insondable y nuestra fe nos reta a ir más allá de las fronteras. Quizás comenzaremos a ser verdaderamente cristianos cuando nosotros demos diez pasos, aunque el otro dé uno solo. Dialogar, convivir, dar sin la certeza de esperar reciprocidad, manifiesta la mayor gratuidad a la que nos invita nuestra fe. Una de las resistencias más tenaces de la opción cristiana es la suposición de que no hay reciprocidad. Hay que arriesgar”.

Barcelona, 9 de octubre de 2013

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