Degradación medioambiental, salud pública y justicia socioeconómica

Aunque algunas personas me dicen que los artículos que aquí se publican son “catastróficos”, la realidad es la que es como nos lo demuestra este nuevo post de Jaime Tatay. Ingeniero de profesión, es actualmente Director del Centro Pignatelli en Zaragoza. Ha colaborado en muchos proyectos de desarrollo sostenible en beneficio de comunidades en riesgo de exclusión como el de la Granja de Formación Agroforestal Popol Ja en Guatemala. Este artículo ha sido publicado en “Gastar la Vida

El día que el Prestige se hundió y vertió 63.000 toneladas de fuel en el atlántico, la mayoría de nosotros aprendimos una nueva palabra: chapapote. Fue necesaria una marea negra en el litoral gallego para enriquecer nuestro vocabulario con un nuevo término. Desde aquel día, chapapote y Prestige quedaron unidos, para siempre, en nuestra memoria.

Hasta aquel día, sin embargo, cuando pensábamos en catástrofes medioambientales con graves efectos sociales, nos venía a la mente la radioactividad de Chernóbil en Rusia, la lluvia ácida sobre los bosques centroeuropeos, el Exxon Valdez en Alaska, la contaminación de Bhopal en la India o las (supuestas) imágenes de aves recubiertas de petróleo tras la primera guerra de Irak. Después llegaron muchas otras: el Deepwater Blue Horizon del Golfo de México, la (silenciada) contaminación del delta del Níger y la reciente catástrofe nuclear de Fukushima. Dejemos a un lado los desastres “naturales” provocados por fenómenos climáticos extremos que, también, han causado enormes pérdidas económicas y humanas, como los huracanes Katrina, Sandy o Yolanda.

Sin embargo, y a pesar de las apariencias, las grandes catástrofes ecológicas con alta repercusión mediática y alto coste social no son las más preocupantes ni, con frecuencia, las que más víctimas humanas producen. Muchos de los fenómenos de degradación medioambiental son poco ruidosos y no acaparan la atención de los medios de comunicación. Como en el título del famoso ensayo de Rachel Carson, Primavera silenciosa, los efectos de la contaminación y sus repercusiones para la salud humana, los ecosistemas y las futuras generaciones suelen ser silenciosos y pasar desapercibidos.

Nuestro planeta sufre multitud de procesos de degradación que raramente salen a la luz y que, por consiguiente, no permean la conciencia colectiva de la población ni las decisiones políticas. Junto a la llamativa visibilidad y viscosidad del chapapote, múltiples fenómenos como la contaminación atmosférica, la salinización de acuíferos, la emisión de gases de efecto invernadero, el lixiviado de vertederos, la pérdida de suelo, la exportación de desechos tecnológicos a países del Sur o la acelerada extinción de especies a nivel global, suceden junto a nosotros de modo imperceptible.

“La contaminación ha llegado a todos los rincones del planeta y el ser humano es el principal responsable. Amenaza nuestros ríos y lagos, nuestro aire, tierra y océanos, y en última instancia, a nosotros mismos y nuestro futuro”, afirma una reciente campaña de la organización medioambiental Greenpeace. En nuestro país esta afirmación genérica se traduce en cifras concretas:

 – en nuestra sangre hay más de 300 sustancias químicas sintéticas que no tenían nuestros abuelos;

– la contaminación atmosférica provoca al año 16.000 muertes prematuras en España;

– en las zonas más contaminadas aumentan los casos de mortalidad por cáncer;

– al año se vierten al agua en España más de 4,6 millones de toneladas de contaminantes;

– en la Bahía de Algeciras se encuentra la mayor contaminación crónica por hidrocarburos de España;

– España tiene el estuario más contaminado del mundo por metales pesados, el del Río Tinto en Huelva;

– en España sólo se recupera el 13,1% de los residuos. El 86,9% va a vertederos y a incineradoras.

Los efectos de la contaminación los sufrimos todos. Cierto. Aunque, con frecuencia, se ceban en las poblaciones más empobrecidas y vulnerables: los que no pueden emigrar, los que tienen que vivir expuestos a condiciones de insalubridad y alta toxicidad, los que no pueden acceder a tratamientos médicos, los que ni siquiera saben los riesgos a los que están expuestos.

Los movimientos de justicia medioambiental y climática (Climate Justice) tratan de alertar sobre una compleja problemática que no permite ya distinguir claramente entre problemas ecológicos, económicos y sociales. La estrecha relación entre crisis ecológica e injusticia socioeconómica, por desgracia, no es algo nuevo; fue ya señalada -hace miles de años- por los profetas bíblicos. Ellos recriminaron a las élites de su tiempo su idolatría, la explotación de los más débiles y la consiguiente destrucción de los ecosistemas. Buen reflejo de la intuición profética es la liturgia de lamentación de Jeremías en torno a la gran sequía (Jer 14: 2-7).

Este tipo de conexiones han sido puestas de relieve, en nuestro tiempo, por multitud de informes y estudios provenientes de todos los rincones del planeta; informes y estudios que identifican la inclusión social, la prosperidad económica y la protección medioambiental como tres caras de un único problema. La identificación del triple problema social, económico y medioambiental al que nos enfrentamos -señalado por la reciente Cumbre de la Tierra en 2012 (Rio+20) y por un creciente coro de voces- indica también que sociedad, economía y medioambiente son tres ámbitos que no pueden desvincularse o analizarse por separado. La búsqueda de la sostenibilidad consiste, precisamente, en la articulación de esos tres elementos de un modo armónico y justo.

No nos quedemos paralizados  por la tentación de la queja estéril, no caigamos en el lamento catastrofista que vacía de contenido el discurso y paraliza la acción. Pasemos de la denuncia profética a los actos y las palabras comprometidas. Informémonos, hablemos del problema, tomemos decisiones conscientes como consumidores, ejercitemos nuestra influencia como ciudadanos. Saquemos a la luz las complejas conexiones de los problemas contemporáneos para poder, juntos, construir un mundo mejor, más sano y más justo, menos tóxico y más fraterno.

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