Un Papa contra la pobreza

Hace unos días (14 de marzo) publicaba el blog 3500 millones, de El País, este post de Daniel Izuzquiza. En el artículo el autor analiza  de una forma clara algunos de los gestos que el Papa Francisco realiza para impulsar la lucha contra la pobreza.

Si nos preguntamos qué puede hacer el papa Francisco en la lucha contra la pobreza, quizá recordemos la pregunta escéptica que Josef Stalin solía formular, para despreciar el poder de la Iglesia en el mundo: ¿cuántas divisiones tiene el Papa? Pero es posible que también recordemos la intensa iniciativa diplomática vaticana y la exitosa jornada de oración por la paz en Siria, en septiembre de 2013, que jugó un papel no despreciable a la hora de frenar el ataque militar estadounidense contra el régimen de Bashar Al-Assad.

Así pues, ¿se trata de puros gestos, mera retórica, simple poder espiritual o simbólico… o realmente cabe esperar un efecto real en la vida real de tantas personas que sufren la injusticia? En mi opinión, hay varias acciones que el papa Francisco está haciendo y puede hacer para impulsar la lucha contra la pobreza en el mundo.

En primer lugar, visibilizar las víctimas de la injusticia, gritar ante el sufrimiento, no rehuir el dolor y su incomodidad, llorar junto a quienes lloran. Puede parecer un enfoque demasiado sensible o emotivo, pero se trata de un primer paso imprescindible, más aún en un mundo que tiende a ocultar el dolor, a “naturalizar” la injusticia y a anestesiar el sufrimiento. En este año, el papa Francisco ha situado a las personas empobrecidas en el centro de la escena global: recordemos su primer viaje fuera de Roma, a la isla de Lampedusa, con su grito desgarrador “¡Vergüenza!” ante el drama de las personas migrantes en situación irregular. Pero, entre otros ejemplos, también hay que recordar su visita el día de Jueves Santo al centro de menores infractores, a la favela Varguinha en Rio de Janeiro o el encuentro con el mundo obrero en Cagliari.

En segundo lugar, el papa Francisco ha denunciado con claridad y contundencia la situación de injusticia estructural en que vivimos. Por ejemplo, en su documento programático, la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, critica la economía de la exclusión y la inequidad, se enfrenta a las teorías neoliberales del “derrame”, combate la globalización de la indiferencia, reivindica la centralidad de la persona humana frente a la idolatría del dinero, subraya que la inequidad es una forma de violencia y apuesta por una política que, anclada en la ética, sea capaz de embridar a la economía del capitalismo global. Una economía que mata, denuncia con dureza el papa que, por tanto, reclama soluciones estructurales.

Un tercer rasgo es vivir con coherencia. La credibilidad del papa Francisco no viene sólo de la claridad de su mensaje, del carisma y cercanía personal, o de la nitidez de sus múltiples gestos de auténtica compasión ante los sufrientes y las víctimas de la injusticia. Además de todo eso, el mundo ha percibido su sencillez y ha valorado su estilo de vida sobrio. Ejemplos como el uso de sus viejos zapatos negros, el abandono del Palacio Vaticano o del papa móvil blindado, son otras tantas señales de que la lucha contra la pobreza y a favor de las personas excluidas exige también (al menos desde la óptica cristiana) un estilo de vida basado en la sobriedad compartida y solidaria.

Finalmente, la propia elección del nombre de Francisco, como modelo e inspiración, sitúa en el centro de su pontificado la preocupación por los pobres, el anhelo de paz, la armonía con toda la creación y la renovación evangélica de la Iglesia. No sólo ha dicho el papa, “¡cuánto deseo una Iglesia pobre y para los pobres!”, sino que al mismo tiempo ha dado pasos efectivos en esa dirección, mejorando la gestión y la transparencia de las finanzas vaticanas, e impulsando que estén cada vez más al servicio de los pobres y excluidos.

En definitiva, este primer año del pontificado de Francisco como obispo de Roma hacen ver la verdad de las palabras de Jeffrey Sachs, asesor especial del secretario general de la ONU sobre los Objetivos de Desarrollo del Milenio, quien afirma que la Iglesia católica “ofrece un camino único y crucial hacia una ética global del desarrollo sostenible”.

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