Lo que el ébola esconde

Este artículo de Óscar Mateos, profesor de la Facultad de Educación Social y Trabajo Social Pere Tarrés, ha sido publicado el pasado día 10 en El Periódico. Podría considerarse como uno de los muchos artículos que, estos días, se han publicado sobre este virus, pero este artículo va más allá.

Desde que estalló el brote de ébola a finales de marzo, fueron muchas y reiteradas las advertencias y demandas de las organizaciones humanitarias. En junio, Médicos sin Fronteras alertó de que estábamos ante el brote más importante de la historia de este virus y de que las personas afectadas se contaban ya por centenares. No ha sido hasta hace escasas semanas que EEUU y organismos como la ONU han empezado a tomar en seria consideración la magnitud del problema. Con el caso detectado en España, el ébola es ya una preocupación internacional que ocupa todas las portadas. La secuencia de estos meses pone de relieve una triste constatación: hasta que el problema no ha llamado a la puerta de casa, la crisis del ébola se ha observado como un problema lejano y que afectaba solo a algunos países.

No obstante, donde el virus avanza como un vendaval sigue siendo África occidental (principalmente Sierra Leona y Liberia), que ya contabiliza 8.000 casos y casi 4.000 personas muertas (si bien las organizaciones humanitarias sobre el terreno reconocen que hay muchos más casos y muertes que las autoridades locales no están siendo capaces de contabilizar). Las cifras son dramáticas, especialmente teniendo en cuenta que son países que hace poco más de 10 años salieron de conflictos bélicos de cuyas consecuencias aún se estaban recuperando. Países que no solo afrontan la muerte de miles de personas sino un impacto a muy largo plazo que debe ser tomado en cuenta.

Y es que a los afectados por el virus cabe sumar, según algunas fuentes, al menos otros cuatro impactos no tan visibles: la mortalidad indirecta fruto del colapso de los sistemas de salud nacionales y que está imposibilitando el tratamiento de otro tipo de problemas de salud; el impacto psicosocial como consecuencia del miedo, la desconfianza o la estigmatización de las personas y comunidades afectadas; la invisibilización de colectivos especialmente vulnerables al virus, como los menores (Unicef habla de miles de niños huérfanos) o las mujeres, teniendo en cuenta que, según las OMS y otras organizaciones, tres de cada cuatro víctimas son féminas debido al rol social del cuidado familiar que asumen; o bien el grave impacto socioeconómico que ya están teniendo las medidas de aislamiento o cierre de vuelos y carreteras.

Todos estos efectos indirectos dan cuenta del impacto estructural y a muy largo plazo que el ébola ya está teniendo en países socialmente muy vulnerables. Además de reaccionar tarde, países como EEUU o el Reino Unido han optado por enviar efectivos militares como contribución a la contención del problema. No obstante, ¿logrará la comunidad internacional ofrecer una respuesta verdaderamente transformadora, que se centre en apuntalar los servicios básicos de los países afectados? ¿Seguirá acompañándoles después de que el virus logre ser controlado? Una respuesta negativa a ambos interrogantes pondría de relieve, una vez más, la insolidaridad y la miopía de una comunidad internacional incapaz de entender la interdependencia de problemas que, como el ébola, no son locales sino estrictamente globales.

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