El síndrome del “como si”

Este texto ha sido publicado por Miguel Ángel Santos Guerra en su blog El Adarve, del diario La Opinión de Málaga. Creo que es una reflexión muy válida y certera en estos tiempos.

Muchas veces nos comportamos como si creyéramos algo, pero no lo creemos realmente. Como si quisiéramos hacer algo, pero no lo hacemos. Como si estuviéramos decididos a algo, pero realmente no lo estamos. Como si quisiéramos a alguien, pero no le queremos… Es lo que llamo el síndrome del “como si”.

Querer de verdad las cosas resulta fundamental junto al requisito de saber y de poder hacerlas.  Si no queremos hacer las cosas, jamás las haremos, aunque sepamos y podamos. Si no queremos, sucederá lo que pasaba en aquel pueblo del que dicen que no se tocaban las campanas de su iglesia por ocho motivos. El primero, porque no había campanas.  ¿Para qué queremos conocer los otros? Pero, en ocasiones,  no queremos de verdad. Es como si quisiéramos.

Vivimos “como si” fuéramos creyentes, pero en realidad no lo somos. “Como si” nos importase la profesión, pero no nos importa. “Como si” estuviésemos decididos a mejorar nuestro comportamiento, pero no lo estamos. “Como si” quisiéramos a nuestra pareja, pero no la queremos.

Para explicar este síndrome he realizado alguna vez el siguiente ejercicio en mis clases o conferencias. Les pido a los participantes en la sesión que cierren los ojos durante algunos segundos y que imaginen con la mayor precisión lo que voy describiendo:

Por la entrada del recinto avanza, reptando  muy despacito, una serpiente venenosa, de metro y medio de longitud, colores llamativos y lengua bífida que saca rítmicamente. La serpiente sigue avanzando hacia el interior de la sala por el pasillo central (si lo hay), se detiene a la altura de la fila en la que estás sentado y se va dirigiendo reptando hacia el  lugar donde te encuentras. Al llegar frente a ti se detiene y levanta despacio la cabeza. La tienes ahora delante de ti. Imagínatela vivamente.

Entonces les pido que abran los ojos y, suscitando algunas sonrisas, concluyo:

–        Nadie  se ha movido, luego nadie se ha creído que hubiera una serpiente. Es como si la hubiera, como si viniera, como si estuviera delante. Pero no está,

Se la pueden imaginar con todo el realismo. Pueden pensar que es muy venenosa, que es muy grande, que su lengua bífida podría causar la muerte. En una ocasión, alguien dijo:

–     Yo me he movido un poquito.

Sí, un poquito. Pero no tuvo la reacción que hubiera tenido de haber visto allí, delante de las narices, una serpiente real. El salto hubiera sido portentoso y, quizás, el grito. Permanecer sentado, sin inmutarse, es una prueba fehaciente de que la serpiente es solo imaginaria. Es como si existiese, pero no existe.

Lo que pasa con la serpiente imaginaria, pasa algunas veces en la vida. Pondré algunos ejemplos: El del político que dice servir al pueblo. Es como si lo sirviera, pero lo que sucede realmente es que se sirve de él. Sí, en los mítines, en los discursos, en los escritos muestra claramente, con verismo incluso, que tiene vocación de servicio. Pero resulta que en la práctica, nada de eso resulta cierto.  Es como si creyese que es verdad.

El profesor que dice que sus alumnos y alumnas son los protagonistas del aprendizaje. Pero lo que pasa en realidad es que él suelta su lección y luego, si los alumnos, no han aprendido, les cumpla de falta de aplicación o de capacidad para el aprendizaje. Allá ellos.

El  creyente que dice amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo. Piensa que cree. Piensa que ama. Pero, lo cierto es que hace su vida guiado por el egoísmo más grosero y por la falta de solidaridad más escandalosa.

El padre o la madre que creen que aman a sus hijos, pero el comportamiento real es de sobreprotección. Actúan “como si” los quisieran de verdad pero no los quieren. Porque no los dejan crecer, porque no los dejan ser ellos mismos.

El policía municipal que decir estar al servicio del puedo, pero a lo que se dedica de verdad es a poner multas con un celo desmedido, impulsado por la recompensa que obtiene por echar mano constantemente al talonario de denuncias. Dice o cree que es un servidor público, pero lo que es en realidad es una persona que extorsiona a quien puede. Es como si se dedicase al servicio de los demás.

El estudiante que, ante sus padres y profesores, aparenta que estudia pero, en realidad, no hace ningún esfuerzo por aprender.  Hace “como si” estudiara pero sabe que, en el fondo, no da golpe. Lo fía todo a la suerte. Si saca buenas notas, lo atribuirá a su esfuerzo y si no las saca, tratará de culpar a sus profesores.

Podrían multiplicarse los casos. El síndrome del “como si” parte, a veces, de una trampa que nos tendemos a nosotros mismos. Pensamos que es cierto eso que supuestamente pensamos o creemos. Si tuviéramos un poco más de rigor en el análisis caeríamos en la cuenta de que estamos basando esas creencias en simples suposiciones. Tiene ese fenómeno un segundo componente engañoso. Es el que consiste en hacer ver a los demás que  las cosas no son como son. Es la falta de autenticidad.

Pienso en esas personas que cometen un delito (asesinatos, violaciones, robos, extorsiones…) y de las que los vecinos y amigos dicen que  se comportaba como una persona buena, como un padre responsable, como un ciudadano ejemplar.  Está muy claro: actuaban “como si”. Como si fueran buenas personas, como si fueran buenos padres, como si fueran buenos ciudadanos. En el fondo, no lo eran.

He  leído en  el libro “El corazón humano”, de Anthony de Mello, un breve relato que titula “Estupidez” y que ejemplifica muy bien lo que pretendo explicar. Dice así:

Había una vez un árabe que viajaba en la noche, y sus esclavos, a la hora del descanso, se encontraron con que no tenían más que 19 estacas para atar a sus 20 camellos. Cuando consultaron al amo, este les dijo:

–            Simulad que claváis una estaca cuando lleguéis al camello número 20 pues, como el camello es un animal tan estúpido, creerá que está atado.

–            Efectivamente, así lo hicieron, y a la mañana siguiente todos los camellos estaban en su sitio, y el número 20 al lado de lo que se imaginaba una estaca, sin moverse de allí. Al desatarlos para marcharse, todos se pusieron en movimiento menos el número 20, que seguía quieto, sin moverse. Entonces el amo dijo:

–            Haced el gesto de desatar la estaca de la cuerda, pues el tonto aún se cree atado.

–            Así lo hicieron y el camello, entonces, se alzó y se puso a caminar con los demás.

El camello actuaba “como si” estuviera atado. Realmente no lo estaba, pero en la realidad él se comportaba como si lo estuviera. El camello se comporta estúpidamente. Permanece atado sin estarlo y no se  pone en marcha porque nadie le ha desatado de la estaca imaginaria que lo tiene sujeto. En el caso del camello es solo estupidez. En el caso de los humanos hay, más bien, hipocresía y engaño

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