No a unas Navidades compulsivas

Me parece muy oportuna esta reflexión de  Jesús Renau sobre la Navidad, publicada hace unos días en el blog Gastar la Vida. Texto breve, pero contundente. ¡Feliz Navidad!

Sumergidos ya en el ambiente navideño constatamos una vez más que no es oro todo lo que reluce, ni es luz lo que pensamos que nos ilumina. Cada año pasa lo mismo, se va apagando la dimensión cristiana de le Navidad y va creciendo la dimensión de unas vacaciones de invierno.

No hay ninguna consigna, ni planificación perversa que intente ir camuflando la alegría que nos aportó Jesús. Pero sí se da una contradicción social: ¿cómo justificar el despilfarro que se nos ofrece como felicidad con la celebración de un nacimiento en pobreza, privación y marginación?

Si se tratara solamente de una narración de un lejano pasado que no afectara a la humanidad, estos cambios no tendrían mayor importancia. Pero resulta que este Jesús, cuyo aniversario intentamos celebrar, está a favor de los pobres, los marginados, los oprimidos y las víctimas de este sistema que, como ha repetido Francisco, mata. Esto es harina de otro costal. Celebramos una opción de Dios por los de abajo, un camino divino un tanto contracultural… y a la sociedad capitalista ni le resulta grato ni lo puede aceptar sin revisar el sistema.

Mejor será hincar el diente en la mejor comida, beber los mejores caldos, regalar y recibir regalos y, quizás, para tranquilizar la conciencia alguna aportación benéfica.

Este proceso desde hace ya un montón de años está bien aprovechado por los grandes y luminosos comercios y, sobre todo, por los todopoderosos mercados que con la entrada del invierno hacen en muchas partes su mejor Agosto.

Partidarios de la alegría y no del desmadre, de los obsequios y no de la compra compulsiva, de las comidas y cenas y no de las bacanales… hay que recordar que en aquella tradición de Belén se muestra una opción por la sencillez, por la naturalidad, por el gozo que muestra a un Dios que está a favor de los pobres y oprimidos y espera que sentemos la cabeza y constatemos de una vez por todas que nuestro sistema económico por radicalmente injusto no puede entrar en el programa cristiano. Urge un cambio de mentalidad, una nueva opción, un compromiso colectivo, una fraternidad solidaria y un proyecto para todos…. Y no más y más de lo mismo y siempre lo mismo.

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