Leer o no leer, esa es la cuestión

De nuevo comparto un texto de Miguel Ángel Santos GuerraPublicado en su blog El Adarve, del diario La Opinión de Málaga, es una bonita reflexión sobre la lectura, con una interrogación final para que cada uno busque la respuesta.

Me gustan los libros. El libro es  para mí un hermoso regalo para dar y para recibir. El libro, como objeto, con su tacto, su peso, su volumen, su olor, su encuadernación, su canto, sus páginas (pocas o muchas), su título y subtítulo, su tipo de letra, su dedicatoria, su índice, sus erratas…

Tengo un ibook, pero apenas lo uso. Sé que es muy cómodo llevar en el avión quinientos libros almacenados en un espacio insignificante, pero a mi me gusta pasar las páginas, hacer anotaciones en una hoja y sentir el olor del papel y de la tinta impresa. Anoto en esa hoja el comienzo de la frase que me ha llamado la atención y luego elijo una de tres flechas que indican si está en la parte superior, en el medio o en la parte inferior…

La era digital no va a terminar con los libros. Puede potenciar su valor al hacerlos más accesibles. Leer o no leer esa es la cuestión. También se puede leer (y muchos lo hacen ya así)

Me gusta la enorme variedad y creatividad que existe de marcapáginas: materiales diversos, motivos diversos, formas diversas… Hermosos y variadísimos  indicadores de “por aquí voy” o “hasta aquí he llegado”.

Hace unos años alguien me regaló un precioso ex libris. No sé si alguno de mis lectores o lectoras ignora lo que es un ex libris. Se trata de una expresión latina que significa “de entre los libros de”. También se puede escribir exlibris o ex-libris. Es un sello con una ilustración y el nombre de una persona. Esa marca, impresa en la primera página de los libros, indica quién es el propietario del mismo.

Me gustan los libros. Nunca he tirado ninguno.  Los colecciono en las estanterías de mi casa como si fueran  pequeños tesoros. No como si fueran sino como que son auténticos tesoros.

Me gustan las librerías, perderme en ellas, explorar las novedades, leer títulos, ojear índices, repasar dedicatorias, comprobar ediciones. Mi amigo José Pérez tiene en Rosario una hermosa librería (Homo Sapiens) con un café incorporado. Se puede tomar algo entre libros. Se puede leer. Hace dos años celebró el 25 aniversario de su creación. Para celebrarlo editó un calendario con 12 bibliotecas de sus autores, entre los cuales tuve la suerte de contarme. Cada uno de nosotros, en su mes, decía algo sobre la lectura, sobre los libros, sobre los lugares que los exhiben.

Me gustan las experiencias que se realizan con  libros. Hace unos meses, en la ciudad de Oporto, vi una hermosa experiencia titulada “la biblioteca humana”. Algunas personas cuya vida encerraba experiencias singulares y enriquecedoras, se convertían en libros vivos. En una camiseta que vestían los libros andantes figuraba el título del libro. Grupos de libros vivientes acudían a los centros escolares para contarse.

He visitado el pasado diciembre la FIL (Feria Internacional del Libro) de Guadalajara, que está patrocinada por la Universidad de la hermosa ciudad mexicana. Un espectáculo deslumbrante. Miles y miles de libros agrupados en formas originales y diversas. Cientos de editoriales de habla española, innumerables actos, incontables intercambios ente libreros, editores, distribuidores, autores y lectores. Un bullicioso enjambre lleno de actividad

Acabo de leer un hermoso libro. Se trata de la novela “La librería de los finales felices”, de Katerina Bivald, nacida en Suecia en 1983. Trabajó como librera y eso se nota en cada página de su libro. Comparte con su hermana un piso en las afueras de Estocolmo. Un piso repleto de estanterías cargadas de libros.

“La librería de los finales felices” es un libro de cuatrocientas noventa y cinco páginas cuyos protagonistas son los libros. La autora dice que todavía no ha decidido  si le gustan más los libros o las personas. Esta es su primera novela que ha sido traducida por catorce editoriales extranjeras. Bivald está escribiendo su segunda novela, que también se enmarca en el género feel-good.

Sara Lindqvist, la protagonista, es una joven librera sueca que, al quedarse sin trabajo, hace un viaje para pasar unos meses en Broken Wheel (Estados Unidos) invitada por su  amiga  Amy Harris, con quien ha mantenido una intensa correspondencia  y con quien ha intercambiado sentimientos, ideas y… libros.

Al llegar se encuentra con una situación que desbarata sus planes. Y decide abrir una librería que va a transformar la vida del pequeño pueblo y de casi todos sus habitantes. No contaré nada de la historia. No haré lo de aquel acomodador de cine que, al comprobar que un espectador que ha llegado tarde, le ha dado una mezquina propina, se acerca a él en plena oscuridad y le dice al oído.

– El asesino es el sheriff.

La esencia de la obra está sintetizada en el pensamiento siguiente, que encabeza uno de los capítulos: “Leer o no leer, esa es la cuestión”. Y, en torno a los libros (hay un libro para cada persona y una persona para cada libro, dice Sara) se mueven los diferentes habitantes de Broken Wheel.

Sara es capaz de concentrarse en la lectura durante horas, sin levantar la cabeza. Un buen día, medio pueblo se va apiñando en el escaparate de la librería viendo leer a Sara. Pasa el tiempo sin que ella levante la cabeza. Era un espectáculo verla leer.

Leyó la última página, sonrió como si estuviera hablando con un viejo amigo y cerró el libro de golpe. Estiró las piernas y después todo el cuerpo. Cuando al fin se percató de la gente  que había fuera, se levantó de un brinco y fue a su encuentro desconcertada.

– ¡Amigos!, dijo Steven cuando Sara salió por la puerta. El tiempo final son exactamente cinco horas y treinta siete minutos.

Apasionan los libros, como cajas llenas de sorpresas que van ocupando las estanterías de la nueva librería. Todo es interesante en ellos. No solo lo que cuentan sino tu tacto y su olor.  Cito lo que la protagonista le dice a una adolescente que se acerca a la librería.

“Sara sonrió. Los libros de tapa dura y los de bolsillo olían de un modo totalmente distinto, pero también había diferencias de una edición de bolsillo a otra y entre los de bolsillos suecos y los ingleses. Los clásicos, por ejemplo, se distinguían fácilmente de los demás. La literatura académica tenía su olor particular y, a su vez, la de la universidad era distinta a la del instituto. Como detalle interesante, los libros de la escuela para adultos olían igual que los de primaria y secundaria: el viejo aroma a aula e impaciencia y encerramiento. Pero la cantidad de estudiantes de básica que podía experimentar el olor de los libros de texto nuevos había disminuido con los años”.

Me preocupa la desafección que algunos estudiantes (¿solo algunos?) tienen por los libros. Algo hacemos mal en las escuelas. O, quizás, algo podríamos hacer mejor. Habría que enseñar a comprarlos, a quererlos, a cuidarlos, a clasificarlos, a leerlos. Habría que enseñar a respetarlos con veneración y a tratarlos con amor. Decía Vicente Espinel que los libros hacen bueno al que los quiere

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