Al asesinato múltiple en Francia, se responde con la ley

Ayer, en su programa de radio, Carlos Alsina editorializaba sobre los recientes acontecimientos en Francia. A diferencia de otros periodistas y de otros análisis, Alsina, situaba el atroz acontecimiento en un contexto mundial, en un contexto en el que mueren miles de hombres y mujeres, por esta misma causa, y ante los cuales no somos capaces de rasgarnos las vestiduras. Su texto aparece recogido en su blog de Onda Cero, donde quien quiera puede escuchar el podcast. El texto es el siguiente:

Les voy a decir una cosa.

Al intento de acabar con una publicación se responde llevándola de nuevo al kiosko, al público, y procurándole una tirada que nunca antes vista.

Al crimen, con la ley. La ley que rige en ese país, la ley que emana de un Parlamento elegido por la sociedad francesa y que es ajena a las creencias y prácticas religiosas de quienes la hacen y quienes están obligados a cumplirla.

Lo dijo anoche Francois Hollande: “Francia buscará, juzgará y castigará a los autores”.

En ello está la policía francesa. Una vez identificados los autores, ayer, se transmitieron sus rostros a todo el país y a todas las comisarías. Cherif Said Kouachi, hermanos y viejos conocidos de los servicios de inteligencia que han pasado, en estos últimos años, por el proceso habitual: la mezquita, el adoctrinamiento, el proselitismo y los planes para graduarse como combatientes en Siria e Iraq.

Cuando esta mañana se produjo un atraco en gasolinera, cometido por hombres fuertemente armados, empezó la última fase de la operación para capturarlos. Los hermanos abandonaron el coche en la localidad de Crepy-en-Valois, quince mil habitantes, y se metieron en un edificio.

Son varias las localidades donde el despliegue policial es notable, todas en torno a un bosque.

Hay que dar con los hermanos Kouachi para impedir que actúen de nuevo y para juzgarlos y encerrarlos. A ellos -y esto está investigándose- a quienes hayan podido ayudarles o encubrirles.

En este día siguiente al atentado de Charlie Hebdo. En el que permanece la consternación por lo sucedido, la conmoción por el asesinato múltiple que han conseguido cometer, en tierra europea, los yihadistas.

De vez en cuando, bien lo sabemos en España, sentimos la amenaza del terrorismo salafista más cerca. No porque no estuviera ya aquí, que como amenaza nunca deja de estar, sino porque pasa de amenaza a hechos consumados. A doce muertos.

Y entonces los programas y las tertulias se llenan de cuestiones, de búsqueda de explicaciones, de preguntas. Por qué nos atacan, nos preguntamos. Y nos salen respuestas como ésta: atentan no sólo contra la vida de unas personas, sino contra la libertad, contra nuestros valores, contra la civilización.

Si estuviéramos un poco más atentos a lo que sucede en otros lugares del mundo; si nos interesara más lo que pasa, y por qué pasa, en países de esos que llamamos lejanos -pero que están, en internet, a la misma distancia que cualquier otro-, quizá  nos haríamos menos preguntas el día que nos sucede algo como lo de ayer porque estaríamos ya habituados (tendríamos muy asumidas) cuáles son las respuestas. Si nosotros, quienes hacemos programas de actualidad, estuviéramos más atentos y con las luces largas, quizá tendríamos más presente siempre de qué van estos tipos que se hacen llamar guardianes y guerreros del islam puro, los yihadistas.

Siete de enero, ayer mismo. En la academia de policía de Saná se celebraban oposiciones. Cien jóvenes aspirantes acudieron confiados en superar el examen. A media mañana, un minibús aparcado junto al recinto reventó. Era un coche bomba cuya explosión se escuchó en toda la ciudad. 37 asesinados, 66 heridos. Musulmanes todos. Seis días antes, primer día del año, en una localidad del centro de este mismo país, Yemen, se celebraba una ceremonia religiosa multitudinaria. Apareció un terrorista suicida y mató a 49 asistentes. Musulmanes, como la ceremonia.

El lunes pasado en Mali un grupo de individuos fuertemente armados (como los de Francia ayer) asaltó un cuartel del Ejército en Nampala. Acceden, recorren el edificio buscando víctimas y las matan. Hubo cinco muertos.

En Pakistán, lo sabemos, una escuela de Pakistán fue asaltada antes de Nochebuena por talibanes armados. Entran al edificio (como en París) y van de caza. Ciento cuarenta niños muertos. El atentado se lo atribuye, con orgullo, la organización de los talibanes pakistaníes. Un mes antes, noviembre, en el país de al lado, Afganistán, varias decenas de personas esperaban disfrutar con un partido de voley. Era un domingo por la tarde. El suicida iba en una moto y se empotró contra la multitud. Cincuenta muertos. Setenta heridos.

Diciembre en Sidney, Australia. El secuestro de empleados y clientes de un café. Este hecho sí lo recordamos todos porque le dimos, los medios, gran cobertura.

Octubre en Otawa, Canadá. El lobo solitario que mata en la calle a un militar y entra pegando tiros al Parlamento. Era un joven canadiense que soñaba con viajar a Siria a integrarse en el grupo de Al Bagdadi, estado islámico.

Dos de diciembre en Kenia. Un campamento en el que duermen los trabajadores de una cantera. Aparecen los individuos fuertemente armados de Al Shabab. Recorren el campamento sacando a los hombres de las tiendas. Los separan en dos grupos: musulmanes y no  musulmanes. A los primeros les dicen que se larguen. A los segundos, puestos en fila, los van matando uno tras otro de un tiro en la cabeza. 36 muertos. Diez días antes habían cortado el paso a un autocar que iba camino de Nairobi. Hicieron lo mismo con los pasajeros. 28 asesinados.

Y Nigeria, qué decir de Nigeria. Boko Haram. Esta misma tarde, repito, hoy mismo: el segundo ataque a la ciudad de Baga ha causado, como poco, cien muertos. Hubo un primer ataque el lunes, con la toma de un cuartel militar, y ahora han completado la operación incendiando la ciudad de la que siguen huyendo, en estampida, las familias. Un funcionario del gobierno le ha dicho a la BBC que entre el lunes y hoy los asesinados pueden ser unos dos mil. Repito: dos mil. En una semana.

Dos mil son las personas que ha matado estado islámico en Siria e Iraq entre mayo y diciembre del año pasado. Sesenta y nueve eran periodistas. (Sesenta y nueve, que se sepa). La inmensa mayoría, nacionales y musulmanes. Antes y después de James Foley.

El yihadismo es una marca a la que se apuntan los integristas islámicos de cualquier territorio.

Son estos tíos que lo mismo asaltan la redacción de un semanario en París y matan (asesinan, no ejecutan) a los periodistas que allí trabajan, como asaltan una escuela de Nigeria y asesinan a los niños que allí estudian, como siembran de bombas el metro de Londres o los trenes de cercanías de Madrid y asesinan, matan, a decenas de personas de edades, profesiones, orígenes y, atención, religiones muy diversas.

El yihadismo no es algo que nos pasa a nosotros, los europeos, los occidentales. Nos pasa a nosotros como les pasa a otras sociedades que no son ni occidentales ni democráticas ni libres para publicar caricaturas de Mahoma. Pero donde también actúa el yihadismo, donde también mata, porque no comparte su estilo de vida tibiamente islámico (bajo su desnortado punto de vista, se entiende).

Ayer se repitió mucho en todas partes que el atentado contra Charlie Hebdo “es un ataque contra la libertad de expresión”. Sí, lo es. Al yihadista no le gusta la libertad de expresión.

Ni la libertad de de culto.

Ni la libertad sexual.

Ni la libertad educativa.

Ni las libertades políticas.

Ni ninguna otra.

Ni en Occidente ni en ningún otro sitio. Pero tampoco le gustan las libertades al régimen saudí (estaremos de acuerdo en que no es un modelo democrático) y es contra ese régimen contra el que dirigió sus primeros sermones un tipo llamado Bin Laden. Porque no era lo bastante islámico.

Se ha repetido mucho que estos tipos están en guerra contra nuestro modo de vida democrático y occidental. Que esa es la razón, irracional, de que hayan cometido este atentado.

A veces nos pasa. Llevados de una visión eurocéntrica de las cosas, contemplamos el yihadismo como algo que de vez en cuando nos golpea a nosotros. Como si lo esencial de esta amenaza transnacional y en crecimiento (la mancha de aceite) fuera que actúa, cuando puede, en Occidente.

Decimos “van contra Occidente” deslizando, sin querer, o sin darnos cuenta, una idea, errónea, que subyace ahí: que estos grupos “sólo combaten lo occidental”. Si atentan en Francia, contra Charlie Hebdo, es porque es Europa, la libertad de crítica, la sociedad avanzada y el estado laico. Luego debe de ser que no atentan en países no occidentales, países de mayoría musulmana, debe de ser que no atentan en Iraq, en Siria, en Afganistán, en Nigeria. Es justo al revés. En estos países es donde más atentan porque es donde más posiblidades tienen de hacerlo. Y es donde más matan. Y donde más amenaza representa el yihadismo porque está ganando militantes, territorio y recursos económicos.

Sus “razones” para actuar son las mismas en todas partes. Asia, África, Occidente. La meta por la que suspiran, y asesinan, estos tipos no es que todos nos hagamos musulmanes, no, la meta es que todas las sociedades se rijan conforme a la única ley que ellos consideran legítima: la ley islámica, la sharía. Su interpretación, extrema, del Corán no como religión (o no sólo como religión) sino como norma, como ley, el código civil y penal, toda la arquitectura del Estado emanada de su forma extrema de entender el Islam.

La diferencia entre un musulmán y un yihadista es que el primero es capaz de profesar sus creencias y sus ritos en un país que no es confesional y cuya ley es ajena a las creencias religiosas de los ciudadanos, mientras que el segundo, el yihadista, se impone como misión lograr que el Estado tenga el Islam como ley, el califato, la república talibán, el estado islámico wahabí por el que suspira Al Shabab en Somalia.

El yihadista atentará en Indonesia, porque el país está lleno de musulmanes pero no rige la sharía. Y en Nigeria, y en Kenia. El yihadista intentará volarle la cabeza a Malala por decir que las niñas deben ir a la escuela, porque en Pakistán las niñas van al colegio y eso, al talibán, le repudia, aspira a imponer una ley que lo impida. Intentará silenciar a Malala como intenta silenciar a Charlie Hebdo, aunque el estilo de vida y la cultura pakistaní sea profundamente musulmán y bastante precario en materia de libertades.

Francois Hollande dijo ayer que la libertad siempre será más fuerte que la barbarie. Dos días antes, este lunes, el general Al Sisi, presidente de Egipto escasamente democrático y al que le escuece la sátira, reclamó a los líderes religiosos del mundo islámico que erradiquen el integrismo y prediquen una visión más luminosa del islam. “Es la comunidad de creyentes musulmanes la que se está destruyendo en vuestras propias manos porque la lleva a enemistarse con el mundo entero”.

Lo que diferencia a los países árabes, asiáticos, africanos en los que más actúa el yihadismo de estos países nuestros en los que golpea, también, de cuando en cuando no es que seamos, nosotros, objetivo preferente de los terroristas (ni nosotros como sociedades, ni nosotros como periodistas); lo diferente es la infraestructura y los recursos de los que estos grupos disponen en esos países, y antes incluso, de la base social que los respalda. Hay provincias enteras leales a los talibán en Pakistán y Afganistán; hay miles de militantes, llegados desde cualquier lugar del mundo, que se integran en Estado Islámico y participan con entusiasmo de sus limpiezas étnicas; hay regiones cada vez mayores donde Boko Haram ha logrado imponer el miedo y la sumisión obligando a la población a ponerse de su lado.

En nuestros países estos grupos son más reducidos, disponen de bastantes menos recursos y, sobre todo, están más controlados por los gobiernos y los servicios de inteligencia. Detectan a los reclutadores, tratan de saber cuándo viajan a Siria y cuándo regresan los activistas y evitan, siempre que pueden claro, que alcancen el objetivo de conseguir atentar en suelo patrio. Pero estar, el yihadismo está presente también aquí. Claro que lo está. Sólo quien haya olvidado ya que hubo un 11-M, que hubo un 7-J, que ha habidolobos solitarios, podrá contemplar como algo insólitamente nuevo que un grupo islamista mate en Europa. Aún más ridículo resulta sorprenderse de que los terroristas sean nacidos en el mismo país en el que atentan.

Son nacionales, por supuesto, a veces musulmanes de siempre y otras convertidos algunos años antes. Deslumbrados por los sermones integristas y deseosos de graduarse como combatientes allí donde hay un conflicto abierto o aquí, cuando regresan ebrios de estado islámico. Son franceses, españoles, británicos, canadienses. Porque aquello que los define como yihadistas no es la nacionalidad, ni la edad, ni el hecho de ser musulmanes. Lo que les define es recurrir a la violencia, al asesinato, para combatir no el modelo occidental, o al gobierno keniano, sino todo aquello que suponga un obstáculo, todo aquello que no sea, la consumación de su interpretación del islam como de régimen político que toda sociedad debe acatar. Naturalmente, sin libertad de expresión ni de ningún tipo. Un régimen de burkas y mulás en el que esté prohibida la diversidad, la duda y la música

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2 respuestas a Al asesinato múltiple en Francia, se responde con la ley

  1. Un Montañero. dijo:

    Yo sólo sé una cosa: si no hubiese religiones, estos problemas no existirían. Los católicos eran iguales hace 400 años, y su manera de interpretar su libro sagrado es la misma que usan ahora los islamistas llamados extremos. No hay ninguna diferencia entre unos y otros, sólo unos siglos de evolución, que han hecho que los católicos usen actualmente técnicas más sutiles para lograr los mismos fines: aterrorizar a la población con creencias indemostrables y poder así controlarla. Ni más, ni menos. No se salva ninguno.

  2. Un Montañero. dijo:

    En París hay problemas muchos más serios que los de esta semana. Por las mañanas, las calles amanecen repletas de gente durmiendo en cualquier sitio. Muchos mueren de frío y enfermedades. No están en barrios extraños ni en los cientos de municipios que rodean a la ciudad, sino en pleno centro. Sin ir más lejos, en La Bastilla, Rivoli, al lado del ayuntamiento, etc. En una ocasión estuve yendo a trabajar varios días atravesando a pie media ciudad por la mañana temprano, y los veía en los mismos lugares, cada día: rumanas con los hijos durmiendo en un colchón, personas mayores enfermas en cualquier portal, en puertas llenas de basura de locales cerrados… todo apestando a alcohol y mugre. Contaba más de 200 en 3 kilómetros de recorrido. Impresionante. Para mí es mucho más lamentable y grave ese problema cotidiano, que un suceso aislado que no ocurre sino cada 20 años. Y no hablemos ya de los niños que mueren de hambre en todo el mundo, o de los que están por debajo del umbral de la pobreza (EEUU tiene el porcentaje más alto de la OCDE), en países donde se derrochan miles de millones para mantener un ejército, una familia real, visitas de líderes religiosos, campañas políticas, aeropuertos vacíos, sindicatos, asociaciones políticas y meteduras de pata de los bancos. También se derrocha en mantener a trabajadores públicos caraduras enchufados por amigos y familiares que, no contentos con tener un trabajo estable por encima de la media, encima se quejan y tratan a los ciudadanos como basura.
    Mañana por la mañana las calles de París amanecerán con miles de personas durmiendo al aire libre, y esto no saldrá ni en las portadas de los periódicos, ni en los folletos turísticos. El presupuesto que se podría dedicar a erradicar ese problema se reducirá, para poder proteger de los musulmanes radicales a los “Bobos” que “trabajan” en La Défense, no sea que la mugre de los pobres les manche la corbata o el flequillo. Mientras, Marine Le Pen se habrá apuntado un tanto con estos sucesos, y ascenderá otro 5% en la intención de voto cuando sea la próxima encuesta…

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