Asesinan los sueños, pero que no asesinen la Esperanza

Este doble post, quiere ser mi sencillo homenaje a los estudiantes masacrados en la universidad de Garissa. Y es doble, porque traigo dos textos, dos miradas diferentes sobre la misma realidad. El primero de ellos pertenece a Joselu, un profesor de un IES catalán, que denuncia el desinterés informativo que este tipo de noticias provoca en comparación con otras. Y sí, Joselu, no tengas la menor duda que además de las consideraciones sociológicas que señalas, el sectarismo critianofóbico de muchos progres hacen que este tipo de noticias se minimicen, cuando no se obvien. No es la primera vez y, por desgracia, no será la última.

El segundo texto pertenece a Oscar Mateos, publicado en su blog Todo es posible, nos habla de pequeñas historias, de sueños truncados y también de noticias que son menos noticia que otras.

Nuestro desinterés informativo

 Ya ha caído una espesa capa de olvido a nivel informativo sobre la matanza de estudiantes cristianos en la universidad tecnológica de Garissa, al este de Kenia. Fueron aproximadamente ciento cuarenta y ocho los asesinados por no saberse versículos del Corán o mirar directamente a los asaltantes, unos trece hombres armados de la guerrilla Al Shabaab, vinculada a Al Quaeda. Las agencias de noticias dieron cuenta de la matanza durante algunas horas, rebajándola a noticia de menor entidad ya al día siguiente. Hoy domingo, esta matanza, que ha conmocionado a Kenia, ya ha sido olvidada por la prensa a diferencia de víctimas semejantes como las del piloto homicida Andreas Lubitz o la matanza de periodistas de Charlie Hebdo.

 El bloguero que esto suscribe queda abrumado por la diferencia en el tratamiento de la información de unos hechos y otros. Al parecer algunas noticias nos golpean íntimamente y otras lo hacen tangencialmente a tenor de su procesado informativo. Parece ser que la dimensión de una noticia se basa en dos criterios: proximidad y la calidad de la informaciónKenia es un país lejano y periférico para nosotros. ¿Se imaginan una masacre semejante sucedida en París o Nueva York? Hubiera sido prime time durante más de diez días y hubiera suscitado infinidad de tuits, opiniones en Facebook, artículos reflexivos y demás. Pero Kenia no pertenece a nuestro mundo simbólico y hay muy pocos periodistas acreditados allí y, por lo que parece, tampoco han llegado enviados especiales a cubrir la información tras la masacre. De tal modo se produce un vacío informativo por falta de cronistas e informadores en la zona. No habrá tampoco un funeral internacional para estas víctimas al que acudan dirigentes de la mayor parte de los países del mundo como sucedió en el caso de Charlie Hebdo.

 Es sangrante este desequilibrio informativo que refleja exactamente lo que en seguida podemos pensar: que hay jerarquía en las muertes y que todo lo que pasa en el mundo se rige por redes de poder. Hay noticias que nos golpean directamente como si nos concernieran íntimamente y otras que nos rozan solo superficialmente y no nos implicáramos en ello. He visto intentos en Facebook de recordar a las 148 víctimas estudiantes pero en ningún caso en lo que he visto, he podido constatar que se hiciera mención de que eran cristianos y que se les seleccionó por ello. Me pregunto si influye esto precisamente: nuestra insensibilidad acerca de la condición cristiana de multitud de víctimas que son asesinadas sistemáticamente en Asia y África en distintos países. ¿Acaso no ha sido la iglesia cristiana tanto tiempo culpable de persecuciones religiosas? ¿Acaso Rouco Varela no concita tanta antipatía, unida a la conferencia episcopal y los colegios subvencionados católicos? ¿Hay en muchos progresistas una intensa cristianofobia que les hace obviar este hecho sucedido en Kenia?

 Los rehenes fueron decapitados y sus cadáveres se amontonaron en los patios de la universidad de Garissa. El autor intelectual de la matanza parece que ha sido Mohamed Kuno, antiguo profesor de la universidad de Garissa. Y las razones parecen estar en la implicación del ejército de Kenia en la vecina Somalia, hecho por el que Kenia sigue en estado de alerta máxima porque ha vuelto a ser amenazada de seguir el baño de sangre.

 Pero Kenia, lo que sabemos de Kenia es poco o nada. Solo sabíamos de costosos safaris organizados en la región de los masai, y que allí residió Isak Dinesen, la autora de Memorias de África, en el tiempo dorado del colonialismoPor lo demás, África no existe sino para las desgracias.

 Sé que no servirá de nada mi post, pero es mi forma de recordar y reflexionar sobre lo que ha pasado. No podía dejar de hacerlo tras el amplio seguimiento que ha tenido mi anterior post sobre ese hombre minúsculo y despreciable que era Andreas Lubitz, al que, para mi sorpresa, ahora sería cotizadísima su presencia en divanes de psicoanalistas para hurgar en su mente malvada, tan malvada como la de los asaltantes del campus de la universidad de Garissa, esos que rápidamente hemos olvidado. Y es que nos acostumbramos al horror y solo nos hace salivar cuando está aderezado por elementos adictivos, esos que las redes de poder saben utilizar para hacernos partícipes de unas noticias y de otras no.

 Mi recuerdo y solidaridad para todas las víctimas de la masacre en Kenia. Poco puedo hacer, pero menos es nada.

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ELLOS Y ELLAS TENÍAN NOMBRES…Y MONTONES DE SUEÑOS

Los 147 estudiantes kenianos asesinados por Al Shabab hace unos días tenían nombres y apellidos y montones de sueños. Sus caras e historias, rememoradas en Twitter a través de etiquetas como #TheyHaveNames o #147NotJustaNumber, me evocan irremediablemente los dos años (2006-2008) que estuve en la Universidad de Sierra Leona (Fourah Bay College). Me vienen a la mente, una y otra vez, las historias de Samuel, Reuben, Alimamy, Fatmata y tantos otros estudiantes que conocí durante aquel tiempo, que tenían nombres y apellidos, una historia personal detrás y un futuro plagado de sueños.

Cuando regresaba aquí, a menudo me preguntaban si aquellos estudiantes tenían un poder adquisitivo muy elevado para poder acceder a la Universidad en un país como Sierra Leona. La respuesta era siempre no. Las familias de los que tenían verdaderamente recursos (una absoluta minoría) eran enviados a universidades europeas o estadounidenses, pero todos los que estaban en el Fourah Bay College lograban pagar las altas tasas anuales de la Universidad (unos 300 dólares anuales en uno de los países más pobres del mundo), a través de mil y una estrategias. Y es que en aquel tiempo conocí a estudiantes que habían trabajado durante varios años para pagarse un año de matrícula (y que a veces debían interrumpir los estudios hasta ahorrar dinero suficiente para pagar otro año); otros que eran la apuesta de toda una familia (quien sólo podía pagar estudios a uno de los hijos o hijas); otros tantos que recibían algún tipo de ayuda o beca de alguien importante y con poder económico y político en su pueblo o región de origen; muy pocos los que recibían becas por parte del Estado…

Estudiar para todos ellos era un lujo que no querían desaprovechar, la oportunidad de abrirse a un mundo con mayores oportunidades (si bien el paso por la Universidad no garantizaba nada). De aquel tiempo recuerdo la atención y participación en las clases, con aportaciones desbordantes de estudiantes que habían padecido la guerra que asoló el país entre 1991 y 2002. Todo aquello tenía lugar en medio de unas instalaciones muy precarias, sin electricidad, donde para fotocopiar un artículo había que hacer una inmensa cola en una sala en la que una fotocopiadora renqueaba gracias a un viejo generador. Todos y todas tenían mil planes para después de sus estudios. A muchos les sigo la pista por redes sociales, y siguen luchando (esa es la única forma en que se concibe la vida en Sierra Leona) para salir adelante y para mejorar su situación socioeconómica y la de familia.

Veo las fotos de los 147 estudiantes y algunas de sus historias de vida que circulan por las redes, las instalaciones del campus de Garissa (tan similares a las del Fourah Bay College), y no dejo de acordarme de tantas historias, con nombres y apellidos, que conocí en Sierra Leona. Hoy todas esas historias que vienen desde Kenia parecen valer menos que las de otras tragedias o atentados acaecidos en Europa o en EEUU. Sus historias no ocupan portadas durante varios días, ni merecen tertulias acaloradas sobre las causas de lo sucedido. Habrá incluso quien se pregunte anonadado “¿Pero en África hay universidades?”.  Sí, en África hay Universidades, estudiantes llenos de sueños por cumplir y mil y una historias que parecen no merecer ser contadas.

Hoy, desde este blog, un pequeño gesto de memoria, recuerdo y homenaje a los 147 estudiantes de Garissa, aquellos que tenían nombres y apellidos concretos, y montones de sueños.

 

 

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