Hay que pactar

Miguel Ángel Santos Guerra publica esta semana en su blog El Adarve, del diario La Opinión de Málaga, la siguiente reflexión sobre la necesidad de pactar. En él, frente a las posturas excluyentes que tanto se escuchan estos días, tanto por parte de los Tirios como de los Troyanos, se propone un diálogo abierto, sincero y limpio para construir algo que nos incumbe a todos. Así sea.

Hace dos semanas titulé mi artículo así: “Hay que votar”. Iba dirigido a todos los ciudadanos y ciudadanas en edad de acudir a las urnas. Conocido el resultado de las elecciones en muchos municipios y comunidades autónomas, hoy me voy a dirigir a los candidatos y candidatas para decirles: “Hay que pactar”. Con honradez, responsabilidad, rigor, creatividad y transparencia.

Afortunadamente nos hemos alejado de las mayorías absolutas que generan gobiernos autoritarios, poco dialogantes y poco sensibles a los intereses de las minorías. Gobiernos aficionados al ordeno y mando, al pase del rodillo en las votaciones, a la prepotencia y al desprecio de las posiciones discrepantes.

Hubiera sido deseable que la conversión se hubiera producido de forma voluntaria y no obligada, como ha sido. Los ciudadanos, con sus votos, han configurado un mapa nuevo, que exige pactos y alianzas que antes no resultaban imprescindibles. Decía Balmes: “a mi me parecen muy bien las conversiones, pero desconfío de aquellas que se producen justo en el momento en que empiezan a ser rentables”.

Esta cura de humildad ha resultado beneficiosa. Al día siguiente de las elecciones, en lugar de ponerse a decidir, en lugar de ignorar a todo el mundo, en lugar de dar la espalda a los demás, los elegidos se han tenido que poner a dialogar. Algunas situaciones han sido verdaderamente chocantes: candidatos que han realizado una campaña cargada de agresiones e insultos a otro partido, han tenido que pedir perdón porque necesitaban su apoyo para el gobierno. Los adversarios eran malos hasta ayer, pero ahora se han convertido en buenos. Otros, acostumbrados al ordeno y mando, han tenido que empezar a llamar a otras puertas para explicar lo que  pretendían hacer.

El político ha de ser un profesional de la escucha. Porque una parte fundamental de su tarea es percibir con claridad lo que el pueblo desea decirle. No es fácil escuchar. Parece que basta no tener tapones en los oídos, pero es enormemente difícil.  Lo primero que hace falta para escuchar es tiempo. Es tentador dar prioridad a lo urgente, dejando a un lado lo importante. Lo segundo que hace falta tener es sensibilidad para captar lo que la gente quiere decir. Escuchar sin prisas, sin ruidos, sin prejuicios, sin manipulaciones, sin cortapisas, sin engaños… Escuchar con la cabeza y con el corazón.  A los propios y a los extraños. Porque se gobierna para todos y para todas.

He dicho que hay que pactar, que hay que negociar. En toda negociación hay contenidos, intereses, actitudes, principios éticos, estrategias, clima, ritmo, finalidad, argumentación…  A veces trampas. Y, siempre,  acuerdos o desacuerdos.  Puede haber negociaciones magníficas y auténticas chapuzas.

No se nace sabiendo negociar. A negociar se aprende. A escuchar se aprende. A razonar se aprende.  Se aprende de las buenas y de las malas experiencias. De los  éxitos y de los fracasos. Hay un arte hermoso en la vida que consiste en saber transformar dos signos menos, en un signo más.

No se puede olvidar que el lenguaje nos tiende trampas. Es una escalera por la que se sube a la comunicación y a la liberación pero por la que se baja a la confusión y a la dominación. El problema no es que no nos entendamos sino creer que nos entendemos.

Algunos confunden negociación con chantaje. Estoy viendo estrategias de negociación que tendrían que ser calificadas de puro chantaje. “Como usted depende de mí para gobernar, le voy a imponer este criterio, le voy a exigir esta renuncia, le voy a cobrar este pago”. No es el bien de la comunidad lo que se persigue. Se trata de un abuso que se ejerce aprovechando la situación de ventaja. No se llega al acuerdo por la persuasión sino por la fuerza. Está muy claro “O esto o nada”. Y, además, el chantajista acusa al interlocutor de poca flexibilidad, de actitud soberbia, de falta de diálogo.

Otros llaman traición a la flexibilidad. Cuando se cede, cuando se da la razón al contrincante, cuando se aceptan las propuestas de terceros no necesariamente se está traicionando  la ideología, no siempre se está  siendo infiel a las bases. Porque si se entiende así la negociación, nunca se alcanzarían acuerdos.

Y hay quien llama habilidad al engaño. Una cosa es ser hábil y otra muy distinta es ser tramposo. No se trata de imponerse en la negociación sino de encontrar la mejor solución. Cuando se llega al acuerdo a través de la mentira, se le está haciendo un flaco servicio a la democracia. Porque el fin no justifica los medios.

Hace falta también un poco de ingenio, un poco o un mucho de creatividad. Buscar soluciones a los problemas por caminos no trillados, perseguir la solución  a los conflictos por vericuetos creativos, llegar al acuerdo mediante estrategias inteligentes.

Pondré un ejemplo de acuerdo ingenioso. Un ganadero de Coín quiere dejar en testamento a sus tres hijos los bienes según unas proporciones que ha elaborado larga y concienzudamente. Ha decidido dar al mayor la mitad de los bienes, al segundo una tercera parte y al tercero una novena parte. No encuentra problemas en repartir el dinero entre los tres, pero no ve solución para el reparto de un rebaño de ovejas de extraordinaria raza. Tiene 17 ovejas. No quiere matar ni vender. Y no le salen las cuentas. Plantea el problema a sus amigos y alguien le sugiere que vaya a la Universidad de Málaga porque allí se dedican a investigar y, quizás, puedan hallar una solución al problema que le resulta insoluble.

Llega a la Universidad  y pregunta por un profesor que le han recomendado por ser una persona inteligente e ingeniosa. Después de los saludos  de rigor, el ganadero le presenta al profesor el problema que le trae de cabeza.

– Tome algo en la cafetería y déjeme pensar durante un tiempo, le dice el profesor.

El ganadero vuelve al despacho del profesor cargado de escepticismo. Él ha estado mucho tiempo dando vueltas y más vueltas al problema.

– ¿Qué? Imposible, ¿no es cierto?

– Pues no, he dado con la solución.

– Ya me habían dicho que era usted un sabio.

– Mire, la Universidad de Málaga le va a regalar a usted una oveja de la misma raza que las que usted tiene.

– Además de inteligente, es usted muy generoso, porque las ovejas de esa raza son muy caras. Y, ¿así se resuelve mi problema de testamentaría?

– Sí, señor. Ahora tiene usted 18 ovejas: las 17 suyas más la que la Universidad le ha regalado. ¿Cuánto le quiere dar al mayor? La mitad, ¿no es cierto? Pues la mitad de 18: 9. Al segundo le quiere dar una tercera parte. La tercera parte de 18: 6. Y al tercero le quiere dar una novena parte. La novena parte de 18: 2.

–               Estoy asombrado. ¡Qué maravilla! ¡Qué intuición! Sin matar ninguna oveja, sin necesidad de vender.

Entonces el profesor concluye:

–  Así que 9 para el mayor, 6 para el segundo y 2 para el tercero. En total, 17. Nos devuelve la oveja que le habíamos regalado y se va usted con el problema resuelto.

Sin soltar un céntimo, con ingenio y  clarividencia, el profesor solucionó el problema del ganadero. Parecía imposible, pero había una solución. Hacía falta pensar. Con lucidez. Sin trampas. Para bien de la Universidad, del ganadero y de sus hijos.

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