Lágrimas en la arena

El pasado lunes, día 7, publicaba La Nueva España la columna semanal de Carlos Fernández Llaneza. En esta ocasión ha levantado la vista de los acontecimientos cotidianos de la vieja Vetusta para mirar más allá. Y desde la visión de una playa, en la que yace el cuerpo de un niño muerto, hace a siguiente reflexión:

Se llamaba Aylan Kurdi. Tenía tres años. Era Sirio y trataba de alcanzar las costas griegas. No lo logró. Se ahogó junto a su madre y hermano. Pero eso ya lo saben. Y sí, es cierto: una imagen vale más que mil palabras. Así que para qué extendernos. Todos hemos visto esa fotografía. Una imagen que hiere. Que duele. Que revuelve las tripas aunque, tal vez, no lo suficiente para agitar la conciencia de una inane e hipócrita Europa que parece que sólo se preocupa del terrorismo, del ébola o del drama de los refugiados cuando el problema llama a su puerta. No es justo.

Todos quisiéramos ver a los niños jugando en la playa haciendo castillos, chapoteando en el agua mansa, dibujando alegres figuras en la arena… pero no estamos preparados para tanto dolor como encierra esa imagen. Lo que quedó dibujado en esa orilla fue la triste y cruel silueta de la muerte. El grabado de un fracaso global. La imagen de un mundo loco e insensible que genera guerras y conflictos por intereses oscuros y luego, cuando se ve incapaz de parar al monstruo que ha creado, se desentiende. Se lava las manos en las lágrimas y en la sangre de los que se quedan allí mirando hacia nosotros suplicando ayuda. Inocentes que solamente quieren huir del terror en busca de una oportunidad. De un futuro. Aylan no volverá a su casa. Ni a jugar. Ni al colegio. ¿Cuántos niños más no saldrán en foto alguna y quedarán ocultos en un clamoroso silencio? Niños sepultados en el vientre gélido y oscuro de un mar convertido en inmenso cementerio. Niños y adultos anónimos para tranquilidad de nuestras conciencias. Niños víctimas (desde hace muchos años, dicho sea de paso) de la guerra, del hambre, del odio, de la intransigencia y, claro, de la indiferencia. Ver esa foto es como escuchar un desgarrador grito colectivo de miles de inocentes que tan solo anhelan vivir en paz. Un grito ante el que no sé qué hacer…

Me hubiera gustado empezar este mes de septiembre, sinónimo de fiesta en Oviedo, escribiendo en un tono más jovial. Me costaba y me resistía a escribir sobre esto; además, mucho se ha escrito ya, pero un nombre y una foto se ha puesto por delante de todo y se me agarró del alma irremisiblemente. Y estas líneas son mis lágrimas sobre esa fría arena…

Un dibujo en la orilla queda borrado por el agua en segundos. Posiblemente también el recuerdo de Aylan se olvidará pronto. Pero hay fotos que son como bofetadas. Que construyen la historia. Como la de Kim Phuc, la niña vietnamita de nueve años que corría desnuda por la calle con su cuerpo abrasado por el napalm. O la de Kong Nyong, el niño sudanés, arrugado en su derrota, mientras un buitre detrás de él espera su ocasión. Ésta no sé si quedará para la historia. Lo que sí creo es que, sin duda, formará parte, para siempre, del álbum de la vergüenza colectiva.

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