Otra lucha contra la Pobreza

Carlos Miguélez Monroy, periodista y editor en el Centro de Colaboraciones Solidarias, publica en la web del CCS esta reflexión sobre el cansancio que muestra la ciudadanía en la reivindicación de acciones contra el hambre y le necesidad de establecer nuevas estrategia para lograr una sociedad más justa.

En España, diversas organizaciones crearon la Alianza Española Contra la Pobreza en 2005 para dotar de sentido el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, que Naciones Unidas creó en 1993 para concienciar sobre pobreza y exclusión social con el fin de acabar con ella.

Las movilizaciones que organizaron los primeros años reunían a centenares de miles de personas. Ocurría como con las movilizaciones del Foro Social Mundial a finales del siglo pasado y principios de milenio: se repetían imágenes de movilizaciones masivas que denunciaban el modelo de globalización económica y contra los poderes financieros que en realidad gobiernan el mundo. Las organizaciones que forman parte de alianzas, coordinadoras de ONG y diversas redes en España se vuelcan en la movilización, dedican horas en crear mensajes innovadores y que golpeen, en crear y publicar noticias en sus páginas web, y en difundirlas por medio de redes sociales.

Pero con más de 1.000 organizaciones en la actualidad, da la sensación de que esta Semana contra la Pobreza se desdibuja. Cada año, los recorridos y las plazas donde se realizan las movilizaciones parecen más vacíos y silenciosos, aunque Twitter y Facebook se inunden con mensajes contundentes y llamadas a actuar. Lejos de provocar desánimo, la sociedad necesita sostener una nueva reacción coordinada que acabe con este sistema generador de miseria en lugar de revivirlo con aspirinas o Ibuprofeno.

Quizá el cansancio de decenas de miles de personas tenga su origen en el desánimo que produce caer en la cuenta de que los aullidos en las redes y los gritos en las calles terminan por evaporarse. Exigir medidas a los representantes políticos en la actualidad de poco sirve cuando ellos mismos obedecen directrices de organizaciones supranacionales que a su vez obedecen mandatos de los llamados “mercados”. Estos mercados tienen nombres de bancos, aseguradoras y multinacionales, de las personas que las manejan, con nombres y apellidos, y que pueden mover capitales de un lado a otro en cuestión de segundos.

Urgen nuevas formas de hacer política, de llenar el vacío que han dejado las personas que han salido elegidas por las urnas pero que luego “se han visto obligados” a incumplir sus programas porque su cumplimiento habría supuesto el ahogamiento de la economía. Ahí está el caso de Grecia, que durante semanas se erigió como un faro en la lucha para recuperar la esencia de la democracia.

La lucha contra el aumento de la brecha entre ricos y pobres, y la masificación de una clase que tiene sus necesidades básicas más amenazadas y menos que perder sólo puede tener carácter global porque sus causas y sus consecuencias están en todas partes.

Cualquier persona o grupo en situación de pobreza nos afecta no sólo porque puede desembocar en migraciones o en conflictos armados con consecuencias incalculables, sino también porque cada país se ha comprometido, en la medida de sus posibilidades, en aportar recursos para acabar con el hambre, la pobreza y las enfermedades. Este compromiso se apoya en el principio de que existen derechos humanos básicos que tienen un carácter universal. La humanidad que compartimos con otras personas nos hermana más que las banderas, que las divisiones territoriales y las religiones.

En España, más de 13 millones de personas se encuentran en riesgo de pobreza o exclusión. La Campaña #NoalTTIP y la Alianza Española Contra la Pobreza convocan a la ciudadanía a la denuncia en manifestaciones por distintas ciudades, de políticas que generan una creciente desigualdad y pobreza con el lema “Las personas y el planeta por encima de las multinacionales. No a la pobreza y a la desigualdad. No al TTIP”.

Como resume el manifiesto de las movilizaciones, estas políticas benefician a las élites económicas y atentan contra los derechos humanos de las grandes mayorías sociales; deterioran la vida en el planeta y, como los tratados de libre comercio que la Unión Europea pretende firmar con Estados Unidos y Canadá, suponen un retroceso en los avances democráticos de siglos anteriores.

Si sabemos dónde está el problema, de nada sirve aplazarlo hasta el siguiente 17 de octubre. No se trata de dejar de votar, pero se puede hacer pero con la convicción de que necesitamos un sistema con otros valores que reemplacen los de la productividad y el dinero a cualquier precio.

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