La diabólica espiral de las bombas

Este artículo de Pere Ortega,  del Centre Delàs d’Estudis per la Pau, fue publicado el 29 de marzo en Público. En él se hace un análisis de lo que el autor considera “diabólica espiral” como respuesta a los atentados terroristas. 

En referencia a esa equivocada guerra contra el terrorismo, en Occidente todos los estados se parecen pues responden a la violencia con más violencia. Es la denominada tercera guerra mundial por el Papa Francisco y otros. Título no desencaminado, pues se inició hace 15 años tras el 11S de 2001, que desencadenó guerras que han arrasado Afganistán, Irak, Libia, Siria con ramificaciones en Paquistán, Somalia, Kenia, Yemen, Malí, Argelia, Túnez y muchos más que no enumero por no aburrir. Guerras que han disparado innumerables ataques en múltiples países del ámbito musulmán y también occidentales. Y digo guerra equivocada, porque utilizar el aparato militar para combatir un enemigo sin un territorio preciso y que actúa en la clandestinidad es un disparate. Un ejemplo: Felipe Calderón, presidente de México, en 2007, declaró la guerra contra el crimen organizado y cinco años después había 100.000 muertos y el crimen se había extendido con mayor intensidad. Utilizar medios inadecuados puede producir efectos contrarios a los deseados.

Es esta una guerra asimétrica y desigual donde unos y otros actúan de una forma muy similar. Se bombardean mutuamente sin ninguna legalidad internacional que los ampare; acusan al contrario de bárbaro y reclaman la legítima defensa aduciendo que han sido previamente atacados. Los Estados actúan en la clandestinidad enviando asesores militares y armas para ayudar a los grupos o Estados aliados, sus contrincantes hacen lo mismo pero además utilizan personas que se inmolan cargadas de explosivos. Unos y otros emplean ejércitos regulares e irregulares, pues hay mucho personal voluntario que van a luchar en todos los bandos, en Siria, se dice que hay 15.000 europeos luchando (5.000 con el ISIS y 10.000 junto a kurdos y resto de grupos rebeldes) junto a 30.000 de otros países no europeos, y todos creen que su guerra es justa.

Al ataque en Nueva York se respondió arrasando Afganistán e Irak; a unos dictadores que disparaban a su pueblo en Libia y Siria se les bombardeó creando un caos indescriptible. A partir de ahí surgieron múltiples guerrilleros dispuestos a vengar a sus muertos que se lanzaron contra los agresores. Esta sin razón del ojo por ojo de momento ha dejado ciegos a los Estados.

 

Pero se debería empezar a razonar. La Europa que vio nacer el humanismo debería ser capaz de afrontar esta catástrofe, pues nadie en su sano juicio puede suponer que los conflictos de Oriente Próximo se pueden solucionar con más guerra. Lo hizo Hollande en Francia tras los atentados de París, y ahora Bélgica responde a los atentados de Bruselas del mismo modo, y antes lo hicieron Israel, Turquía, Reino Unido y Estados Unidos.
Invadir Siria e Irak con dos o tres columnas acorazadas acabaría con el ISIS y su supuesto Estado islámico. Sin duda habría muertos, más en la banda del ISIS, pero también los habría entre los occidentales, pero estos no se desean, además de los inevitables efectos colaterales, es decir, civiles locales sin ninguna culpa. Pero esa intervención tampoco resolvería las cosas, pues el ISIS y demás grupos contrarios a la intervención exterior continuarían con su guerra asimétrica se camuflarían en el territorio o volverían a sus países de origen y continuarían practicando su guerra de guerrillas.

Para no dar la razón a Samuel Huntington, algún otro camino se debe intentar qué no el de la guerra. Desde luego mucho más lento, pero más seguro para alcanzar su resolución El conflicto que vive Oriente Próximo no está en los barrios de las ciudades europeas habitados por ciudadanos musulmanes. Los problemas que se deben pacificar están en Oriente Próximo, y es allí donde se debe actuar en su resolución. Recurrir, como siempre, a una conferencia de paz entre las partes contendientes; dejar que sea Naciones Unidas quien asuma su preparación; que actúen cascos azules de la ONU para llevar a cabo una intervención de interposición entre contendientes y para aislar al ISIS. Cascos azules que deberían estar formados por miembros de países no alineados con uno u otro bando para evitar ser vistos como enemigos.

Por último, abordar cada uno de los diferentes conflictos de Oriente Próximo el de Yemen, Palestina, Irak, Afganistán, Egipto, y más lejanos pero contaminados por esa guerra insensata, como Libia… Acabando por retirar las tropas occidentales de todos esos países y dejar que en sus manos su autogobierno. A partir de ahí, Europa debería condicionar sus ayudas y las relaciones comerciales con la contraparte de respeto de los derechos humanos en esos países. Recordemos que los manifestantes de las “primaveras árabes” reclamaban libertad, uno de los ejes troncales de los derechos humanos.

Seguir arrojando bombas solo provocará repuestas con más bombas.

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