El año de la Gran Muralla

Ignacio Ramonet publica en su editorial de Le Monde Diplomatique, del mes de febrero, un interesante análisis de las consecuencias del muro, que el presidente Trump amenaza con construir, entre los Estados Unidos y México.

Es posible que 2017 sea recordado en la historia como el año de la Gran Muralla. ¿Por qué? Porque Donald Trump, el nuevo presidente de Estados Unidos, está decidido a edificar una monumental barrera de protección en la frontera con México para impedir, según él, la “invasión” de los inmigrantes ilegales venidos del “peligroso Sur”…

Al mandatario estadounidense, alguien debería recordarle lo que la Historia precisamente enseña: que casi nunca esas ciclópeas fortificaciones detuvieron nada. ¿No construyeron acaso los chinos, en la antigüedad, la impresionante Gran Muralla para detener a los mongoles? ¿No elevó el Imperio romano, en el norte de Inglaterra, el colosal Muro de Adriano para rechazar a los bárbaros de Escocia? Es conocido, en ambos ejemplos históricos, que los gigantescos vallados fracasaron. Los mongoles pasaron, y también los manchúes, y los caledonianos… Como seguirán pasando, hacia Estados Unidos, los mexicanos, los centroamericanos, los caribeños, los musulmanes… En la eterna dialéctica militar del escudo y la espada, la respuesta a la Gran Muralla de Donald Trump serán los miles de túneles subterráneos que probablemente los parias de la tierra ya están perforando…

Pero es que, además, surge otra contradicción. Por una parte está el anunciado Plan de inversiones de Trump de un “millón de millones de dólares” en obras públicas para reconstruir, como en un nuevo New Deal, las infraestructuras, aeropuertos, carreteras, puentes y túneles en todo el país. Lo cual debe relanzar la actividad económica, el crecimiento y, sobre todo, crear millones de empleos. Pero, por otra parte, ya hay pleno empleo en Estados Unidos… Bajo el presidente Barack Obama se crearon doce millones de puestos de trabajo (1). La paradoja es que, en realidad, hace falta mano de obra… Y faltará todavía más si Donald Trump expulsa, como prometió, a once millones de trabajadores inmigrantes ilegales… ¿Quién construirá la Gran Muralla, los puentes, las carreteras y los túneles?

Otro problema: las estadísticas oficiales estadounidenses señalan que el índice de jubilados por trabajadores activos no cesa de aumentar. O sea, como en todas las sociedades desarrolladas, el número de personas de la tercera edad crece más rápido que el de jóvenes. Consecuencia: las cinco primeras ocupaciones que ofrecerán más empleo en la próxima década son las siguientes: ayudantes de cuidado personal, enfermeros, ayudantes del hogar y auxiliares sanitarios, trabajadores del sector de la comida rápida y vendedores en comercios al por menor. Todas actividades duras y mal pagadas, trabajos clásicos de los inmigrantes. Si se alza la “Gran Muralla” en Estados Unidos, ¿quién los ejercerá?

Otro aspecto del problema: las migraciones nunca se realizan por capricho. Son el resultado de guerras o conflictos, de desastres climáticos (sequías), de la demografía, de la urbanización acelerada del Sur, de la explotación, de la mutación económica (disminución del campesinado), de los saltos tecnológicos y de los choques culturales. Hechos sociológicos que están empujando a la gente de los países pobres –sobre todo a los más jóvenes– a emigrar en busca de mejor vida. Hechos que están por encima del control de cualquier político y que un Muro puede quizás frenar, pero no podrá detener ni desvanecer.

Además, si Donald Trump está obsesionado con los inmigrantes latinos, que vaya preparándose para las otras “invasiones” que vienen. El África subsahariana, por ejemplo, contaba en el año 2000 con 45 millones de personas de entre 25 y 29 años, que es la edad en la que más se emigra. Hoy los subsaharianos de esa edad ya son 75 millones y, en 2030, serán 113 millones… El Banco Africano de Desarrollo estima que, de los 12 millones de subsaharianos que ingresan cada año en la fuerza laboral, apenas 3 millones encuentran empleo formal. El resto –o sea, 9 millones de jóvenes cada año…– constituye una reserva cada vez mayor de migrantes potenciales… En la India, cada mes, un millón de jóvenes cumplen 18 años y muchos sueñan con emigrar (2)…

Aunque la “Gran Muralla” de Donald Trump hay que entenderla también en sentido metafórico, pues significa, asimismo, una barrera de aranceles para dificultar el acceso de productos extranjeros al mercado interior: con tasas anunciadas del 45% sobre las importaciones provenientes de China y del 35% para las de México… O sea, proteccionismo comercial duro, que fue uno de los ejes centrales de la campaña electoral. Y que es el verdadero significado de la elección del nuevo Presidente de Estados Unidos, quien arrancó su primera semana en el poder con un gesto hacia los votantes de la clase obrera que le ayudaron a ganar el 8 de noviembre pasado y que se sienten perjudicados por las deslocalizaciones industriales. Trump cumplió su promesa y firmó un decreto para retirar a Estados Unidos del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TTP, Trans-Pacific Partnership), un acuerdo con once países de la cuenca del Pacífico promovido por Barack Obama. También anunció que renegociará el tratado de libre comercio con México y Canadá (NAFTA, por sus siglas en inglés) (3). 

Todo ello significa una derrota de la globalización neoliberal, del libre mercado y de las deslocalizaciones. Basta con ver, sobre este tema, el berrinche interminable y el pataleo permanente contra Donald Trump de todos los partidarios del ultraliberalismo. Empezando por los grandes medios de comunicación dominantes, que ahora arremeten sin tregua –cosa inaudita– contra el propio presidente de Estados Unidos como si de Chávez se tratara. Léase, por ejemplo, en España, el incontrolable furor anti-Trump del neoliberalísimo diario El País.

En este año en el que se celebra el centenario de la revolución bolchevique de octubre 1917, la “gran sacudida” que Donald Trump está imprimiendo en los asuntos internos estadounidenses y en la geopolítica internacional no deja, pues, de estremecer al mundo. En algunas cosas para bien, en muchas otras para mal.  

(1) El presidente Obama ha dejado una tasa de paro del 4,7%, un nivel cercano al pleno empleo.

 (2) Todas las estadísticas provienen del semanario The Economist, número especial “The World in 2017”, Londres, diciembre de 2016.

 (3) El NAFTA, que une Canadá, Estados Unidos y México en una sola área comercial, se aprobó en 1994 siendo presidente de Estados Unidos el demócrata Bill Clinton, esposo de Hillary

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CAMBIO CLIMÁTICO: NOS ESTAMOS JUGANDO LA VIDA

No es la primera vez que comparto un artículo de Oscar Mateos, pero emn esta ocasión no aparece publicado en su blog Todo es posible, si no que en esta ocasión aparece publicado en la revista 21RS.  En cualquier caso breve y tajante artículo sobre el cambio climático.

Vivimos, como generación que habita en estos momentos el planeta, un tiempo decisivo, una encrucijada histórica. El reconocimiento de que la vida humana, tal y como la conocemos, está en peligro por primera vez en la historia de la humanidad, es unánime, y ya no sólo pasa por la insistencia de los activistas ecologistas que desde hace 40 años nos advierten de que nuestro modelo de desarrollo y consumo lleva al planeta rumbo al desastre, sino que también cuenta con el asentimiento, casi resignado en algunos casos, de voces como la de Obama, la del propio Foro Económico Mundial que cada año se reúne en Davos, o la más que significativa voz del Papa Francisco, así como, por supuesto, con el aval del conjunto del ámbito científico. La crisis ecológica global es extraordinaria, y percibir esta afirmación como exagerada o demasiado distópica sólo retrasa la urgencia de una toma de conciencia que acabará cayendo por su propio peso.

El acuerdo climático alcanzado en París en diciembre de 2015 es del todo histórico, no sólo por su nivel de concreción, sino también porque cuenta con el compromiso, al menos sobre el papel, de los EEUU y de China, las dos piezas clave para entender la aceleración de la crisis ecológica y sin los cuales no es posible entender cualquier estrategia de futuro que la afronte. El problema es que dicho acuerdo llega demasiado tarde, y después de un ingente trabajo de activistas y científicos que han puesto advertencias y datos sobre la mesa, pero que no han sido debidamente tomados en consideración por el ámbito institucional hasta hace poco.

A este hecho, cabe añadir, la dificultad que supondrá en los próximos años implementar a nivel nacional los compromisos que el acuerdo supone, y sobre todo, el impacto que puede tener la llegada de Trump a la Casa Blanca. Este último hecho es clave: mientras que Obama había, por fin, aceptado la lógica multilateral y se había mostrado dispuesto a aceptar las obligaciones acordadas en París, Trump ha jugado durante la campaña a negar el cambio climático, como parte de esta estrategia que hoy llamamos “post-verdad” y que supone, teniendo en cuenta la enorme huella ecológica que representa EEUU para el planeta, un elemento de incertidumbre e imprevisibilidad que hace un año no existía. Podría darse la gran paradoja de que China, más consciente de los efectos del cambio climático (está viviendo en carne propia el impacto devastador de la polución en sus principales ciudades), acabara siendo el actor global que mayor interés muestre, además de la Unión Europa, por poner freno a este desafío global.

Sea como fuere, abordar esta cuestión no sólo pasa por importantes y urgentes cambios institucionales, energéticos y económicos, sino que también tiene que ver con un cambio cultural muy de fondo, especialmente en los países que mayor presión ecológica generan (países occidentales, China e India). El aprender a vivir sencilla y dignamente con menos para que otros (especialmente las generaciones futuras) sencilla y dignamente puedan vivir y existir, debería ser la lógica que guiará la revolución cultural del presente y del futuro. Y es que, como subrayaban numerosos activistas y científicos en 2014 (https://ultimallamadamanifiesto.wordpress.com), estamos, ciertamente, ante nuestra “última llamada”: “una civilización se acaba y hemos de construir otra nueva. Las consecuencias de no hacer nada –o de hacer demasiado poco- nos llevan directamente al colapso social, económico y ecológico. Pero si empezamos hoy, todavía podemos ser los protagonistas de una sociedad solidaria, democrática y en paz con el planeta”.

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SI NO ES EL AMOR, QUE SEA EL TEMOR

Hace unos días publicaba Santi Torres, en el blog de cristianisme i justicia, una reflexión sobre algunos de los acontecimientos ocurridos el pasado año y que, como podemos observar, entrañan cierta gravedad. Creo que aporta una serie de datos interesantes:

Estos días observo con incredulidad lo que ha pasado en el Reino Unido, lo que está pasando en los Estados Unidos con Trump y lo que puede pasar en Europa con las elecciones previstas, sobre todo las que se llevaran a cabo en Francia y Alemania. Cuando se intenta un diagnóstico siempre surge como una de las explicaciones el miedo. La derecha y más aún la extrema derecha se ha apropiado del miedo en parte real, en parte construido, que sufre una buena parte de la ciudadanía de nuestros países, y que se ha ido tejiendo alrededor de la crisis económica, la regulación de la inmigración o la seguridad.

Partimos de que el sentimiento del miedo es un sentimiento respetable, por muy irracional que nos pueda parecer. No tenerlo en cuenta es la primera ingenuidad política de buena parte de la nueva y vieja izquierda que pierde, y seguirá perdiendo de seguir así, en cada elección. No es inteligente menospreciar el miedo a perder el trabajo, a que me quiten las ayudas sociales para darlas a personas más pobres que yo, a sufrir una agresión o un atentado terrorista, o simplemente a poder vivir en un determinado espacio vital hasta ahora homogéneo y conocido. Hemos de partir de este miedo, acogerlo, escucharlo e intentar entenderlo, porque es el que se respira en no pocos lugares y es el que anima y alimenta una determinada manera de hacer política.

Por otro lado me pregunto porque no ha enraizado entre la gente otro miedo que es tanto o más real que este y que, en cambio, no está nada presente en el discurso político alternativo. El “otro mundo es posible” parece querer construirse como un planteamiento idealizante, lleno de valores bellos, ética y estéticamente impecable que ha de atrapar por convicción y razón más que por las vísceras. Y es aquí donde creo que hay el error. Debemos ayudar a tomar conciencia del horror de la sociedad a la que nos dirigimos si seguimos votando a aquellos que construyen todo su discurso sobre respuestas primarias e inútiles a los miedos que antes hemos mencionado.

Sí, debo decir que yo también tengo miedo, mucho miedo. Miedo a malvivir en una sociedad donde la seguridad y quizás la militarización llegué hasta el último rincón; miedo a vivir en una sociedad con unas desigualdades tan brutales que haga totalmente inaccesible moverse por determinados barrios o ciudades; donde la esperanza de vida de una parte a otra de una misma ciudad se distancie en casi 10 años; miedo a una sociedad donde sigan creciendo la pobreza infantil, y donde niños que han nacido hace unas horas ya estén predeterminados de por vida a una existencia de marginación y violencia; miedo a que se tengan que destinar millones y millones del presupuesto a construir prisiones, a contratar más y más policías, más y más seguridad privada; miedo a barrios llenos de personas durmiendo en la calle; miedo a una violencia creciente, estructural, por pobreza, pero también por desarraigo, por soledad, por locura; miedo a que crezca cada día el porcentaje de trabajadores que viven bajo el umbral de la pobreza; sí, he dicho trabajadores, o mejor esclavos de trabajos precarizados incapaces de construir ningún proyecto vital con pies y cabeza; miedo a que se cuestione la sanidad como universal, miedo a que se considere la educación pública como un gasto excesivo; miedo a que se nos haga creer que nuestro bienestar (¿es bienestar?) y seguridad (¿es seguridad?) dependa de la construcción de muros y de la muerte miles de personas tras nuestras fronteras… miedo, miedo a tantas cosas. Y si salimos del ámbito social y vamos al ambiental, miedo mucho miedo, a ciudades con aire irrespirable, a climas cada vez más hostiles a la vida, a una agricultura insostenible en manos de grandes corporaciones que especulan (¡también!) con los alimentos; miedo a un mundo de la energía y el transporte en manos de lobbies e industrias automovilísticas que solamente se mueven por criterios de beneficio; miedo a que el aire, la tierra, el agua y todos los bienes considerados hasta ahora comunes acaben siendo privatizados… Sí, señores y señoras, lo reconozco: mucho miedo, tengo mucho miedo.

Hay que alzar de una vez por todas como si fuese una bandera el discurso del miedo. Del miedo a construir una sociedad tan desigual, tan herida, tan sucia, tan insostenible que se convierta en inhabitable para nosotros y para nuestros hijos.  Y hay que levantar este discurso para mover precisamente a un cambio personal y comunitario más profundo que lleve no a más riqueza mal distribuida ni a más crecimiento absurdo, sino a más solidaridad, más redistribución de la riqueza, a vidas más equilibradas y felices.

San Ignacio habla en los Ejercicios de la “necesidad de servir a Dios nuestro Señor por puro amor”, pero tampoco descarta el camino del temor como un camino que pueda llevar hasta la alabanza y el servicio. El amor es siempre lo más deseable, pero en una sociedad donde el discurso del miedo está secuestrado por discursos como el de Trump, conviene ponerse las pilas, y advertir de hasta qué punto puede llegar a ser terrible una sociedad abandonada en manos de una nueva versión del capitalismo de siempre, pero esta vez aún más bestia, más salvaje y más deshumanizado.

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BERLÍN: ANTE LA EXTREMA VULNERABILIDAD DE NUESTRAS VIDAS

Xavi Casanovas y Santi Torres publican en el blog, de la fundación que ambos dirigen- Cristianisme i Justicia- este certero análisis de los atroces acontecimientos que han ocurrido, estos últimos días, en este mundo globalizado.

Nos levantamos con la noticia de un nuevo atentado, esta vez en Berlín. A la espera de confirmar la autoría, quedamos una vez más atónitos y golpeados por las imágenes y las cifras de la barbarie. Nuestra solidaridad con las víctimas berlinesas, y con todas las víctimas de lo que se va dibujando poco a poco como una guerra de alcance más global de lo que hubiéramos podido imaginar. A Europa se le impone una realidad nueva y desconocida, atemorizada y recelosa por la llegada forzosa de miles y miles de hermanos que huyen precisamente de aquella violencia que tanto nos horroriza y que ahora nos golpea de cerca.

Dos reflexiones nos vienen a la cabeza ante hechos trágicos y violentos como este:

1. La primera reflexión nos remite a la extrema vulnerabilidad de nuestras vidas. Quizás en algún momento hemos llegado a pensar que éramos seres indestructibles, que la seguridad era intrínseca a la vida en Europa. La fragilidad de nuestras vidas se pone en evidencia en cada nuevo atentado, en cada agresión en nuestra casa. Y no deja de descolocarnos, de recordarnos que la vida es algo realmente frágil a cuidar. Sí, somos seres vulnerables, también dentro de esta Europa fortaleza que intentamos construir. Por mucho que levantamos vallas, muros y externalicemos fronteras, difícilmente conseguiremos liberarnos de la fragilidad que forma parte de la condición humana.

2. En segundo lugar estos atentados responden a una escalada de violencia global, una violencia que se vive diariamente en los países de Oriente Medio, y de la que en Europa sólo recibimos los ecos, las segundas derivadas. Esto nos recuerda que para acabar con este horror necesitaremos una apuesta y una implicación clara para trabajar por la paz. No puede ser que mientras lamentamos esto, sigamos exportando armas, también a lugares de conflicto. No puede ser que una parte importante de la ayuda al desarrollo vaya destinada a reforzar fronteras externas, a la construcción de muros… a impedir que las personas que huyen desesperadamente no tengan vías seguras y ordenadas de salida. No puede ser que mientras lloramos los muertos, seguimos insistiendo en modelos económicos y sociales que fomentan la segregación, el sálvese quien pueda, la indiferencia, el individualismo…, el nihilismo.

Atacar los síntomas sin plantearse ir a la raíz de la enfermedad y del problema, es seguir abandonando nuestra suerte a políticas basadas únicamente en la seguridad y la militarización. Desde la solidaridad con las víctimas de este atentado, es necesario que hechos trágicos como estos nos ayuden a reflexionar que Europa no puede seguir dando la espalda al mundo. ¿Podrá reaccionar Europa? Nos lo jugamos todo

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Frenamos el calentamiento global o vamos el desastre

Este post fue publicado por el periodista Xavier Caño Tamayo, en su blog ¡Por razones! . En él se hace un análisis del estado actual del calentamiento global y de las consecuencias que pueden tener determinadas opciones políticas.

 

Los últimos cinco años han sido los más calurosos de la historia desde que se registran las temperaturas. La causa, más emisión de gases de efecto invernadero, según informa la Organización Meteorológica Mundial (OMM). Y la concentración atmosférica de dióxido de carbono ha alcanzado niveles jamás registrados. Mientras las altas temperaturas han hecho subir el nivel de mar, reducido la superficie de hielo y también los glaciares. Además de crecer los episodios climáticos extremos: olas de calor, de frío, ciclones tropicales, inundaciones, sequías y tormentas letales.

En el quinquenio analizado por la OMM el calentamiento del planeta ha batido récords. El nivel del mar fue el mayor desde que se registra ese dato hace más de un siglo, mientras se reduce la capa de hielo boreal sin visos de recuperación. La máxima extensión de hielo se comprobó el 25 de febrero pasado y fue la menor que se haya registrado: algo más de catorce millones y medio de kilómetros cuadrados. El hielo se derrite.

El año 2015 ha sido el más caluroso desde que se registra la temperatura global y la Tierra ya tiene una temperatura global de 1ºC por encima de la media de la época preindustrial. El límite del Acuerdo de París, para no llegar a una situación irreversible, es que el aumento térmico no exceda 2º centígrados en 2050. Y ya estamos cerca.

El informe de la OMM destaca también más fenómenos climáticos extremos: sequías severas en Australia, Brasil, África Oriental y África Meridional. La OMM calcula que en Somalia hubo 258.000 muertes más de las normales por la sequía y que 18 millones de personas precisaron ayuda urgente para sobrevivir. Algunas sequías han ido acompañadas además de violentos incendios forestales en Asia y Pacífico occidental. Y ha habido olas de calor en Australia, China, India, Pakistán y Europa. España sufrió en 2015 la ola de calor más prolongada. Sin olvidar que ha habido también grandes inundaciones, repentinas y destructoras crecidas de ríos y frío extremo, como el sufrido en Europa en febrero de 2012.

¿Aún hay quien niegue que al cambio climático es una amenaza real muy grave?

España será uno de los países más afectados por el aumento de temperaturas y la desertización, además de sufrir fenómenos meteorológicos extremos cada vez más frecuentes. Pero parece que no pasa nada, porque el Gobierno de España que preside de nuevo Rajoy no reacciona ni toma medida alguna para afrontar la amenaza. Es más, su irresponsable omisión ha provocado el aumento de emisiones de gases de efecto invernadero: 3,2% en 2015 respecto a 2014 y ya son 18% más respecto a 1990. Pero no solo en España. La Conferencia de Cambio Climático-COP22 de Marrakech certifica más récords de temperaturas extremas y más dióxido de carbono en la atmósfera.

El Acuerdo de París contra el cambio climático entró en vigor el 4 de noviembre. Es el marco internacional donde los Estados asumen el compromiso colectivo para frenar el calentamiento global a largo plazo por debajo de los 2ºC. La mala noticia es que el Acuerdo no concreta medidas para lograrlo. Cada Estado decide qué hacer en su territorio. O no. Y el COOP22 de Marrakech no ha concretado ni aprobado medidas para frenar el calentamiento global.

El principal problema para reducir los gases de efecto invernadero es el enorme poder del sector energético de combustibles de origen fósil (carbón, gas y petróleo), emisores de esos gases. Poder que frena los planes de reducción de gases, porque toca sus beneficios. Pero el dilema es diáfano. O se neutraliza al sector de combustibles fósiles y se cambia el modelo energético por otro de energías no contaminantes o la Tierra va al desastre. El problema se ha agravado con la elección del nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, negacionista del cambio climático, que piensa retirar a EEUU (el que más contamina con China) de los acuerdos internacionales contra el calentamiento del planeta. Y eso tendría consecuencias muy graves.

Lo cierto es que, según aumenta la temperatura global, las consecuencias son peores para mucha población del planeta. De no frenarse la temperatura global, por ejemplo, las lluvias serán más irregulares y erráticas. Y disminuirá la producción de alimentos. Si aumenta la temperatura global, aumentará el hambre. Y las muertes.

Hay que actuar con energía contra el calentamiento global. Nos va la vida en ello. Y no es exageración.

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LA DESAPARICIÓN DE LAS CAJAS DE AHORROS: CAUSAS Y CONSECUENCIAS

Este artículo de Joan Ramón Sanchis Palacio, catedrático de Economía de la Empresa de la Universidad de Valencia, fue publicado en Oikocredit, en septiembre, y rescatado ahora por el blog de CJ. En él, se hace una aproximación, muy genérica, a como fueron expoliadas las cajas de ahorro en todo el estado español.

El proceso de concentración del sector bancario en España va unido a la desaparición de las cajas de ahorros. El último caso ha sido el de Caixa Catalunya, que tras el saneamiento, transformación en banco privado (Catalunya Banc) y nacionalización por parte del FROB, ha sido absorbida por el BBVA. Culmina así una nueva etapa de fusiones con el fin de concentrar el conjunto del sistema bancario español en 5 o 6 grandes bancos. El caso de Catalunya Banc, más conocido por su marca comercial Catalunya Caixa, muestra con claridad lo que ha sucedido con las cajas de ahorros en nuestro país desde que se inició la crisis financiera en 2007. Después de su politización, una parte significativa de cajas de ahorros entraron de lleno en el negocio de la construcción, con corrupción urbanística incluida y saqueo de los directivos, que las llevó a una situación de insolvencia sin retorno.

Es la hoja de ruta que muy probablemente habían pactado grandes banqueros y políticos en puestos de poder autonómico y central, con el fin de acabar con unas entidades bancarias que quitaban cuota de mercado a la gran banca desde hacía varias décadas. Una hoja de ruta que nos ha costado a todos los españoles un rescate bancario de la Unión Europea por importe de 41.300 millones de euros y un coste total que muy probablemente superará los 200 mil millones de euros.

Primero fue la desaparición de la banca pública y luego la de unas entidades, las cajas de ahorros, que históricamente habían ejercido una función de apoyo financiero a los pequeños ahorradores, emprendedores, autónomos y pequeñas empresas, y a la vez contribuían de manera directa al desarrollo económico y social del territorio a través de la Obra social; una Obra social que en 2008 (inicio de la crisis) alcanzó su máximo con más de 2 mil millones de euros, pero que a partir de ese momento ha ido disminuyendo de forma significativa hasta situarse en niveles cercanos a los 500 millones de euros. La Ley de cajas de ahorros y fundaciones bancarias privadas, aprobada en 2013, ha sido la puntilla definitiva de las cajas de ahorros (sólo quedan dos de muy pequeña dimensión en Valencia y Baleares) y una disminución significativa de la Obra social, ya que depende ahora de la decisión de los bancos privados.

Pero no todas las cajas de ahorros han estado mal gestionadas, si bien con la reforma legal se ha conseguido borrarlas todas, estuvieran mal gestionadas o bien gestionadas, porque así lo querían los grandes banqueros. Es más, desde la Administración Pública y la patronal bancaria se ha estado intentando “demonizar” a las cajas de ahorros, alegando que se trata de un modelo inadecuado y desfasado y, por tanto, condenado a su desaparición. Es curioso que en la mayoría de países de la Unión Europea (Alemania, Francia, Holanda, Austria, Italia…) sigue subsistiendo el modelo de banca de proximidad y no es cuestionado por sus autoridades.

La desaparición de las cajas de ahorros es realmente grave para la economía en general y para los consumidores en particular. Estas entidades representaban la banca de proximidad en España, junto con las cooperativas de crédito, ofreciendo productos y servicios enfocados al pequeño ahorro y a la economía productiva y real, dejando de lado las transacciones especulativas y de riesgo elevado. Se trata de entidades arraigadas en el territorio que conocen las necesidades de sus clientes y se adaptan a ellas. Al menos fue así hasta que a finales de los ochenta y comienzos de los noventa del siglo XX comenzaron su “bancarización”, que culminó, por poner un ejemplo muy gráfico, en la colocación de participaciones preferentes a sus clientes. Las participaciones preferentes, que también colocaron los bancos privados (no fueron sólo las cajas de ahorros como se nos ha hecho creer), han supuesto una de las mayores estafas de la historia de la banca en España, que ha afectado a más de 700 mil clientes por un importe superior a los 30 mil millones de euros. Con su desaparición, una parte importante de la actividad empresarial se ve mermada por la falta de préstamos y créditos.

Por otra parte, la concentración del sector en pocos bancos incrementa su poder de negociación frente a los consumidores, lo que se traduce en nuevos abusos como el aumento de las comisiones, la colocación de nuevos productos financieros de alto riesgo, cláusulas suelo en las hipotecas y desahucios, entre otras malas prácticas. No olvidemos que la banca española es la que peor imagen tiene de toda la Unión Europea, excepto los bancos irlandeses.

Desaparecidas las cajas de ahorros (casi todas), ¿qué nos queda? Nos quedan las cooperativas de crédito y las cajas rurales, aunque también están amenazadas por las fusiones y una reforma legal, que de la misma manera que en las cajas de ahorros supondría su práctica desaparición. Y nos queda una sociedad civil, que ante la exclusión financiera y los comportamientos no éticos de los bancos convencionales (financiación de empresas armamentísticas, de empresas que deslocalizan y utilizan mano de obra infantil…) ha decidido iniciar una revolución financiera silenciosa, a través del consumo financiero responsable y la creación desde abajo de nuevas entidades bancarias con criterios más sociales y éticos (banca ética) y de entidades financieras no bancarias como las cooperativas de servicios financieros (como Coop57 y Oikocredit), las cooperativas integrales, las comunidades autofinanciadas, los bancos de tiempo y otras iniciativas más. Un poco de esperanza dentro de una realidad realmente cruda y dura.

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INFORME OXFAM SOBRE DESIGUALDAD: La caída de salarios deja en riesgo de pobreza al 28% de trabajadores

En este artículo de Mercedes Jansa, para el Periódico, se recoge la denuncia que hace Oxfam, en su Informe sobre la Desigualdad, sobre las diferencias salariales y las causas que provocan que 13,2 millones de personas en España estén al borde de la exclusión social pese a tener empleo.

El triángulo crisis/devaluación salarial/pobreza persiste con la recuperación y ha profundizado en la desigualdad de las familias. Mientras los salarios más bajos siguen cayendo desde 1990, las retribuciones del 1% de los que más ganan han aumentado casi un 20%. En España concretamente los salarios más bajos han caído el 28% desde el 2008, según el informe sobre impacto de las diferencias salariales en los hogares que ha presentado la organización Oxfam Intermón.

España era, en el 2014, el cuarto país de Europa con más diferencia de renta. Esta situación dejó el año pasado al 28,6% de población en riesgo de pobreza y exclusión. En términos absolutos, son más de 13,2 millones de personas.

Pese a los signos de recuperación de la economía, la brecha entre ricos y pobres aumenta y se consolida el hecho de que tener un trabajo no garantiza que se salga de la pobreza. El recorrido que ha hecho Oxfam por los datos estadísticos dibuja un panorama de carencias: mientras en el 2006, el 10% más rico disfrutaba de una renta 10 veces superior al 10% más pobre, en el 2015 la diferencia es 15 veces más.

Las cifras

El 28% de los trabajadores se encuentra en riesgo de pobreza. Es un porcentaje similar al recorte que ha padecido el 10% de los empleados con sueldos mas bajos.

El 1% de la población que tienen los sueldos más altos (por encima de 5.000 euros) han tenido un aumento en las retribucuones del 20%.

18,8% es la brecha salarial de género, según Oxfam. Las mujeres tienen que trabajar 50 días más que los hombres para recibir el mismo sueldo. A día de hoy cobran lo mismo que los hombres hace 10 años.

El 21% de los trabajadores menores de 24 años está en riesgo de exclusión social. Ante de la crisis este colectivo ganaba la mitad que sus padres; ahora sus retribuciones se han reducido al 45%.

La devaluación salarial impuesta por las empresas con la excusa de la crisis ha supuesto que los salarios hayan caído entre el 2008 y el 2014, el 6,1%. Pero no ha afectado igual a todo el mundo, ya que los que más ganaban, han seguido incrementado sus retribuciones mientras que los sueldos medios y bajos han sufrido los recortes.

Ricos y pobres

Quienes forman el 10% de la población que tiene los sueldos más bajos, en torno a los 375 euros al mes, han sufrido una bajada del 28% entre el 2008 y el 2014. Oxfam calcula que el 30% de la población que menos cobra ha perdido más del 18% de su poder adquisitivo, a los que hay que sumar el 8% de los que tienen sueldos medianos. Eso supone que el 60% de los trabajadores ha visto reducida su nómina en el 10%, mientras que los sueldos más altos, de una media de 5.628 euros, han aumentado.

Las mujeres y los jóvenes son los que han padecido los recortes. Oxfam sitúa la brecha salarial de género en el 18,8%, lo que significa que las mujeres tienen que trabajar 50 días más que los hombres para recibir el mismo sueldo. En líneas generales, las mujeres cobran a día de hoy la  misma cantidad que los hombres hace diez años. Esta situación de desigualdad coloca a España en el sexto país europeo por con mayor brecha salarial de género.

La situación de los más jóvenes no es mejor tras una crisis que ha puesto al descubierto sus carencias profesionales y educativas. Después del abandono escolar para emplearse al calor de la burbuja inmobiliaria, la recesión les ha dejado en mala posición en el mercado laboral. De ahí que el 21% de trabajadores menores de 24 años esté en riesgo de pobreza y exclusión, según Oxfam.

Jóvenes sin emanciparse

La baja cualificación de los más jóvenes y la devaluación salarial generalizada ha ensanchado la brecha de retribuciones entre los más jóvenes y los mayores. En el 2008 los trabajadores de entre 16 y 24 años ganaban la mitad (1.050 euros) que los de entre 55 y 64, pero en el 2014 solo recibían el 45%.

Los sueldos que reciben los jóvenes actualmente “no les permite independizarse ni cubrir sus necesidades básicas, como ir al dentista”, ha afirmado Lara Contreras, responsable del área de contenidos de Oxfam.

La organización no gubernamental sugiere varias medidas ante la llegada del nuevo Gobierno y el inicio de una nueva legislatura, la principal, la subida del salario mínimo interprofesional (SMI), como han reclamado los sindicatos y los partidos de la oposición. El incremento debería ser progresivo en los próximos cuatro años, hasta llegar a los 1.000 euros en el 2020, “suficiente para cubrir los derechos y necesidades básicas”, dice Oxfam.

Contreras ha recordado que todos los grupos parlamentarios, incluidos los que apoyan a Rajoy, se han comprometido a incrementar el salario minino en los primeros 100 días de Gobierno hasta el 60% del salario medio, como exige la Carta Social Europea. “Si sube el salario de las personas que menos ganan, el consumo se incrementaría notablemente y no está demostrado que se reduciría el empleo”, ha remarcado.

España tiene uno de los salarios mínimos más bajos, ocupa la penúltima posición (solo antes que Grecia) entre los países de la Europa de los Quince. Durante la crisis ha caído un 1,7%. En términos de poder adquisitivo, es decir, eliminando las diferencias de precios entre países, asciende a 848 euros. Frente a ello Alemania y Luxemburgo cuentan con salarios mínimos de 1.443 y de 1.613, respectivamente, según datos de 2016.

Una de las propuestas más innovadoras de Oxfam para estrechar la desigualdad es establecer por ley medidas de equidad redistributiva, con una escala en la que el salario más alto no supere en más de 10 veces al salario medio en cada centro de trabajo, asegurando así que si se incrementa el salario máximo sube en la misma proporción todas las retribuciones de la plantilla.

 

 

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